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Panamá, viernes 15 de agosto de 2008
 

ENTREVISTA. INTIMIDADES DEL CAMPEóN MUNDIAL.

Los saltos del primer canguro del trópico

Sentado en el porche de su casa de Colón, un día antes de partir para Brasil, en el embalaje final de su entrenamiento camino de las olimpiadas de Beijing, el campeón mundial de salto de longitud, Irving Saladino, le contó a ‘La Prensa’ sobre la cotidianidad de sus días en Sao Paulo y sus vivencias cuando no está en la pista.

LA PRENSA/Luciano Ciampoli
HOGAR. Irving Saladino en la puerta de su casa en Colón en su última visita a Panamá, antes de Beijing.1074371
Lucero Maldonado
lmaldonado@prensa.com

El salto más grande que ha dado Irving Saladino es haberse formado como atleta en Colón. Una ciudad donde matan a un entrenador en un estadio frente a sus pupilos, en la que las pandillas se silencian a bala y donde algunos menores dejan en la calle a los turistas que vienen de compras a su zona libre. Pero esa es la misma ciudad que adora a Saladino por mostrar el lado bueno de muchos. Es su orgullo. Ahí creció y ahí aprendió a hacer lo que hasta ahora mejor sabe hacer en la vida.

Y, ¿cómo es Saladino cuando se quita los zapatos de salto largo? Cada noche cuando el campeón mundial llega a su apartamento en Sao Paulo, en Brasil, donde vive solo, luego de un día de entrenamiento se sienta a cenar -arroz, carne y vegetales que el mismo prepara-. La comida panameña y su familia son las cosas que más extraña el atleta desde que se fue a vivir hace cuatro años a Brasil.

Pero nada de eso compensa los patacones, su mayor antojo, “¡ y viera lo que he buscado el plátano en Sao Paulo, pero no lo encuentro! Cada vez que vengo le digo a mi mamá que me tenga listo los patacones o los plátanos porque yo mismo los hago” , señala.

Después de cenar, se sienta por horas frente al computador para chatear con su novia, sus amigos panameños y ver fotos en facebook. “Ya no subo mis fotos, solamente mis contactos porque en un facebook anterior donde tenía hasta a 3 mil panameños, tuve que borrarlos porque me robaban las fotos, hacían montajes y me enviaban mensajes que...”, se queda segundos en silencio y agrega: “ahora solo tengo amigos cercanos y conocidos, como unos 130 contactos”.

Algunos días, logra ver una de las películas que colecciona como hobby y se duerme a las 11:00 de la noche, pero otras veces el cansancio lo vence a las 9:00.

Aunque habla portugués, sus dos únicos amigos en Brasil son Márcio Simão, un atleta brasileño que corre vallas, y Louis Tristán, un peruano que entrena salto con él; “los otros son compañeros de entrenamiento nada más, porque siempre hay algo de rivalidad”.

El gran día

Irving Saladino tiene muy claro que el día en que va a saltar Panamá se paraliza para verlo. “Ya me han contado y tengo videos del bar&grill del Fiesta Casino, de cuando he estado saltando, porque hay cámaras ahí directo para el público, y me los han pasado. ¡Chuzo!, me doy cuenta de que cuando salto la gente se para y es como si estuvieran metidos en el estadio. Y cuando llego a Panamá hasta me han dicho: ¡ey, por tu culpa me iban a botar del trabajo, llegué tarde por estar viéndote saltar!”, relata.

Confiesa que ya en la pista, minutos antes de la competencia, justo para comenzar la carrera de embalaje para el primer salto siempre se pone nervioso y que es normal en él. “Ya en los cinco últimos saltos me concentro más y antes de correr pienso en lo que mi entrenador me ha enseñado y en ponerlo en práctica para saltar mejor. Básicamente estoy enfocado en saltar lejos”, comenta .

La gente grita desde la tribuna, y escucha algunas cosas, pero no les presta atención . Cuando está en la competencia solo a veces mira los resultados de los otros competidores en la pantalla. Aunque a veces prefiere no mirar. “En las competencias de Hengelo, Holanda, yo no sabía que el sudafricano había sacado 8.35 m, estaba perdido, porque a veces me siento, me tapo, me acuesto para descansar, y no presto atención. En esa ocasión hice 8.73, y no esperaba esa marca porque venía de una lesión, no sabía que ya estaba en ese nivel”.

El día de competencia, si la prueba es en la mañana desayuna solo frutas: manzanas, peras, naranjas y siempre un liquido que también puede ser jugo de naranja. Si es en la tarde come un poco más, pero nada de masas.

La comida es una de las razones por las que su entrenador prefirió que se mantuviera en Macao y llegara a Beijing días después de la inauguración de los Juegos. “Macao está bien apartado de Beijing y es más montaña, allá estaré esperando y entrenando, porque las villas olímpicas desconcentran, hay mucha comida, bufet, pizza, McDonald s y Kentucky, y como atletas debemos comer sano. Cuando veo un Mc Donald’ s digo ¡chuzo cuánto tiempo sin comer eso! y quiero ir, imagínate allá McDonald’s gratis, ¿quién no va a querer? A veces se me escapa y como. Por eso mi entrenador prefiere que esté en Macao, llegaré a la Villa Olímpica el 11 de agosto para competir el 16 en la semifinal, y en la final, el 18 de agosto”.

Saladino nunca había estado en China, pero admite que hace años debió haber ido a Shangai. El detalle es que siempre que llega la fecha de esa competencia, ya esta cansado o se ha lesionado. “Me han dicho que el clima es bastante pesado, que uno tiende a sangrar por la nariz, entonces voy preparado, sé que voy a pasarla mal los primeros días, pero ya después es solo hacer lo que sé hacer: saltar, seguir las dietas y tener una buena concentración”, añade.

La soledad del mundialista

La nostalgia no solo la viven los futbolistas; cuando nuestro atleta está compitiendo en Europa, en las carreras de la Golden League o el Grand Prix, se siente solo, al ser el único panameño en esas lejanías. Aunque habla español, portugués e inglés, y ahora aprende holandés —su base para las competencias europeas es Nijmegen, en Holanda—, le hace falta el lenguaje cálido del trópico.

Cuando va a los restaurantes dentro de los complejos deportivos, se sienta con los atletas de Jamaica, “pero el inglés de ellos es bastante difícil, y si les digo que hablen despacio se ríen... y como (Bayano) Kamani ya no va mucho a Europa, casi nunca me lo encuentro, de todos modos, cuando va, está más con los norteamericanos que conmigo; pero yo ya me sé defender. Donde sí me tuve que poner bravo fue una vez en Frankfurt”.

“Había llegado a Frankfurt, Alemania, en un vuelo procedente de Brasil, vi que todo el mundo entraba, hasta pasaron tres panameños que conocí en el avión porque me dijeron ¿tú eres Saladino?; y llegue yo, el chombito, a presentar el pasaporte y me paran. Les dije ¿por qué?”.

Recuerda que llamaron a otros guardias de seguridad, y aunque les dijo que era deportista lo retuvieron hasta que llegó el jefe. “Le expliqué que era atleta, le dije que era campeón mundial, él me miró y me preguntó que si conocía al alemán Nils Winter, le dije sí, es un saltador y he competido con él, entonces buscaron en el computador un site que les dije, iaaf.org y les mostré que casualmente un mes antes yo había quedado campeón mundial. Entonces me puso el sello y pasé. Pero me enojé porque me habían dicho que uno en los aeropuertos tenía derechos”.

Saladino se define como un hombre tranquilo y explica que si se pone rabioso se desconcentra. Aun así, otro enojo tuvo que superar en Hengelo, donde hizo su marca personal de 8.73 m. “Mientras daba entrevistas en el hotel, un periodista de esos que toman fotos y piden autógrafos estaba jalándome la cadena, porque siempre salto con ella y es lo que más se me ve; y me decía ‘dame la cadena, dámela ‘, le dije que no, y me la jaló. Yo alcé la mano y le pegué en la cara sin intención y se ha formado un trepa que sube, él gritaba, llamaron al organizador de la competencia, pero los periodistas me defendieron y a él lo echaron del hotel. Al otro día salí en el periódico holandés, pero nada más entendía Irving Saladino y broscht, que quiere decir “gaznatón”.

Un día en Sao Paulo

Para el campeón mundial de salto largo, su día a día en Sao Paulo, donde vive desde hace tres años, “es aburrido”. Se levanta a las 7:00 de la mañana, y aunque vive a 10 minutos caminando de su lugar de entrenamiento prefiere ir en su carro Peugeot, porque a veces los paparazzi están esperando afuera para tomarle fotos, que después salen en los periódicos y él mismo ni se ha dado cuenta, dijo .

En el estadio entrena desde las 8:00 hasta las 11:30 a.m. y después recibe hora y media de fisioterapia. A la 1:00 de la tarde se va a su casa, almuerza, duerme siesta, y a las 5:00 vuelve a la pista para hacer ejercicios educativos durante una hora; de allí, al apartamento de nuevo. “Soy un hombre de casa, no me gusta salir mucho, aunque sí he ido a discotecas, me he divertido, pero nada como Panamá, esas cosas de samba no van conmigo”, recalca .

Aunque está joven y en pleno auge deportivo, Saladino es consciente de que quiere terminar su carrera universitaria de ingeniería eléctrica en la Universidad Tecnológica, en Colón. “Me falta un año, tuve que parar por irme a Brasil pero se me ha presentado la oportunidad de terminarla por internet, de repente lo hago este año para obtener mi diploma, también he pensado ser entrenador a nivel nacional” .

Aun sin diploma ha recibido ofertas de trabajo: una persona de Odebrecht, empresa que está haciendo la autopista Panamá-Colón, le dijo que cuando terminara, si quería trabajara con ellos en la parte eléctrica de la autopista. “También me comentó sobre trabajar medio tiempo en Brasil porque la empresa es brasileña”, pero prefiere dedicarse primero a su deporte y luego a la ingeniería .

Del dinero que gana, ahorra, porque sabe que el deporte no va a durar toda la vida, y no ha comprado aún una propiedad en Panamá porque se la pasa más de 10 meses del año en Brasil; cuando llegue el momento, dice que lo hará .

El Colón del canguro

Los colonenses tienen muchas especialidades para atender a Irving Saladino, los pocos días que descansa en su ciudad; cuenta que a donde va lo tratan muy bien: “si voy a un restaurante, inmediatamente sale el gerente y dice ¡no hombre, no!, esto es a cuenta de la casa”.

Es por eso que sus amigos le dicen que salgan a cenar afuera. Saladino cuenta que les dice que no quiere abusar, pero ellos insisten en que van a pagar la cuenta de la comida. “Yo ya sé su mentalidad. Una vez me pasó que el gerente no estaba y mi amigo había dicho que iba a pagar, pero mentira, no tenía nada encima y la tarjeta se la habían bloqueado; después de que comimos y comimos, le dije: ‘estoy limpio’ y él me dijo ‘déjate de eso’. Yo sí tenía (dinero) y pagué, pero él más nunca volvió a hacerlo”, recuerda riéndose.

La sonrisa se desdibuja cuando se le pregunta cómo ve el futuro de su ciudad. “En Colón, nos falta mejorar la vida, y la parte de la juventud que está perdida, perdida, hay mucha violencia. La verdad, hasta estresa, porque hay tantos niños con futuro pero ven matanzas y las van copiando. Los que vienen creciendo vienen mucho peor” .

Y así mismo piensa que la violencia ya se extendió al resto del país, hasta Chiriquí , dice y tras una pausa retoma: “no sé qué se va a hacer para mejorar, a veces pienso que lo mejor es el militarismo, que se los lleven a todos, que los entrenen y los lleven a la frontera ¿quieren tirar bala? váyanse para allá”. Luego agrega que junto a Milton Alvear y Florencio Aguilar tienen una escuela de atletismo en Colón que está crecida y avanzada, pero aclara: “yo no la manejo, sino que aporto lo que puedo”.

La meta de la escuela es que haya muchos atletas que representen a Panamá en las Olimpiadas, no uno, ni dos ni tres, sino una masificación de atletas, recalca sin dudarlo. “Ahora que vuelva de las Olimpiadas espero tener tiempo para llevar mi experiencia a los niños del interior, a ver si se incentivan y se forman futuros atletas campeones. Me gustaría hacer un tour, y poderles enseñar lo que yo sé hacer” .

Esta es su historia

No pensé que iba a ser famoso como deportista, incluso me había retirado. Al comienzo yo jugaba béisbol, pero mi hermano me invitó a ver el atletismo. Me invitó y me quedé corriendo distancias largas de mil 500 metros, y me retiré cuando tenía 13 años porque nos mudamos a las afueras de Colón y ya no podía ir caminando hasta la pista.

Volví porque tenía un profesor, Pedro Echeverría, en mi colegio IPTC, que prácticamente me obligó, me dijo: Tú vas a representar al colegio en atletismo en las intercolegiales , pero yo estaba en el equipo de fútbol.

Mi entrenador de aquí de Colón, Florencio Aguilar, sabía que tenía potencial en el salto y me comenzó a entrenar, iba a veces, a veces no, era un hobby, pero en 2004 me comencé a dar cuenta de las cosas y vi que podía. Mi primera competencia internacional fue en El Salvador, en el 2000, y gané la de oro. Mi primer viaje y mi primera medalla de oro, en salto triple.

En 2002 viajé a Guatemala como saltador de largo y gané mi medalla de oro, y en triple también gané mi medalla de oro. Ese año fue bueno porque fui al mundial de Jamaica, no me fue muy bien, pero gané experiencia. De allí fueron subiendo las cosas, fui en 2004 a las Olimpiadas (de Atenas) y no me fue bien por una lesión. En 2005 comenzó el boom y en 2006 exploté (plata en el Mundial de Moscú).

De los premios que he ganado, el que más satisfacción me ha dado es el campeonato mundial (2007) por la forma en que lo gané; fue una experiencia bastante traumática: después de dominar toda la prueba, el italiano me pasó, y en el último salto lo pasé nuevamente.

Han pasado bastantes cosas en mí, me pongo a pensar que fue difícil y también fácil, mi familia me ha apoyado y se lo agradezco.

Su primera patrocinadora

Cristina de Saladino, madre de Irving, habló sobre su hijo.

¿Cómo fue el parto ?

Fue normal, en el hospital de Colón, un 23 de enero; nació enfermizo, tenía un problema con el estómago y todo lo que recibía lo devolvía, pensábamos que no iba a vivir porque tenía cuatro meses y era delgadito, delgadito. Fuimos a varios doctores y decían que no le encontraban nada. Hasta que un día decidimos llevarlo donde una señora, esas de yerbas, y ella nos dio un remedio, se lo dimos y el padre lo bautizó. Notamos una leve mejoría y poco a poco comenzó a tomarse la mamadera hasta que gracias a Dios creció.

¿Y su comienzo como atleta?

Puro sacrificio, para sus viajes y sus vestidos pedíamos préstamos a personas, porque él no tenía patrocinador, el Gobierno nunca lo apoyó hasta que se hizo famoso. En 2006 fue que comenzaron a apoyarlo.

¿Qué le dio de comer para que salte tan alto?

Siempre le ha encantado el patacón; además, a ninguno de mis hijos les di café al desayuno, sino té de canela con leche.

¿Qué hace cuando Irving compite?

El día antes estoy completamente nerviosa, pero el día que participa no veo la competencia; mi esposo, mi hijo y mi vecino la ven, mientras yo estoy en el cuarto orando. Cuando oigo los gritos salgo y mi esposo me abraza y celebro con él, después veo la repetición. Cada vez que compite, nos llama. Nosotros esperamos a que terminen de entrevistarlo, que le hagan el control antidoping, y suena el teléfono y dice ¡ajo, ¿vieron la competencia?! Le digo, tú sabes que yo no, y entonces me dice: ‘Yo sé, mamá, pero gané, gané...’.

Cuando él viaja a Brasil, ¿lleva algo en especial?

Enyucado, que le prepara mi hermana, lo lleva bien envuelto en papel plateado.

¿Qué les regala?

Irving a nosotros nos ha cambiado la vida, aquí los salarios no son jugosos y no podíamos vivir bien, gracias a él estamos bastante cómodos ahora.

Cuando usted sale por Colón, ¿la gente la reconoce?

¡Madre!, me dicen ¿usted es la mamá de Irving?, felicidades; otros me abrazan, me besan, me dicen que es una bendición del Señor tener un hijo así. Y sí, él es una bendición.

© 2008. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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