LIDERAZGOS
Frente a la discusión respecto de la autenticidad o no de las ideas en Latinoamérica se generaron interesantes posiciones. Los que postulaban la esterilidad del pensamiento latinoamericano, al punto de señalar que: “Latinoamérica no había pensado”, y quienes postulaban la existencia de una idea en América Latina.
Frente a esta última posición, y con la defensa a ultranza de ella, dijo el finado Dr. Ricaurte Soler que algunos construyeron genios inéditos tratando de resolver el problema con sutiles distinciones: “No hay una filosofía de América, pero sí en América”.
En todo caso la aparición de genios inéditos pareciera una constante en Latinoamérica. La construcción apurada de figuras con objetivos politiqueros lleva a deformar toda lucha y a ubicar en grado de histrionismo a quienes pretenden situarse en niveles relevantes.
Hay quienes con sutiles distinciones han tratado de ubicar a Silvia Carrera a la altura de Rigoberta Menchú y de Evo Morales. Los panameños pareciéramos estar urgidos de una excelsa representación indígena a nivel continental. Estamos buscando con desesperación un simbolismo que nos ubique en el contexto del indigenismo de avanzada, y para ello, hemos querido encontrar el momento con Silvia Carrera.
Rigoberta Menchú, guatemalteca, perteneciente a la etnia maya-quiché, es poseedora de una trayectoria en la lucha reivindicativa indígena. Fue esto lo que la condujo a la obtención del Premio Nobel de la Paz en 1992.
Evo Morales, líder del movimiento cocalero boliviano y luchador incansable en favor del indígena, se convirtió en el primero de ellos que llegó a la presidencia de Bolivia. Estamos, en presencia de dos íconos de la lucha de la población indígena americana. No cabe ninguna duda respecto a la autenticidad de su accionar, como tampoco de la filosofía y fines de la causa indigenista.
Silvia Carrera, con un inusitado impulso de sectores izquierdizantes ideológicamente atrofiados, y de fútiles partidos políticos opositores al oficialismo, ha sido tomada como un factor, para ellos eficiente, no solamente del movimiento popular, sino del indígena. Con ello han limitado el desarrollo de la “líder” indígena y contaminado, igualmente, su figura.
Ausentes de representaciones verdaderamente comprometidas (izquierda-oposición), no han podido construir una imagen representativa que pueda ser inspiración y elemento aglutinador de los sectores populares. Silvia Carrera, si bien de manera coyuntural aparece como rostro visible en la lucha de la etnia ngäbe buglé, no representa, por ello, a todos los indígenas nacionales, como tampoco tiene a su haber una trayectoria probada en materia de lucha social.
Es así que, sin un desarrollo natural y genuino, el movimiento indígena, o mejor expresado, el de la etnia ngäbe buglé, pierde legitimidad y se convierte en un apéndice de los intereses de la fraccionada izquierda panameña y de los perniciosos partidos políticos de oposición.
Sin clara ideología y con una metodología sustentada en el caos y la violencia, Silvia Carrera y su sector indígena, apuestan al éxito. Y, algo más, a la imposición de una visión de país que no es producto de su propia creación. Cuidado, entonces, con la aparición de genios inéditos y con las sutiles distinciones.
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