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Opinión

REFLEXIÓN

De estatuas y ayuda a los pobres: Fernando Fontane

02/09/2013 - Seis días antes de celebrar la última fiesta judía de la Pascua en su vida mortal, Jesús fue invitado a casa de una familia de amigos en una aldea cercana a Jerusalén llamada Betania. Era una cena de agradecimiento, pues a Lázaro, el hermano que llevaba ya cuatro días de muerto, Jesús le había devuelto la vida. La hermana mayor, Marta, servía la mesa, y se encontraban también presentes los discípulos de Jesús. En eso, la hermana menor, María, hizo un gesto extraño, una locura para algunos de los presentes: tomó una libra de perfume de nardo (muy costoso, según el comentario que agrega el evangelista san Juan), empezó a lavar los pies de Jesús y luego a secarlos con sus cabellos. Enseguida, el rumor en la sala evidenciaba la protesta de uno de los presentes: Judas el Iscariote acusaba a la joven de realizar un verdadero desperdicio. El traidor había puesto al perfume el precio de 300 denarios. Por un pasaje de otro evangelio sabemos que un denario equivalía al salario de un día, “perdido” en aquel gesto innecesario según Judas, era casi un año de salario. Todo eso se los hubiese podido dar a los pobres, dijo. A lo que el evangelista san Juan vuelve a comentar: “no es que le interesaran los pobres, pero como era ladrón, robaba todo lo que caía en la bolsa”.

Desde que el arzobispo, monseñor Ulloa, anunció la construcción de una gran estatua de Santa María la Antigua, que en su base albergará un museo con la historia de cinco siglos de presencia cristiana-católica en Panamá, muchos han sido los que, a través de las redes sociales o de los medios, cuestionan la obra. Algunos con argumentos serios y dignos de debatir, otros, haciendo gala de prejuicios religiosos o anticristianos e intolerancia. Creo conveniente presentar algunas consideraciones, pensando en el pasaje evangélico citado.

A estas alturas de la vida, quien dude de la ayuda que la Iglesia católica da a los pobres, o actúa por ignorancia (entonces tendríamos que disculparlo) o lo hace con mala intención y corresponde desenmascararlo. Cientos de obras, entre las que se cuentan comedores, asilos, hogares para enfermos de VIH-sida, colegios, albergues para niños, jóvenes y adolescentes en riesgo social, y obras de voluntariado, entre muchas otras que me ofrezco visitar con quien desee, son regentadas por obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y por un sinnúmero de fieles comprometidos.

Queda al descubierto la intención prejuiciosa de quien exige a la Iglesia invertir ese dinero en los pobres, pero se calla, culpablemente, ante campañas políticas millonarias, un consumismo exagerado, una vida de ostentaciones y apariencia, conciertos con boletos de cientos de dólares y borracheras continuas. Ciertamente, la Virgen no necesita que le hagamos una estatua gigante, pero nosotros sí la necesitamos. Requerimos levantar la mirada y ver los signos de la presencia de una fe que ha modelado nuestra nacionalidad, influido en nuestra cultura, y en gran medida, nos ha hecho lo que somos. Necesitamos poner un alto, ahora, a los que quieren encerrar nuestra fe en la sacristía para mañana intentar prohibirnos otras expresiones religiosas. No nos engañemos, el problema no es que le demos ese dinero a los pobres, ni siquiera que construyamos una estatua, el problema es que esa estatua haga referencia a Dios.

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia S.A.

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