El hombre que regresó del cielo

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El hombre que regresó del cielo es neurocirujano, norteamericano y un gran tipo al que todo el mundo llama por su nombre: Doctor Alexander. Tuvo una grave enfermedad en vida.

Ese mal se lo llevó a la muerte y ahí, después de morir, y durante el tiempo que fuera, experimentó su gran actividad vital: se fue al cielo, habló con quienes a él le parece que eran ángeles, vio el espectáculo, lo describe, colores, ruidos como de música, todo en una armonía que hacía más “deslumbrante la oscuridad”.

Eso era el cielo, lo mismo que para nosotros, los que estamos aquí, el infinito sin nubes: una deslumbrante oscuridad. Porque para que una estrella brille desde tan lejos hacen falta dos cosas por lo menos: luz y oscuridad.

Un oxímoron que debería hacernos pensar: mientras más oscuridad, más luz. El cielo límpido en la noche, lleno de estrellas cada uno en el lujo de su luz y espacio abierto, compone un cuadro que al doctor Alexander, en su experiencia austral, le pareció el cielo mismo.

Él dice que el cielo que él vio cuando estaba muerto estaba lleno de gente que cantaba y como que bailaba en el aire sin ningún esfuerzo.

Se lo conté a un amigo que a veces cree en la otra vida y otras veces no cree ni en esta, y me dijo que así mismo imagina él su cielo.

Mientras los musulmanes se prometen para el más allá una juerga interminable llena de hombres y mujeres guapos, bellos y juguetones, nosotros, los cristianos, los gentiles para ellos, los infieles para ser exactos, las juergas nos las pegamos aquí abajo, en el purgatorio que a cada uno nos ha tocado.

El doctor Alexander ha escrito y publicado un largo informe de las conversaciones y el significado de cuanto vio y experimentó.

Lo hace con un respeto absoluto por los creyentes y por los que se dicen ateos. Porque esa es otra: los ateos niegan en lo más absoluto la existencia de cualquier dios. Por el contrario, los cristianos que tienen fe en sus creencias sostienen sin ningún tipo de duda cómo es el cielo y cómo es el infierno, bien que de repente viene algún Papa argentino a sacarlos del tópico y les indica con suavidad que en el infierno no hay fuego.

¿Hay frío, pues? ¿Dónde está la mala traducción del asunto? ¿Fue San Pablo un fraude que nos metió mil goles en las creencias primarias del cristianismo y esas mismas mentiras son las que han llegado hasta nosotros?

Con el mismo respeto científico que el doctor Alexander, el hombre que regresó del cielo para contarlo, ha escrito y publicado su informe sobre el viaje astral que le fue permitido hacer, he leído y reflexionado yo muchas veces sobre la posibilidad de otra vida después de esta.

A veces, creo que sí: que después de la muerte, cuando ya esté en el cielo, podré cumplir con mi frustrada vocación en la Tierra, jugar como un gran profesional del Real Madrid y ganar muchas copas de Europa. Pero, mientras tanto, el asunto es terrible: un miércoles estoy seguro de que existe otra vida después de esta y el viernes siguiente creo que no hay nada que hacer, que somos simple biología, que no hay posibilidad de unir ciencia y religión, que entre unos y otros nos han llevado durante siglos al huerto, que nos tienen como puta por rastrojo acongojonándonos con el diablo y el fuego y nos endulzan el futuro hablándonos desde cualquier púlpito del cielo que nos espera si nos portamos bien en este valle de lágrimas.

Me emocionó de verdad leer el texto del doctor Alexander, su viaje por el espacio celestial y sus conversaciones con los ángeles y con quien parecía ser su guía más allá de la vida. Alexander dice que lo que cuenta está para siempre definido en su conciencia, elemento al que da una gran importancia, mucho más que al alma y al cuerpo.

La conciencia, pues, que digo yo que tendrá que ver algo como lo que hoy entendemos por memoria, y naturalmente por ética, la distinción entre lo que está mal y lo que está bien. Escribo un miércoles como hoy y les confieso que estoy a punto de creer en la otra vida, lejos de menesteres y de otros trabajos que no nos gusta hacer a nadie.

Sucede que cuando escribo, cuando tengo tiempo para escribir, creo en el cielo, tal como el doctor Alexander lo describe. Sucede que, aquí, en esta vida, escribir para mí es el cielo. Ya sé que eso no le gusta mucho al ejército enemigo. Haber estudiado más.

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