EL MALCONTENTO
Vivimos un momento donde manda lo racional y, por lo tanto, lo instrumental. Pero conviene señalar aquí la distinción filosófica entre lo racional y lo razonable. Lo primero, atado a la consecución de unos fines, lo segundo, relacionado con la búsqueda de la mejor opción para el ser humano.
Un ejemplo sencillo para entender la diferencia entre lo racional y lo razonable es la guerra. Lo racional a la hora de emprender una guerra es dotarse de la mejor tecnología, diseñar una buena estrategia y minimizar las pérdidas de vida en el bando propio. Lo razonable sería no empezar nunca una guerra.
El profesor chileno Juan Ruz, en su explicación de las “series categoriales mayores”, explica la relación entre la forma de pensar y los actos que se derivan de ésta. Hay una primera serie que tiene que ver con calcular (planificar), con lo racional (orientado a la consecución de fines) y con la técnica (para controlar la realidad). Esta serie está en directa relación con una actitud de “trabajo y progreso técnico” y es la lógica de pensamiento del instrumentalismo. Hay que conseguir los objetivos sea como sea y para ello debemos ser eficaces y “científicos”. De esta serie se desprende esta moda de los tecnócratas, del uso racional de los recursos y de los datos para dar ese barniz pseudocientífico a las decisiones políticas o, incluso, empresariales.
La segunda serie apunta a la reflexión (búsqueda del sentido y del significado), a lo razonable (orientado a valores) y a lo práctico (para ampliar la comprensión). Está poco de moda esta forma de pensar y de actuar que nos lleva a construir “lenguaje y democracia”. Se preguntan varios expertos latinoamericanos en el interesante compendio Hacia Pedagogía de la Convivencia: “¿Cómo armonizar y equilibrar los componentes de orden técnico y los componentes de orden práctico en la sociedad y en la educación? ¿Cómo resolver la coexistencia entre lo instrumental y lo valórico en la educación y la sociedad?”.
La respuesta no es fácil pero, probablemente, en ella nos jugamos buena parte del diseño futuro de nuestras sociedades. Es evidente que la (o las) respuesta (s) no puede surgir solamente del sistema educativo. El modelo impulsado desde el Gobierno, los mensajes que emiten los medios de comunicación y el “modelo de éxito” que esté de moda en la sociedad influyen mucho.
Vivimos, y así comenzaba este artículo, tiempos donde lo instrumental prima. A los jóvenes los animamos a estudiar aquello que luego le sirva para conseguir un trabajo bien remunerado, con prestigio social. Algunos de los lemas publicitarios de las universidades privadas en Panamá lo dejan claro: “La vida es una gran carrera. La universidad con una meta: ganar”, “Descubre las carreras que te llevan al éxito”, “Sé líder de la próxima generación”...
Quizá por todo esto se ha vaciado la Escuela de Historia de la Universidad de Panamá... ¿para qué sirve esa vaina en un país de grandes obras, hoteles, casinos y negocios (legales e ilegales consentidos)? Los intelectuales sobran en ese paisaje. Cuando la democracia no es un objetivo importante y las sociedades se mueven en torno a fines (racionales) y no a valores (razonables), la brújula de la formación académica también se instrumentaliza.
Si bien es cierto que el debate sobre la calidad de las instituciones académicas del país es más profundo, el hecho de la agonía lamentable de la Escuela de Historia es un síntoma alarmante del modelo de país que se viene alentando desde hace años (tras la invasión, la construcción de este país de servicios descartó cualquier interés por el intelecto, por la generación de conocimiento no-técnico). Los programas de estímulo de los estudios de doctorados o de la ciencia han descartado de forma sistemática a las ciencias sociales que son, las que, guste más o menos, dan forma a una sociedad porque la miran, la estudian, la proyectan y la retroalimentan.
En estos días, la profesora Sonia Chirú alertaba en las redes sociales de que “sin estudios históricos, viviremos de mitos y leyendas, según la propaganda que convenga al gobierno del momento”. Y eso me hizo recordar el famoso incidente entre el filósofo Miguel de Unamuno y el general fascista Millán Astray un 12 de octubre de 1936. El catedrático en la Universidad de Salamanca, tras una soflama fascista, dijo con calma: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”. Esto no fue del agrado del militar quien respondió: “¡Muera la inteligencia!”.
Si muere la Escuela de Historia morirá un poco más la inteligencia. Claro, que en el Gobierno y el país de los empresarios este debe ser un tema poco importante. Yo, desde que leí la noticia he sentido un dolor agudo en la única neurona que me queda y una desesperanza profunda en el poco optimismo que me hacía respirar.
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JAVIER E GUEVARA
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Carlos Montúfar Talavera
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