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Opinión

EL MALCONTENTO

El turismo a(o)ccidental: Paco Gómez Nadal

Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

02/07/2013 - El turismo internacional es un bien de lujo. Requiere de uno de los valores ajenos a las clases obreras –el tiempo– y de un instrumento de escasez controlada para los que no forman parte de las clases medias y altas –el dinero–. No hay ya mucho misterio en ese turismo. En la era de internet, de la televisión y de los blogs viajeros, se visitan países que ya se “conocen” –aparentemente– y se coleccionan fotos y videos para poder acumular una hoja de vida de pasiones embotelladas y congeladas en el instante.

Pocos turistas quieren realmente conocer un país ajeno. Lo que buscan son experiencias y cuentos, aventuras o lujo del que está desprovista la vida cotidiana. La nueva clase media china ahorra durante tres o cuatro años para peregrinar a occidente o a los países asiáticos de influencia capitalista. La clase alta latinoamericana gusta de visitar Europa en la búsqueda de lo que no es y la clase media de la región suele tirar más a la simulación gringa o a la impostación europea del sur en busca del mejor sucedáneo.

En Estados Unidos y Europa, donde hay más clase media –la clase trinchera que evita que este loco sistema estalle en mil pedazos–, el turismo es algo fácil y relativamente económico. Líneas aéreas de bajo coste, paquetes vacacionales que resultan más ventajosos que quedarse en casa, “aventuras” limitadas con guía y seguridad... Unos días de eventualidades controladas para no asustar al turista accidental de clase media que tan bien retrató Anne Tayler. Viajes que no hacen entender unos países cuyos Gobiernos trabajan duro para ocultar la verdad a los turistas que lo visitan.

El turismo internacional convencional siempre es obsceno, y los que lo hemos practicado somos cómplices del falso vitrineo de las realidades ajenas. Un país, cualquiera, se convierte en un reality show para mostrar posteriormente a los que no pueden viajar y se quedan con los dientes largos. Normalmente, un turista que visita Panamá no volverá a su casa contando la lucha de los pueblos ngäbe y buglé por defender su territorio, o explicando la importancia de que mil 500 personas participaran en la marcha del orgullo gay en las calles de un país homófobo –ya desde su Asamblea Nacional–, o preguntándose sobre la dramática historia de servidumbre, despojo y discriminación que oculta el flamante Canal en sus videos promocionales.

Tampoco podrán contra esto los 227 participantes en la Ruta Quetzal, que ha regresado a Panamá para una de estas “aventuras controladas” a las que me refiero y recorrido un Darién olvidado por las autoridades, asediado por el crimen organizado y devastado por los empresarios extractivos, pero que queda genial en las fotos de la ruta que atesorarán estos chicos y chicas que no tienen la culpa de participar en el perverso reality que los saca por unos días de su acomodada vida. El barro que para ellos es aventura, es drama cotidiano para indígenas y campesinos; la comida, seguridad que han tenido garantizada, es un lujo para la mayoría de los habitantes de Darién; la película del avistamiento del Mar del Sur que conmemora su ruta es memoria lacerante para los pueblos a los que Núñez de Balboa y otros de su estirpe “descubrieron” al mismo tiempo que masacraron.

Hace unos años, un amigo de El Chorrillo me preguntaba qué me parecía su idea de organizar gueto tours para turistas extranjeros ávidos de emociones. Le dije que era horrible, pero que seguro que, si era capaz de organizarlo, sería un éxito, como lo es en Brasil la visita turística a las favelas: en un mundo esterilizado, el olor a la miseria y al miedo es excitante.

El turista occidental, cuando decide salir de las fronteras del poder, viaja por los territorios que fueron suyos, busca las huellas de las civilizaciones que sus antepasados machacaron y, en la mayoría de los casos, adopta actitudes que son poco decentes: o es condescendiente, o prepotente o indiferente. Los hay solidarios, tranquilos, capaces de ver y de escuchar. Los hay que viajan para conocer de verdad e, incluso, los hay que no olvidan cuando se cierra la puerta del avión que los devuelve a casa. Pero son los menos.

La realidad, como ha descrito con precisión Zygmunt Bauman, es que hay una minoría que se considera ciudadana del mundo y ejerce su “globalidad” mientras condena a una mayoría a ser “local”. Esto no sería grave si la minoría global no fuera la que impone el modelo de vida a la mayoría local. De hecho, el sociólogo nos explica cómo en este siglo XXI uno de los elementos clave para estratificar nuestras sociedades es “el acceso a la movilidad global”, el hecho de viajar por todo el mundo haciendo del mundo la finca particular. También nos recuerda que “los de arriba” tienen la satisfacción de andar por la vida a voluntad, de elegir sus destinos de acuerdo con los placeres que ofrecen. En cambio, a “los de abajo” les sucede que los echan una y otra vez del lugar que quisieran ocupar”.

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia S.A.

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