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Opinión

SALUD

La inocencia del alcohol bencílico: Xavier Sáez-Llorens

01/09/2013 - Aparte de los familiares de las víctimas, a nadie le duele más la muerte de un paciente que al personal de salud. Todo deceso es un fracaso de la profesión aunque la causa sea irremediable o fortuita. Por más pesar que se exprese en los medios de comunicación, las calamidades son usualmente explotadas para saciar egos, generar protagonismos, fingir compasiones, practicar revanchismos o politiquear oportunismos. En el caso de los neonatos fallecidos, una resma de periodistas, abogados y políticos ha escupido una miríada de sandeces que, lejos de ayudar, contribuye a distorsionar la realidad. Como lo sucedido es de mi incumbencia profesional, me dediqué a realizar indagaciones exhaustivas para intentar esclarecer la génesis de la catástrofe. Contacté a autoridades de la FDA para conocer más a fondo sobre la toxicidad del alcohol bencílico. Resumo lo relevante.

A finales de la década de 1970 e inicios de la de 1980, varios episodios mortales en unidades neonatales estadounidenses se vincularon a la intoxicación por alcohol bencílico. Este alcohol se usa en farmacología porque posee propiedades útiles como excipiente, diluyente y agente esterilizante de varios medicamentos para administración endovenosa. El síndrome tóxico ocurrió por una sobredosis debido a errores en el cálculo de la cantidad de heparina agregada a las soluciones de nutrición y a la acumulación producida por las irrigaciones (flushing) con heparina o salina para mantener la permeabilidad de las canalizaciones vasculares. Las fatalidades se presentaron cuando las concentraciones sanguíneas del alcohol bencílico alcanzaron los 80-100 mg/kg/día. En esos años, además, el volumen de fluido parenteral utilizado en prematuros era más elevado del necesitado actualmente porque ahora se dispone de incubadoras con ambiente humidificado que reducen dicho requerimiento.

Por esos desafortunados incidentes, la FDA recomendó cautela (no prohibición) al utilizar drogas que contuvieran este alcohol en la población neonatal. No obstante, la clindamicina, un antibiótico muy útil para determinadas infecciones en neonatos, contiene 9.45 mg/ml de alcohol bencílico en su formulación. A la dosis indicada de clindamicina, el nivel de alcohol que se alcanza en el organismo es 100 veces menor al que ocasiona toxicidad. Como vemos, el problema del alcohol bencílico no es su uso sino su abuso. Al leer el reporte técnico de la FDA sobre esas muertes y contrastarlo con lo publicado paralelamente por los periódicos de Estados Unidos, las imprecisiones y tergiversaciones de lo ocurrido son notorias. Si esa disparidad se suscita en los medios norteamericanos, más avanzados en técnicas editoriales y métodos investigativos, resulta fácil imaginar lo que acontecería aquí con la pobre calidad de nuestros reporteros en temas especializados.

Por la secuencia clínica de la tragedia, es lógico suponer que lo acaecido en el CHM se debió a una sobredosis de la heparina alcoholizada. Esta heparina ha sido empleada por muchos años en las salas públicas y privadas de neonatología del país sin evidencia de toxicidad alguna. La crisis, además, ocurrió en un brevísimo lapso de tiempo. La posibilidad de que un lote defectuoso del producto (error de fabricación) tuviera excesivas concentraciones del alcohol ya fue descartada en el análisis de contenido. La única posibilidad que queda, entonces, es un error humano en la estimación de la dosis administrada. A mi juicio, la gama de alteraciones patológica presentada por los infantes no solo ha sido ocasionada por el efecto del alcohol sino también por la acción hemorrágica aditiva de la propia heparina. Toca al Ministerio Público identificar dónde estuvo el error para deslindar las responsabilidades correspondientes. Por tratarse de un asunto jurídico, ni la CSS ni el Minsa deben interferir con la investigación, mucho menos dirimirla en los medios.

Toda crisis ofrece la oportunidad para prevenir errores futuros. Las instituciones deben asegurar la adquisición de medicamentos parenterales en viales de dosis única y que sean exclusivamente preparados por farmacólogos clínicos, mediante un sistema automatizado que verifique las dosis requeridas por cada paciente. Todos los fármacos, además de tener registro sanitario, deben ser analizados para confirmar presencia del principio activo e identidad de sus excipientes, tanto al introducirlos por primera vez al mercado local como durante evaluaciones aleatorias subsecuentes. Debe haber una monitorización diaria, en tiempo real, por parte de Farmacia y Drogas, de las advertencias emanadas de la FDA, EMA y OMS sobre los productos aprobados para uso en seres humanos.

No se deben equiparar los desastres sanitarios. El dietilene glycol no es un químico para uso en humanos; el alcohol bencílico, sí. El alcohol bencílico es inocuo si se utiliza apropiadamente. Cualquier medicamento prescrito de forma incorrecta resulta tóxico. Hasta el paracetamol, un popular remedio contra la fiebre, puede causar daño hepático y muerte en dosis desmedidas. La comunidad médica no debe tolerar que un asunto tan trascendental sea politizado por gente sin ninguna preparación académica, tal y como en efecto está ocurriendo en medios y redes sociales. El sufrimiento de los afectados no debe ser manipulado con intenciones aviesas. Es deprimente observar como gente otrora sensata ha caído en la mediocridad debido a sus confrontaciones personales con el mandatario. El apuro en la investigación puede ocasionar más daño del ya producido. Dejen a la justicia determinar las culpabilidades. Es la actitud más civilizada. @xsaezll

 

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