La mirada del curador

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Piensen en una gran sala en el Museo Boymans van Beuningen en Rotterdam, Holanda. Entre cuadros y obras artísticas seleccionadas con cuidado, un gran pedestal con vitrina contiene una de las principales piezas de la exposición: una silla con un hombre añoso, gordo y desnudo, auténtico espécimen de la especie humana. El año: 1992. La exposición: The Physical Self. El curador: el artista y cineasta Peter Greenaway.

La paradigmática muestra The Physical Self, en la que Greenaway no solo seleccionó las piezas de la exposición de acuerdo con un eje temático (la epopeya física del cuerpo humano a través del tiempo y las edades), sino que además creó varias instalaciones como la arriba descrita, es solo una de las tantas manifestaciones de esta particular disciplina llamada curaduría.

Exposiciones, ferias, festivales, bienales y concursos atraen a muchos amantes del arte contemporáneo; pero para armar cualquiera de estas modalidades de difusión artística, hay un equipo humano accionando las tramoyas de lo que muchas veces solo parece una puesta en escena; y en el centro de todo este andamiaje, el curador con su mirada crítica es quien selecciona las piezas artísticas y provee de sentido a la exhibición.

PRESENCIA

En el ámbito global y dada la importancia creciente de las exposiciones en la circulación pública del arte, la presencia del curador se ha visto intensificada a lo largo de los años. Y esto es así, porque la curaduría es una actividad que responde a la complejidad del ámbito artístico contemporáneo, donde confluyen las necesidades específicas de diversos sectores como el público, artistas, patrocinadores, museos, las grandes colectivas internacionales y el mercado.

Especialmente en los últimos 30 años, al margen de la tradicional labor del curador museístico cuyo rol primordial es la conservación de la colección a su cuidado, se ha consolidado una modalidad de curaduría cuya mecánica interna se acerca mucho más a la de la construcción de un ensayo o un estudio temático.

El curador contemporáneo suele definir los criterios de la exposición, convoca a los artistas, indica el tipo de montaje y la secuencia de los elementos exhibidos y, con todo ello, arma un denso tejido conceptual para ofrecer una trama que tenga sentido para el espectador.

En Panamá, una de las más recientes experiencias de este tipo fue la muestra antológica “00-10: Cuenta progresiva, arte de la primera década del siglo XXI en Panamá”, presentada en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) y curada por Reinier Rodríguez.

La muestra abarcaba lo más representativo de un grupo de artistas, cuya producción se desarrolló en los pasados 10 años. Constituía un desafío para el curador descubrir elementos constantes en la producción de un grupo tan diverso (ya sea en sus relaciones con el entorno, los soportes usados o los temas abordados), con los que pudiera ofrecer un panorama legible del complejo escenario del arte de la última década en el istmo.

Dadas las aspiraciones pedagógicas de las instituciones contemporáneas relacionadas con las artes y también, bueno es decirlo, las estrategias de formación de público que se hacen imprescindibles en los circuitos comerciales del arte, las exposiciones han devenido en relatos que marcan o señalan itinerarios donde se articula, traduce y se hace pública la producción de los artistas.

Especialmente en el ámbito comercial del sector, uno de los aspectos en los que se pone especial énfasis es en la detección de tendencias interesantes y la búsqueda de primicias que puedan resultar atrayentes.

En este caso, el galerista (que hace las veces de curador) debe tener la capacidad de reconocer, sopesar y mostrar esas novedades de una forma inteligente y atractiva. Un ejemplo de esto serían las dos muestras colectivas, que con pocos meses de diferencia, se llevaron a cabo en una galería local (Galería Allegro); la primera, The Reality Show y la segunda titulada You are Here. Para cada una de estas exposiciones, Mirie De La Guardia reunió a varios artistas con preocupaciones y códigos semejantes.

Como podemos ver, la labor del curador suele concretarse en una especie de “texto tridimensional” (la propia exposición). Y aunque pareciera ser que las exposiciones han devenido en relatos, algunos casos excepcionales pretenden también disputarse el espacio creativo; generalmente, son propuestas realizadas por artistas más que por curadores.

AVENTURAS

A partir de la década de los años de 1990 y al margen de los grandes espacios expositivos, como la Bienal de Venecia o la Documenta de Kassel, surgieron controvertidas aventuras curatoriales con una fuerte impronta artística como con The Physical Self, de Greenaway, o The Play of the Unmentionable, del artista Joseph Kosuth. En ambos casos, los artistas realizaron una actividad curatorial que ronda los límites de la instalación. ¡O al revés!, una instalación con los instrumentos de la curaduría.

Y si podemos hablar de la curaduría como relato y como intervención artística, también podemos hablar de ella como “experiencia”.

Algunos de los proyectos más ambiciosos y complejos se orientan en ese sentido; aspiran a convertirse en experiencias vivenciales, hacer contacto con públicos más amplios y alterar el tejido social que las acoge.

En Panamá tenemos dos casos portentosos de esta modalidad. Uno de ellos es CiudadMULTIPLECity en 2003. La responsabilidad curatorial de esta recordada muestra, que se tomó todo el centro de la ciudad de Panamá, estuvo a cargo de Adrianne Samos y Gerardo Mosquera, quienes se propusieron salir de las estrechas márgenes de la sala de un museo para incidir directamente sobre la ciudad.

Los artistas convocados intervinieron sobre espacios urbanos y muchas de estas propuestas exigían una colaboración directa de las comunidades que habitaban estos espacios. Pero uno de los aspectos más valiosos de aquella muestra fue recordarnos que el arte tiene un potencial arrollador para advertir fisuras sociales, señalar inadvertidos convencionalismos y cuestionar los poderes establecidos.

Varias de las piezas e intervenciones de los artistas de esta muestra, como las de Ghada Amer, Jesús Palomino y Gustavo Araújo, causaron inquietud y desasosiego a varios niveles.

Otra gran “experiencia” la constituyó la 8va Bienal de Arte de Panamá: Entrar a la Zona del Canal en 2008, cuyos directores, Mónica Kupfer y Eduardo Araújo, decidieron invitar a la curadora mexicana Magalí Arriola.

La acción crítica y compleja de esta edición de la Bienal descansaba sobre el análisis y las reflexiones en torno a los cambios territoriales y la movilidad de las fronteras, que con las herramientas propias del arte harían los artistas convocados.

La llamada “quinta frontera”, la antigua Zona del Canal, fue uno de los temas centrales pues generaba cuestionamientos sobre la memoria, la identidad, el sentido de pertenencia y el desarraigo.

El hecho de que las obras de muchos de los artistas participantes estuvieran localizadas de manera dispersa en las áreas revertidas, y que su exposición al público resultara limitada por esta misma razón, puso en evidencia que la “quinta frontera” es todavía una realidad en la imaginería de la población panameña.

La 8va Bienal de Arte de Panamá y CiudadMULTIPLECity han sido las más arriesgadas propuestas de experiencia artística de los últimos años en Panamá; en ambas, para cumplir con sus objetivos pedagógicos y el deseo de ampliar el horizonte cognoscitivo del público, los organizadores echaron mano igualmente de recursos extra-artísticos, como los ciclos de conferencias y la publicación de textos y documentos que puedan hacer aún más entendible el panorama del arte.

La muestra CiudadMULTIPLECity produjo un documento memorable con intervenciones gráficas de Jonathan Harker y textos de Carlos Monsivais, entre otros. En el caso de la 8va Bienal de Arte de Panamá, el documento El dulce olor a quemado de la historia, a cargo de la propia curadora Magalí Arriola, desentraña la génesis y las dinámicas internas de la vida en un enclave colonial (la comunidad de zonians), tema muy poco analizado en el país, a la vez que intercala comentarios sobre la obra de los artistas participantes.

Es una lástima que iniciativas artísticas y trabajos de curaduría como estos no se produzcan con suficiente frecuencia en nuestro país. Varias cosas conspiran para evitarlo: el peso casi total que recae en el patrocinio privado ante la inactividad del Estado y la inexistencia de una ley de cultura que cree y reglamente disposiciones de apoyo y estímulo para los gestores de estas iniciativas.

En todo caso, hay que estar atentos cuando surjan actividades artísticas tan estimulantes como estas para asistir y no perdérnosla.

Hace poco se clausuró la muestra Evolución, ese delicado trabajo que nació de la colaboración entre el artista Marcos Lee y el curador Reinier Rodríguez. Me pregunto: ¿cuántos habrán podido verla? Yo no sé ustedes, pero por mi parte ya tengo mis planes para febrero: Visitar el MAC y recorrer la nueva exposición Lo geométrico y lo orgánico de la abstracción, curada por Ella Faulkner.

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