Panamá, jueves 10 de marzo de 2005
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El antipolítico

Ha vivido los últimos diez años de su vida entre ministerios y entidades autónomas. Ricardo Martinelli, un empresario millonario se calza los 'zapatos del pueblo' para tratar de tener una oportunidad en la carrera por ser el nuevo inquilino del Palacio de las Garzas

En octubre de 2003, Ricardo Martinelli propuso la creación de un proyecto que denominó Panawood, que venía a ser la unión de los nombres de dos ciudades: Panamá y Hollywood. La idea era convertir este pequeño país tropical en la meca del cine latinoamericano. Calculaba que el proyecto generaría unas 25 mil plazas de trabajo. Si llegaba a la Presidencia —prometió— haría realidad sus palabras.

Poco tiempo después, Martinelli protagonizaba sus propias cuñas publicitarias para darle vida al eslogan de su campaña electoral: “el candidato que camina en los zapatos del pueblo”. Así pues, los televidentes fueron testigos de cómo un empresario multimillonario conducía un taxi, hacía “raspa’os” y lanzaba un trasmayo al mar, al mejor estilo de un pescador artesanal.

La campaña —sin duda— llamó la atención, pero, como suele ocurrir con el cine independiente, no ha tenido el éxito de taquilla que el candidato esperaba. Las encuestas de opinión lo sitúan en el cuarto lugar de las preferencias del electorado o, lo que es lo mismo, en el último puesto.

Sin embargo, Martinelli ha roto esquemas tradicionales —algunos de ellos tabúes— en esta contienda electoral. Mientras algunos de sus contendientes cuidan cada detalle de su aspecto físico y cada palabra que dicen, el candidato de Cambio Democrático (CD) no tuvo ningún recato en mostrar su abultado estómago en una cuña de televisión que se transmite varias veces al día, todos los días en todos los canales de televisión. En su página en internet tiene identificados a cada uno de sus donantes —cuyo parecido con sus suplidores es pura coincidencia— y sus respectivos donativos, aunque falta el nombre de su principal contribuyente: él mismo.

Martinelli dice que no cree en los políticos y que, contrario a lo que se piense, él no lo es. Aunque, parece que tiene sus mismas debilidades: creó un partido político —en 1997, por aquello de que solo se puede acceder a la Presidencia a través de uno de estos—ha formado parte del equipo de los dos últimos gobernantes, sabe prometer muy bien y, sobre todo, quiere calzarse los zapatos que Mireya Moscoso dejará vacantes, a partir del 1 de septiembre próximo.

Las oportunidades para este hombre, que nació en cuna de oro, que estudió en un college de plata y que es dueño de un grupo de empresas de platino, parecen limitadas. Los 56 mil adherentes de su partido político parece que no serán de mucha ayuda en esta carrera. Pero eso no parece preocupar en lo más mínimo a Martinelli. Después de todo, su historia guarda cierta similitud con alguien que, al igual que él, empezó su vida profesional como oficial bancario en el Citibank, fue ministro de Estado y luego ganó las elecciones con la ayuda de un partido por el que –en su momento– nadie daba un real: Ernesto Pérez Balladares.

Optimismo pegajoso

Martinelli posee un instinto nato para identificar oportunidades. Y no solo para hacer negocios. A principios de enero de 2003, un programa de televisión le hizo ver una de esas oportunidades. El banquero Alberto Vallarino anunció en una entrevista con la periodista Luz María Noli que no participaría en los comicios del próximo 2 de mayo. Vallarino, un banquero de éxito, empresario, creador de empleos, dejaba una vacante abierta que bien podría ser llenada por él. Martinelli era todo eso y más.

A la sazón, Martinelli era ministro de Asuntos del Canal, pero decidió abandonar el barco tan rápido como se secara la tinta de su renuncia al Gabinete de la presidenta Mireya Moscoso. Su intención, al parecer, era ir a buscar el apoyo de los miles de huérfanos políticos que la renuncia de Vallarino había dejado. Su candidatura fue formalizada en una convención del CD, celebrada el 13 de junio de 2003 en Atlapa.

A partir de entonces, Martinelli abandonó sus cómodos zapatos de marca, se calzó los del pueblo y comenzó a caminar... cuesta arriba. Alcanzar el 7% de las preferencias electorales, de acuerdo con la última encuesta de LatiNework Dichter & Neira, ha sido una tarea titánica, si se toma en cuenta que casi empezó de cero.

— “Yo no voy a perder” aseguró.

— Entonces, ¿usted mantendrá su candidatura hasta el 2 de mayo?, preguntó La Prensa.

— “Ven acá, ¿tú me ves cara a mí de qué?”, respondió con desafiante entusiasmo el presidente de la cadena del Súper 99.

En sus años universitarios, en Arkansas.

No importa lo que digan o predigan las encuestas, Martinelli parece despertar un pegajoso entusiasmo entre seguidores, compañeros de nómina, familiares y copartidarios.

“Nosotros no estamos considerando siquiera [la posibilidad de] perder”, subrayó Roberto Henríquez, candidato a primer vicepresidente por CD. Henríquez, un ex democratacristiano que fue viceministro de Comercio Exterior en los primeros meses del gobierno de Moscoso, mencionó que el comité de campaña del CD encargó una encuesta, cuyos resultados colocaron a Martinelli delante del candidato oficialista, el arnulfista José Miguel Alemán, “y cerca de Guillermo Endara, pisándole los talones”.

Henríquez pronosticó que Martinelli “sacará más votos de los que sacó Vallarino en el 99”, que fueron el 17% de los sufragios emitidos.

Dado que Martinelli no le tiene mucha confianza a las consultoras panameñas, decidió contratar una “firma reconocida de Estados Unidos” para que realice un sondeo a 400 mil personas —cosa que ya hizo— lo que equivale a preguntarle a casi un cuarto de los votantes a quién le darán su voto, lo cual parece demasiado si se considera que el candidato asegura que “no hay forma humana de que pierda”.

Humana no, pero divina... eso es otra historia. Bien lo advierte el refrán: “el hombre propone y Dios dispone”. Y de eso parece que sabe mucho la madre de Ricardo, Gloria Berrocal de Martinelli.

“Ricardito”

“Dios sabe lo que va a pasar el 2 de mayo”, admite esta señora de 73 años de edad, cuya rutina diaria comienza sintonizando la radio a las seis de la mañana, a fin de enterarse qué hay de nuevo sobre “Ricardito”. Los diarios no escapan a sus ojos escrutadores. Armada con tijeras, recorta cuidadosamente todas las noticias que mencionan a su primogénito o las relacionadas con el proceso electoral que se avecina. Nada se bota. Almacena, incluso, las noticias “negativas” o las poco favorables a la candidatura de su hijo, que no son pocas. Entre ellas, las encuestas de opinión.

Los ejemplares del Pulso de la Nación parecen ser el centro de atención de la madre del candidato. “Yo los guardo para decir el día de mañana: ¡Ve, se equivocaron!”.

Doña Gloria recibió a La Prensa en la residencia que ocupa desde hace 45 años, en Obarrio. En los lugares más visibles de la casa, hay fotografías de sus cinco vástagos. “Ricardito” es el mayor de todos y le llama así desde que nació, 52 años atrás, para poder distinguirlo de su padre, el dentista Ricardo Martinelli Pardini (que falleció hace dos años).

Define a su hijo como una persona “echa’a pa’lante, terco hasta donde cabe... si él se propone una cosa, trabaja y lucha hasta que lo consigue”.

Sus amigos de infancia recuerdan que, ya desde pequeño, mientras jugaban Perchís o al Monopolio, veían en “Ricardito” a una persona exitosa. Martinelli, al parecer, le cogió gusto al juego de Monopolio, especialmente a los billetes de 500 dólares, como se verá más adelante.

Martinelli “nunca ha sido una persona de estar en andanzas. Siempre fue muy correcto”, señaló José Antonio Ruiz, que creció en el vecindario con los Martinelli Berrocal y todavía mantiene una estrecha amistad con Ricardo. Es, además, el padrino de confirmación de Ricardo Martinelli Linares.

En el barrio también vivían otros compañeros de juego, como Ricardo Vallarino, Mario Díaz y Rogelio Hernández.

Martinelli también tuvo otros pasatiempos, como jugar béisbol y practicar otras actividades al aire libre, ahí mismo, frente al portal de las casas. “En esos tiempos, nacer en Obarrio era como nacer en una gran finca, porque no había muchas casas”.

José Antonio y Ricardo mantuvieron la amistad, pese a que ambos fueron enviados por sus padres a completar los estudios secundarios en academias militares estadounidenses distintas. Doña Gloria señaló que esa fue una decisión que adoptó con el único propósito de que su hijo aprendiera el inglés. “Como era el tiempo de los hippies, era mejor que estuviera en una escuela militar”, indicó.

Hamacas arnulfistas

Aunque todos los hermanos Martinelli Berrocal nacieron en la capital, en los veranos la familia se trasladaba a Soná, a la casa del abuelo “Checo”. “En esos tiempos, la carretera estaba fatal, llena de huecos. Ir a Soná tomaba ocho horas”, recordó doña Gloria.

Don “Checo” es recordado aún allá porque, entre otras cosas, Ricardo y su hermano Mario —un año menor que él— patrocinan un comedor popular que sirve alimentos a ancianos y niños. “Hay que rogar que el señor Ricardo gane, porque esto no lo hace nadie. Nada más en gas se le va un ‘platal’”, rogaba Juliana Soto —la cocinera del comedor— mientras revolvía la olla de la que ese día se alimentarían 60 niños y 14 adultos. El menú: mollejitas con papas, arroz, lentejas y cool-aid.

Juliana contó que tiene once años trabajando en el comedor “Don Checco” –un chalet de madera pintado de blanco con letras rojas–, pero que anteriormente trabajó en otro muy similar, patrocinado por Martinelli. “Eso cerró porque el local era de Héctor Aparicio”, dijo Juliana, refiriéndose escuetamente al hoy legislador arnulfista.

Boda con Marta Linares Brin el 18 de agosto de 1978. La pareja aparece con Arnulfo Arias, viudo de Ana Matilde Linares, tía de la novia. Al fondo, Guido Martinelli.
En el pequeño pueblo veragüense, “Ricardito” y su hermano Mario, visitaban junto a su padre las fincas de ganado y arroz; se bañaban en el río y compartían con otras familias que veraneaban allá: los Dutari, los Benedetti y los Della Togna. Coincidían con parientes que, irónicamente, hoy apoyan a otros candidatos. Diagonal a la residencia de cuatro pisos de los Martinelli frente a la plaza de Soná, está la casa de Edda Martinelli de Dutari, quien es la suegra del candidato arnulfista, José Miguel Alemán, y actual embajadora de Panamá en la “Soberana Orden Militar de Malta (Santa Sede)”. En el portal, el viento mece una hamaca bordada con hilos rojo, amarillo y morado, los colores del Partido Arnulfista. Sobre las verjas descansan grandes banderas de este colectivo político.

Otros miembros de la familia Martinelli simpatizan con una tercera nómina, en este caso, la de Solidaridad. Guido Martinelli —primo de Ricardo— es cuñado de Guillermo Endara, y en algunas oportunidades ha prestado su casa de Soná para que el ex presidente atienda ahí a sus seguidores durante sus giras en Veraguas.

“Cada cual respeta las decisiones del otro. En realidad, es una familia muy grande”, justificó Marta de Martinelli, esposa de Ricardo. Ella, que es sobrina política de Arnulfo Arias Madrid, nunca imaginó que algún día estaría casada con un aspirante a la Presidencia.

Por si fuera poco, los Martinelli también guardan un gran aprecio por Vivian de Torrijos, ya que la esposa del candidato del PRD y directora de cuentas de Publicis Fergo es quien lleva la publicidad del Súper 99. En una entrevista con Ellas, Vivian se refirió a Martinelli como “mi cliente número uno”. De hecho, Publicis Fergo aparece en la lista de donantes de CD: 5 mil dólares aportó.

El mayor desvelo

Según Marta de Martinelli, su esposo no mostró mayor interés por la política hasta que el ex presidente Ernesto Pérez Balladares (1994-1999) lo llamó para que ocupara la dirección general de la Caja de Seguro Social (CSS). Con aquel nombramiento —nada improbable si se toma en cuenta que el empresario fue donante de su campaña— el hoy candidato disfrutó de las mieles del poder... y la amargura de la política.

“El no dormía a veces pensando en las huelgas de los médicos, en que tenía que darle atención a los pacientes... Era un momento de mucho estrés”, rememoró Marta. El trago más amargo lo recibió la familia el 25 de abril de 1996, cuando Guillermo Endara circuló una carta —reproducida en varios medios impresos— en la que llamaba a Martinelli “homosexual”. En aquella misiva, el ex presidente responsabilizó al entonces director de la CSS de la muerte de 13 pacientes con afección renal.

“Me sentí muy mal. Llamé a mis hijos, que estaban pequeños, porque ellos iban para la escuela y lo primero que les podían mencionar era la carta que estaba en primera plana”, recordó Marta.

Martinelli fracasó en su intento de reformar la institución hospitalaria. No pudo, por ejemplo, hacer que los médicos marcaran tarjeta de entrada y salida. Renunció a la Caja en julio de 1996, tras 21 meses de pugnas y confrontación con médicos y asegurados, incluso, con profundas diferencias con Pérez Balladares.

“Me fui precisamente por no seguir los lineamientos políticos”, aseguró Martinelli, ocho años después de todo aquello, aunque, como se verá más adelante, el político quizás no abandonó la Caja por su propia voluntad, sino que lo “renunciaron”.

Según el dirigente médico Mauro Zúñiga, Martinelli salió de la CSS por “incapaz”, pues, a su juicio, ha sido el segundo peor director de la institución. (El otro es, según dijo, Juan Jované, despedido el año pasado por “incapacidad manifiesta”). Irónicamente, fueron los gremios médicos quienes propusieron el nombre de Martinelli como director.

Para Martinelli, Zúñiga no es más que un “patrocinado” de Pérez Balladares. “Yo me di cuenta después. Quedó trabajando para el ‘Toro’. Pregúntale a cualquier médico”, retó.

Zúñiga, que denunció a Martinelli por abuso de autoridad e infracción de sus deberes (la Corte Suprema dictó un sobreseimiento definitivo), es un convencido de que el empresario llegó a la Caja para utilizarla como “trampolín político”.

Arrepentido

Aquella derrota al frente de la CSS, en vez de desanimarlo, se convirtió, en un desafío. Martinelli decidió fundar su propio partido. Pero, a la hora de buscar aliados, cometió un error que todavía lamenta. Se unió a Mireya Moscoso y le dio la espalda a su amigo, Alberto Vallarino. Aquella “equivocación” tuvo que pagarla sentándose a la diestra de Moscoso en la silla reservada al ministro de Asuntos de Canal, que no resultó tan incómoda, después de todo.

Vallarino no compartió clases con Martinelli en el Colegio La Salle —le llevaba un año— pero allí estrecharon, primero, lazos de amistad, y luego, fraternales. Marta de Martinelli es prima hermana de Marta Estella Clement de Vallarino, madre del hoy presidente ejecutivo de Banistmo. Han compartido confidencias, viajes, incluso, infortunios.

Durante un viaje al parque nacional Massai Mara, en Kenia, a Alberto y Adriana Vallarino les hurtaron sus joyas y pasaportes de la caja de seguridad del hotel. Los esposos Martinelli cancelaron entonces un viaje a Rhodesia, para quedarse con los Vallarino en Kenia, hasta que llegaran los nuevos pasaportes desde Panamá.

“Yo me sacrifico por mis amigos, como me sacrifico por mi país”, aseguró Martinelli, al recordar el incidente. Pero, si Martinelli estuvo dispuesto a acompañar a Vallarino a Tanzania o al Kilimanjaro, ¿por qué no lo apoyó en 1999, cuando Vallarino quiso ser presidente?

Martinelli responde que, en 1999, su amigo-candidato estaba “muy comprometido con el banco”. De eso se dio cuenta una mañana, que invitó a Alberto y a varios amigos a desayunar en su casa para discutir las posibilidades. “A mí no me gustó cuando me dijeron que yo iba a quedar en la cabina de mando”, dijo Martinelli, “No entendía el concepto”.

Con todo, ahora dice estar arrepentido. “Cometí un error”, reconoce sin reparos. “Mireya Moscoso había caminado desde que perdió las elecciones [en 1994] y ella se había vendido como una persona que iba a ayudar... a los más pobres, por los más necesitados. Y eso fue lo que me movió a irme con Mireya Moscoso”.

Filtraciones y sospechas

Martinelli puso alma, corazón y recursos en la campaña de Moscoso. La noche del 2 de mayo de 1999 —cuando empezaban a conocerse los resultados de las comicios— el “error” de Martinelli comenzó a materializarse. Allí estaba él, sonriente, junto a Moscoso. Era su escolta en casi todas sus comparecencias televisivas.

Martinelli se estrenó poco después como ministro del gabinete de Moscoso. Y no de cualquier cartera. Era el titular de un ministerio que en teoría tendría más de ocho mil empleados subalternos: el de Asuntos del Canal, un puesto de nombre pomposo, pero que pronto descubrió que “no tiene ninguna relevancia”. “Dime, ¿qué ley pasé yo?”, se quejó.

Ser miembro de la corte de Moscoso no significa que, porque está en ella, ya goce de su toda su confianza. Martinelli recuerda que en los primeros meses de administración, todo lo que se discutía en las reuniones del Consejo de Gabinete era reproducido fielmente en los medios de comunicación. Alguien estaba “liqueando” (filtrando) la información. Las sospechas cayeron sobre Martinelli, y con alguna razón. “Todos [los demás ministros] eran de extrema confianza de Moscoso”, pensó él. Pero el culpable resultó ser “el ministro que menos te imaginas... el primero que salió”, dio una pista para los que tienen buena memoria.

Martinelli recordó también aquella vez en que la presidenta pidió la renuncia a todos sus ministros. No se le olvida que varios viceministros —uno que otro después terminó ascendido— “empezaron a hablar mal de sus ministros”. Martinelli, que no tenía enemigos en su ministerio de tan alto rango, escuchó la letanía de los quejosos. “Me quedé anonadado de los problemas que había entre ellos... Ahí, después, vino el cambio de Gabinete”.

Entonces los ministros acordaron poner sus puestos a disposición de la gobernante. Aquello no era cosa del agrado Martinelli, especialmente después de experimentar lo que eso significa. “La última vez que yo puse un puesto a disposición fue cuando estuve en la Caja de Seguro Social... y quedé botado... Así es que si no me quieren, bótenme”. Así, no más.

Pero cuando un presidente pide, los ministros ofrecen. Martinelli cerró los ojos y “confió” en su presidenta. Para su sorpresa, no terminó en la lista de los ministros desempleados. Otros corrieron con menos suerte: Alejandro Posse, del MIDA, y Moisés Castillo, del MOP, por ejemplo. También fueron echados de Palacio algunos viceministros, entre ellos, su hoy compañero de nómina, Roberto Henríquez.

Que Moscoso lo mantuviera en el puesto le permitió a Martinelli darse cuenta de cuál era su “rol”. Lo querían –dijo– “tener al ladito, en vez de tenerme afuera”.

El “outcast”

Al igual que los otros ministros, Martinelli asistía a las reuniones del Gabinete, en las que su presencia era tan silenciosa como la de una murga en procesión. En vez de aprobar, renegaba. “Yo era un outcast —algo así como un tipo fuera del molde— allá adentro”, dijo Martinelli.

Cuando declaró públicamente que adversaba las reformas tributarias —las que el resto de sus colegas aprobó en diciembre del 2002— la presidenta se encogió de hombros: Nada nuevo. Martinelli “se abstiene de todo”, dijo.

Lo hizo —reveló Martinelli— porque “tenía razón y porque no le debo nada, ni tengo a quien proteger”.

Al igual que esa, Martinelli perdió importantes batallas en la corte de Moscoso: la “equiparación” a favor de Panamá Ports Company (con la que la concesión de los puertos de Cristóbal y Balboa le salió gratis a PPC); la compra de hospitales privados para la CSS; detener varias contrataciones directas... y aumentar los aranceles de importación —no hay que olvidar que Martinelli es también un gran agroproductor—: ¿intereses de por medio?

“Yo estaba adentro, peleando lo que los medios no estaban haciendo, porque estaban en el honey moon con el gobierno”, acusó.

En total, Martinelli calculó que en los cuatro años que fue ministro, se opuso a más de 70 proyectos, a veces con el único apoyo del contralor, Alvin Weeden.

En los zapatos del empresario

Calcular el patrimonio de Martinelli es como tratar de averiguar en qué se gasta la presidenta su partida discreta. El sostiene que no le debe nada a nadie, pero, a pesar de que buena parte de su discurso electoral se basa en la transparencia, nadie sabe a estas alturas —por ejemplo— qué tanto de su cadena de supermercados está pagada o qué tanto le adeuda a los bancos que, como él mismo mencionó, fueron los que le facilitaron los fondos para levantar el Súper 99 y adquirir los Gago.

— ¿Usted sabe cuánta plata tiene?

— Ni sé, ni me importa, respondió.

— ¿Cuánto factura el Súper 99?

— “Ese no es tu problema”.

— ¿Cuánto le ha costado a usted Cambio Democrático?

— “No tengo la más remota idea, ni me importa”.

— ¿Quién financia las campañas de los otros candidatos de CD?

— “Yo no tengo idea”.

Gloria Berrocal de Martinelli recorta todas las noticias -buenas o malas- que hablan de su hijo "Ricardito", incluso aquellas que mencionan encuestas que ubican a su hijo en el último lugar, para decirles el 2 de mayo: "Ve, se equivocaron".

Las respuestas parecen sugerir un nuevo significado de la palabra transparencia. Martinelli, eso sí, no duda en ubicar a su cadena del Súper 99, de treinta establecimientos, como la empresa privada más grande del país.

Tal como lo es en la política, Martinelli en los negocios es un personaje de contrastes, un superviviente. Compró —con todo y números rojos— empresas como el Almacén 99, Gago y el Ingenio La Victoria.

Su carrera como empresario comenzó a finales de la década del 70. Estaba recién casado y egresado del INCAE, con un modesto trabajo de oficial de crédito del Citibank.

Entre sus principales clientes estaba Francisco Wong Chan, propietario del Almacén 99, una pequeña cadena de ferreterías que registraba ventas de 6 millones de dólares anuales. Wong Chan era, además, arrendatario de varios locales propiedad de Gloria Berrocal de Martinelli.

Joven y ambicioso, Martinelli abandonó su puesto en el banco para irse a trabajar con Wong Chan, seducido por estados financieros que resultaron estar “amañados”, reconocería después el flamante nuevo propietario: el Almacén 99 estaba —en sus propias palabras— “quebrado”.

Para haber sido un simple oficial de crédito en el Citibank, sus contactos resultaron inmejorables. Martinelli logró que los bancos le prestaran ayuda. En esa tarea de rescate se jugó toda su credibilidad. “Es más, las facturas las ponían a nombre de él. Ponían a Francisco Wong Chang arriba, y el nombre de él abajo”, recordó Delia de Luzcando, que ha pasado 32 años de su vida trabajando bajo el paraguas del 99. Hoy es la gerente general de Importadora Ricamar (apócope de dos palabras: Ricardo y Martinelli).

Cuatro años después de la compra, con estados financieros saneados y saludables, consiguió el financiamiento del 100% —por parte del Citibank— para comprar a Wong Chan, en 3.5 millones de dólares, la totalidad del negocio. Wong Chan se fue a vivir a California. Falleció a finales de la década del 90.

Como nuevo propietario, lo primero que hizo Martinelli fue cambiar el nombre a Súper 99. La tranquilidad duró poco, porque después del saqueo tras la invasión militar estadounidense de diciembre de 1989, la cadena quedó “vuelta leña”.

De los nueve Súper 99 que existían entonces, solo se “salvaron” tres: uno en Calidonia, otro en Paitilla y uno en Santiago de Veraguas. El resto fue vandalizado: Se llevaron toda la mercancía, las cajas registradoras, los cielos rasos y hasta la información de respaldo de las computadoras. En total, con aquella invasión —y su posterior saqueo— la cadena registró pérdidas de 8.5 millones de dólares.

Martinelli no se acobardó. Al tiempo que atendía sus deudas, solicitó créditos a plazos de hasta 18 meses para abastecer sus supermercados —o lo que quedaba de ellos—. A falta de archivos, saldó las cuentas con las facturas que presentaban sus proveedores. “Quiero que busques a alguien –retó– que diga que yo no le he pagado o que le debo un real”.

El Súper 99 no fue la única cadena de supermercados saqueada. El gigante del sector, Gago, también sufrió, con la diferencia de que no pudo recuperarse. Martinelli lo justificó: “Gago tenía una estructura de costos operativa mucha más cara que el 99. Gago era una empresa vieja; el 99 era una empresa joven, mucho más pequeña, era la mitad de lo que era Gago en ese tiempo”.

Hombre de palabra

Entusiasmado con la idea de adquirir a quien había sido su competidor más grande, en 1994 Martinelli se acercó a Lázaro Gago. Aquella unión empresarial fue en su momento –según el propio Martinelli– comparable a la actual alianza entre el PRD y el Partido Popular.

La transacción aparentemente fue más emotiva que racional, porque, según Martinelli, los supermercados Gago —como ocurrió años antes con el Almacén 99— estaban “quebrados”, aunque aparentaban ser un negocio “andante”.

Lázaro Gago lo rechazó tajantemente. “El compró porque vio que era negocio. Si estuviera quebrado, no hubiera comprado”. En un “año bueno”, calculó que su cadena podía facturar hasta 120 millones de dólares.

Con números en rojo o no, Martinelli se empeñó en cerrar la compra. Para ese entonces, Lázaro ya había vendido parte del negocio a Haralambos Tzanetatos. Y también a Juan Ramón Poll (fundador de los almacenes El Machetazo). Cada uno de ellos poseía un tercio de la compañía. No obstante, entre los tres socios habían profundas diferencias. Tzanetatos y Poll decidieron vender su participación a Martinelli y a la familia Motta. De esta forma, el primero se convirtió en el principal accionista, con el 51%, y Motta se quedó con 15%. Lázaro Gago retuvo el 33% restante.

Dos años después, Martinelli compró la participación de sus socios. A Gago le pagó su parte con el terreno donde actualmente opera el PriceSmart, en la Vía Brasil. La transacción conllevó que Gago y el Súper 99 se “fusionaran” bajo un solo nombre, en el que Gago desapareció por completo, incluso las figuras del toro que estaban sobre sus luminosos letreros.

Lázaro Gago se convirtió entonces en proveedor de varios supermercados, entre ellos, el 99. A Martinelli lo recuerda como “un hombre de trabajo, de empuje... Toda la palabra que me dio a mí, la cumplió”. En una entrevista en el 2000, Martinelli calculó que pagó por Gago entre 15 millones y 17 millones de dólares, también financiados por el Citibank.

La fusión de las cadenas, tuvo sus escollos. Los problemas eran de tal magnitud —incompatibilidad entre las neveras, computadoras y otros equipos de Gago con los del 99, por ejemplo— que Martinelli dijo que se sintió agradecido de que el “Toro” acogiera su “renuncia” a la CSS con tanta celeridad. “Yo necesitaba irme para mi negocio. Le doy gracias a Dios, al Toro y a Sammy Lewis, que tuvo mucho que ver con mi ‘sacada’”.

¿Por qué Samuel Lewis?

“El quería que nombrara a gente del partido Solidaridad en la Caja de Seguro Social y yo no los quería nombrar. Yo, en verdad, no politicé la Caja, como no pienso politizar el Estado”, metió su cuña.

Aunque no cabe duda de que es el mandamás, Martinelli no es el único propietario de la cadena de supermercados. Su madre posee el 2% de las acciones y su hermano Mario, que ocupa la vicepresidencia, tiene el 10%. Todos los hermanos Martinelli-Berrocal, salvo Gloria Martinelli de Virzi —la más joven, que vive en Santiago, y más relacionada con la cadena Súper Carnes— trabajan en el 99.

Además de los Súper 99 —buque insignia del grupo empresarial— Martinelli tiene participación parcial en multitud de empresas: dos bancos (Global Bank y Panabank), un ingenio azucarero (en 1998, lideró un grupo que adquirió del Estado el grueso de las acciones del Ingenio La Victoria, en Santiago), panaderías (La Sabrosita), salineras (Panasal), mataderos (Productos Sonaeños, S.A.), molinos (Productos Tolerique, S.A.), harineras (Gold Mills y Oro del Norte), procesadoras de embutidos (Blue Ribbon), compañías de televisión (TVN Canal 2 y Direct TV), aseguradoras (Ancón) y hasta discotecas (Zoomba), por mencionar algunas.

Es, además, presidente de Importadora Ricamar, Plastigol y Era, S.A., esta última dedicada a la venta de equipos de refrigeración comercial e industrial.

Recientemente, vendió su participación de la cadena Burger King.

Su próximo proyecto, además de ser presidente, es llevar el 99 a Costa Rica, donde planea abrir una sucursal “en un año”. También tiene intenciones de donar dos millones de dólares a la Fundación Súper 99, después de las elecciones del 2 de mayo. Recordó que, como ministro del Canal y director de la CSS, donó sus salarios a causas benéficas.

Quizá su participación en tantas empresas sea lo que le haga difícil saber con precisión a cuánto se eleva su patrimonio, aunque también parece inverosímil que alguien que se dice buen administrador no sepa cuánto le costó su compañía estandarte o cuánto ha invertido en la creación de su propio partido.

Cambio de... opinión

Polifacético como pocos, Martinelli sostiene que ese es, precisamente, su mayor atributo, tanto en los negocios como en la política. Lo que otros llaman “baila-la-vara”, Martinelli lo define como virtud. “Es la ventaja que me da a mí, interprétalo como tú quieras, el haber estado en los dos lados [en el gobierno del “Toro” y en el de Moscoso]. Ellos son la misma cosa. En el arnulfismo y en el PRD solo cambian de caras”, aseguró.

Jimmy Papadimitriu acompaña a Martinelli en su cruzada particular contra lo que en Cambio Democrático llaman “los políticos tradicionales”. La juventud de sus 31 años no ha sido un obstáculo en su carrera. Papadimitriu dice haber trabajado en Washington y Boston en las campañas de varios congresistas y representantes estadounidenses.

Estuvo 16 años residiendo en el extranjero y, al retornar a Panamá, tuvo acercamientos con Rubén Darío Carles, “pero todo muy informal; nos tomábamos un coffee y hablábamos de esto y aquello”. Hasta que un día se encontró a Martinelli en una fiesta. La oferta no se hizo esperar.

“Me pidió que lo apoyara, pero nunca pensé que me pondría de jefe de campaña”, confió Jimmy. No es extraño, empero, considerando que sus encuestas no las realiza una compañía del “patio”, precisamente. Oportuna resultó la designación, pues su llegada, en octubre pasado, prácticamente coincidió con la partida de Leo González, la amputada mano derecha de Martinelli, quien habría de encargarse de la campaña de los otros candidatos del CD a puestos de elección.

González ahora, desde las toldas de Solidaridad, ha lanzado algunas acusaciones contra Martinelli y reclama el pago de salarios que debió haber recibido cuando ejerció como director de campaña del CD.

El empresario informó que había contratado a González para trabajar en sus negocios particulares, después de que éste perdiera su trabajo en el Ministerio del Canal. (Ver La Prensa del 29/11/03).

En síntesis, la renuncia de Martinelli dejó un saldo de decenas de funcionarios despedidos en aquel ministerio, la mayoría miembros de CD, denunció públicamente González. El candidato rechazó tajantemente las declaraciones de González: “Díganme a quién yo he nombrado en este gobierno. Dime [el nombre] de una sola persona, después del 1 de enero del año 2000, y yo te regalo el 99”, prometió.

Todos los nombramientos de personal en el ministerio se hacen a través del Ministerio de la Presidencia, aseguró. Difícilmente, entonces, se podrá encontrar la firma —y menos aún la voluntad— de Martinelli en ellos, dijo.

Martinelli declaró que sus diferencias con González nacieron porque éste quería llevarse al CD “para las filas de [Guillermo] Endara” y, en aras de ese propósito, estuvo haciendo “un trabajo interno de petardeo”, acusó.

No es la primera vez que Martinelli atribuye sus traspiés políticos a terceras personas.

La Fiscalía Electoral inició en el 2000 una investigación —por el supuesto cobro de cuotas “voluntarias” a varios funcionarios del IDAAN, a favor de CD— tras una denuncia que fue presentada por el abogado Guillermo Cochez y su socio, Víctor Manuel Martínez.

En esa oportunidad, el dedo acusador de Martinelli apuntó al candidato del PRD. “Yo se lo reclamé a Martín. Una vez nos encontramos y le dije a Martín: ‘tú estás detrás de esta cosa de Willy Cochez”, contó. También, según dijo, el PRD está detrás del reclamo de los accionistas minoritarios del Ingenio La Victoria, que reclaman el pago de sus dividendos.

“Esto es una campaña orquestada”, insistió, y agregó que el ingenio –que costó 10.5 millones de dólares– no está reportando dividendos, sino más bien pérdidas.

Aida de Macía, vocera de los ex empleados y pequeña accionista del Ingenio La Victoria, todavía recuerda el júbilo de sus compañeros al enterarse de que Martinelli y la familia Virzi se habían convertido en los nuevos patrones de la empresa azucarera. “Cuando ellos ganaron, yo me alegré, porque son veragüenses y los que sonaban eran unos nicaragüenses y colombianos”, recordó, sentada en el portal de su casa, en la barriada La Primavera, en Santiago. Pero ahora, lo lamenta: “La sonrisa se me convirtió en mueca”.

‘Una firma irreconocible’

El respaldo con el que dice contar Martinelli parece no haber sido siempre tan espontáneo como su discurso de campaña intenta hacer ver. En octubre de 2001, la Fiscalía Electoral solicitó el llamamiento a juicio de once personas, en su mayoría empleados del IDAAN y miembros del CD por el asunto aquel de las cuotas “voluntarias”.

La vista fiscal señala que Martinelli, que se ofreció para declarar en la etapa de averiguaciones, “no quiso” reconocer su firma en la fotocopia de una resolución del partido —con fecha del 31 de marzo del 2000— lo mismo que Ramón Martinelli, tesorero del CD, que testificó, pero amparado por la inmunidad que le otorga ser diputado del Parlacen. El documento supuestamente establecía la tarifa que cada funcionario del IDAAN —entonces dirigido por Carlos Sánchez Frías, a la sazón segundo vicepresidente del CD— debía pagar al partido.

En su vista penal, el fiscal electoral, Gerardo Solís, concluyó que los declarantes “posiblemente encubrieron a los autores intelectuales del hecho ilícito de marras o tal vez a aquellos que pudieron haber dado las órdenes para que se cobrarán las cuotas a los funcionarios”.

Una de las acusadas, Eloísa De León, declaró que la principal imputada en este caso, Xiomara de López, era la persona que recibía los “aportes” que los funcionarios del IDAAN hacían al CD. En su testimonio también dijo no entender cómo había funcionarios que pagaban una cuota mensual de cinco dólares y, aún así se lamentaban. Qué diría ella, que tenía que aportar 32 dólares al mes, indicó. Para aplacar a los quejosos, De León les decía que, sea como sea, cinco dólares mensuales era el equivalente a la letra de una mueblería. Nada del otro mundo.

Puede que Martinelli diga que no es un político, aludiendo el sentido despectivo de lo que él entiende por político. Pero su partido parece comportarse de la forma en que operan los partidos tradicionales –con sus mañas y actitudes cuestionables–, de acuerdo con las declaraciones vertidas por los miembros del CD en este expediente.

Lo cierto es que, en este caso, Martinelli no reconoció su firma, pero los testigos dijeron que recogían dinero para su partido y los fiscales aseguraban que alguien mentía, que se protegía a los verdaderos culpables.

Tal vez el proyecto de “Panawood” no sea tan irreal como lo hicieron ver los detractores de Martinelli. Quizá haya material suficiente para hacer una que otra película.


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