16/02/2013 - La modernidad plantea a los Estados el desafío de adecuar su operatividad institucional para alcanzar estándares de eficiencia, productividad y rentabilidad, lo que impone cambios estructurales de orden diverso. Nadie, en consecuencia, puede oponerse a ello por el prurito de hacerlo.
Pero algo distinto es que detrás de un propósito así se esconda la intención de recompensar a alguien –con nombre propio– asegurándole, además, puesto y salario con rango ministerial por los casi 10 años siguientes. Y ese alguien –con descripción propia– es el que ha servido de comisario fiscal para perseguir y acosar a quienes cuestionan al Gobierno, y que ahora verá recompensados sus oficios.
Que Ingresos, como otras dependencias públicas, precise de aires de renovación, es bien distinto a que el fin haga de medio para envolver tremendo regalo a funcionario tan seriamente cuestionado.
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