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Combate a la pobreza
En la actualidad, la pobreza afecta al 37.2% de la población
(un 16.7% en pobreza extrema). Eso significa que 1,180,117 de panameños y panameñas
son pobres y engrosan las filas de la exclusión. Además, poco más de la mitad
de los residentes en las áreas rurales no indígenas (54.2%) es pobre y las cifras
se tornan dramáticas en las zonas indígenas (98.5% de pobreza). Muchos de nuestros
lectores han expresado la necesidad de abordar un plan integral contra la pobreza,
algo que está en sintonía con el compromiso que adquirió Panamá en 2000, cuando
se adhirió a las propuestas del Milenio de Naciones Unidas y se autoimpuso la
meta de acabar con la pobreza extrema en 2015.
El reparto más justo de la riqueza, la creación de un plan nacional
de desarrollo y la consistencia de las políticas e inversiones públicas (cambiantes
cada cinco años) son algunas de las claves para superar el lastre de la pobreza.
Si a eso se le suma la visibilización de los sectores excluidos,
se podrá comenzar a hablar de una sola Panamá, evitando los eufemismos de interior
o comarcas indígenas, que a veces se utilizan más como excusa que como descripción
geográfica.
Lucha contra la corrupción
Para los panameños, la corrupción es como el cáncer maligno
que no te mata, sino que te consume poco a poco, dejándote sentir cómo tu cuerpo
se mengua a la vista de todos. Un poco de memoria: a partir de la creación del
capítulo panameño de Transparencia Internacional en 1995, representado por la
Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana, la lucha contra la corrupción
pasó a estar en la agenda pública del país.
Temas pendientes: muchos. Entre las modificaciones legales está
la legislación en materia de conflicto de intereses, la debida implementación
de la carrera administrativa, el establecimiento de topes a los gastos de las
campañas electorales, etcétera. Pero quizá más que los cambios jurídicos, está
pendiente la gran revolución moral y cultural en el país. Un cambio de actitud
que elimine el juega vivo de nuestro diccionario de vida y que logre que la rectitud
en las actuaciones cale en los ámbitos público y privado. Mientras, el fin de
la impunidad supondría un paso gigante para que el que la haga sepa que la paga.
Desarrollo económico
Luego de haber crecido en la década de los 70 a un ritmo
promedio de 8% anual, Panamá experimentó una desaceleración económica en los 80.
El país se vio muy afectado por la crisis del petróleo, pues se encontraba fuertemente
endeudado. Ante la imposibilidad de asumir el pago de la deuda se tuvo que llegar
a un acuerdo de contingencia con el Fondo Monetario Internacional, por un plazo
de 18 meses, pero no se pudo cumplir lo pactado para reducir el déficit en el
sector público y eso aumentó considerablemente el nivel de endeudamiento público.
En la década de los 90, la deuda no dejó de crecer. Saltó de
6 mil 554 millones de dólares en 1990 a 7 mil 732 millones de dólares en 2000.
Y esa tendencia tampoco cambió en el siglo XXI: el saldo de la deuda alcanza ya
los 10 mil 5 millones de dólares. Mientras la deuda pese tanto, seguirá siendo
un parásito que se come los recursos públicos que, en el Panamá que soñamos, deberían
destinarse al desarrollo educativo y social.
Nuestros lectores piden que el desarrollo económico se planifique
y que haya un verdadero pacto de Estado para que esos planes no estén amarrados
a los quinquenios presidenciales.
Yo quiero un país...
Luz María Noli
Directora asociada de Canal 2
La Prensa me pidió mi visión de Panamá en 25 años. Me
resistí porque las predicciones no son mi fuerte y en ausencia de una bola de
cristal para predecir el futuro, lo único que resta es la imaginación.
Yo quiero un país en orden con una transformación similar a
la que sacó a España al primer mundo colocándola como uno de los pocos países
de la Unión Europea que, el año pasado, registró un crecimiento económico importante.
Quiero un país donde la clase media y los profesionales no esté en vías de extinción,
donde no exista la pobreza y mucho menos la pobreza extrema, porque no hay razón
alguna para ello.
Un país donde los nacionales estemos orgullosos de esta tierra
de oportunidades sin esperar que vengan de fuera a decirnos que vivimos en un
país maravilloso. Un país donde el transporte urbano funcione, donde pueda montarme
en un taxi sin que el conductor me baje porque él no va para allá.
Un país donde se respeten las leyes, todas las leyes, incluyendo
las de tránsito para que cuando cambie el semáforo a luz verde, no me encuentre
con un demente que me cruza a toda velocidad porque se saltó la roja. Un país
donde la responsabilidad ciudadana tenga significado, donde cada panameño cumpla
con su obligación, consciente de sus derechos. Un país como el mi abuelo, don
Ignacio Noli Batista, donde ser magistrado de la Corte Suprema de Justicia era
timbre de orgullo y la culminación profesional ideal de cualquier profesional
del derecho.
Yo quiero un país que funcione, donde la burocracia me permita
hacer mis diligencias sin tener que pasarme todo un día rodando; un país donde
los políticos aspiren al poder con un sentido de servicio a la comunidad y teniendo
en mente la responsabilidad histórica que viven. Un país con un proyecto nacional.
Ese es mi país de los próximos años. Ese es el país donde yo
quiero vivir y trabajar. Ese es el país del que estoy orgullosa. Ese es mi Panamá.
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