CARTAS DESDE EUROPA.
Sin modelo económico
Camilo José Cela Conde
El siglo XX supuso la quiebra del sistema marxista–leninista de economía dirigida con mano férrea. La caída del muro de Berlín anticipó en un par de años la quiebra final del imperio soviético y, a partir de ahí, los países en verdad comunistas, dentro de lo que llegó a ser esa fórmula que otros llamaron de capitalismo de Estado, se reducen –si dejamos de lado el caso chino, de difícil clasificación– a un puñado con muy escasa importancia en el mundo globalizado.
En 1991, los ideólogos del pensamiento neoliberal proclamaron la victoria definitiva. No se trataba ya de discutir acerca de las bondades del mercado libre frente al dirigido porque éste había desaparecido, sin más. Nadie, que yo recuerde, se planteó entonces que habría de suceder al enfrentamiento capitalismo/comunismo porque, de manera automática, el primero ganaba la condición de pensamiento único gracias al abandono de su adversario.
Pero nada más comenzado el siglo XXI nos encontramos con que aparece una segunda quiebra: la del capitalismo, tal y como se entendía hasta este mes de septiembre de 2008. Las medidas propuestas por Bush al Capitolio para salvar la economía de mercado libre suponen en la práctica liquidar tal libertad. Lo que ha hecho el Presidente de Estados Unidos es intervenir en la economía de manera acorde, en lo esencial, a cómo lo haría un líder dedicado a tutelarla. Poniendo en manos estatales el rescate de Wall Street no solo reaparecen las empresas públicas sino que el meollo mismo del mercado más capitalista de todos, el del dinero, se ve sometido a un nada despreciable control.
Parecería que los modos son, al menos, diferentes. El comunismo se identificaba con una dictadura –no la del proletariado, remitida ad calendas graecas, pero sí la del partido único– mientras que Bush ha de lograr el apoyo del Congreso. ¿De verdad? Las medidas que se ha sacado de la manga ese “pato cojo”, un Presidente a punto de dejar de serlo, no han sido siquiera criticadas por la pretendida oposición. Ni Obama, el candidato demócrata, se ha atrevido a hacer otra cosa que cerrar filas. Si eso no es una mayoría a la búlgara, que venga Dios y lo vea.
Pero si el comunismo ha muerto y el capitalismo, también, ahora ¿qué? ¿En qué premisas descansará la economía? ¿Con qué medidas de control político se vigilará? ¿Por qué medios podrá ejercerse la voluntad ciudadana? De momento, lo que parece sustituir al capitalismo puro y duro es un apoyo gigantesco del Estado a las empresas en peligro. Aviados estamos. De la futura propiedad popular de los bienes de producción hemos pasado al pago al sector más duro de tales bienes, pero dejando la propiedad en manos particulares y sin que, por el momento, se persiga siquiera a los malos gestores. Si Marx vuelve a morirse, de un ataque de risa ahora, poco habrá de extrañar a nadie.
El autor es escritor
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