Conversación con la Maga

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El otro día pasé dos horas mágicas hablando con la Maga.

Me refiero, nada más y nada menos, que a la protagonista de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, que ahora cumple 50 años de publicada.

Estábamos en la mágica terraza del Hotel Felipe II, tras el final del curso “Cortázar, el boom y Rayuela”, en la Universidad Complutense, un curso pensado y dirigido por la cátedra Vargas Llosa, al que asistió precisamente para encontrarse con la Maga el Premio Nobel de Literatura.

Ella, Aurora Bernárdez, la Maga, le negó en público a Vargas Llosa que ella era la Maga, pero todos nosotros sabemos que eso es pura modestia; sabemos que la Maga es, desde luego, la amalgama de bastantes mujeres que pasaron por la vida de Cortázar antes de 1963, pero la que sobresale porque impresiona, porque influyó mucho en el argentino, porque lo cuidó hasta el fin y porque además fue y es su heredera, es Aurora Bernárdez.

Y allí estaba con nosotros, en El Escorial, desde donde Felipe II se sentaba en una silla para ver América y la mirada no le llegaba a veces ni siquiera a Madrid.

Allí estaba la Maga en persona, 93 años, explicándonos que la Maga no es ella sino un montón de palabras escritas en un papel que ha resultado, hasta el momento presente, de una vitalidad asombrosa.

Todos los veranos leo unos capítulos de Rayuela como parte de mi devoción por la lectura. Sin orden ni concierto leo y aprendo cada vez que entro en Cortázar, y especialmente en Rayuela.

Pero este año lo haré con una curiosidad intelectual añadida: ya conozco bien en persona a la Maga. ¿No les parece mágico leer un libro, una novela que es una contranovela, que puede comenzarse a leer por el principio, por el medio o por final, por donde al lector le dé la gana, y del que se ha conocido hace poco a la protagonista, en este caso, la Maga?

No creen que me invento nada en todo lo que escrito, aunque sé que algunas cosas, como es hoy el caso, parecen mágicas. Bueno, ¿y qué? ¿Qué esperan, que hablando de la Maga no sea mágico?

TRES VECES

Julio Cortázar se casó tres veces, la primera con Aurora Bernárdez, la Maga aunque ella no niegue; la segunda con la lituana Ugné Karvelis, que era una arpía y lo llevó por derroteros ideológicos que convirtieron su literatura de esa época de matrimonio en un basural que no parece de Julio Cortázar, y la tercera con Carol Dunlop, mucho más joven que él y que murió, joven como era, infectada por sangre enferma en un hospital de Francia, lo que hizo que Cortázar fuera infectado, y como persona mayor, tardara más en morirse.

Se quedó solo, pues, Cortázar, y enfermo. Y entonces apareció de nuevo la Maga.

“Yo te voy a cuidar, te voy a mimar, te voy a lavar y a cambiar, yo te voy a leer, yo voy a estar siempre contigo”, le dijo la Maga a Julio Cortázar. Oírselo repetir en la mágica terraza del Felipe II en El Escorial, oírselo repetir y recordar para nosotros fue música mágica e inolvidable.

Le pregunté entonces a Carles Álvarez, que trabajan en un libro inmenso y definitivo sobre Cortázar, que cómo se llamaba aquella cafetería muy cercana a la Plaza de Mayo, en Buenos Aires, donde hay plantada una escultura de Cortázar sentado tomando café. Me he sentado allí más de 20 veces, hablando en silencio con aquella escultura del genio que inventó a la Maga y preguntándome una vez más si no fue la Maga quien lo inventó a él para que él inventara Rayuela.

Supongo que me entienden, es lo menos que puedo pedirles a quienes me leen con frecuencia, además de expresarles mi agradecimiento por su benevolencia.

“El London”, me dijo Carles Álvarez, y yo me acordé entonces del London, que es en Buenos Aires como el Tortoni de Borges y toda la fauna de Sur, qué mitología más fantástica y mágica.

Después de la conversación con la Maga en El Escorial, me entraron unas ganas tremendas de tomar un avión y marchar a París, a recorrer como Oliveira las calles de la Ciudad Luz buscando al amor de su alma. ¿Es Oliveira la sombra literaria de Julio Cortázar en Rayuela?

Entonces dudé: tal vez lo mejor sería tomar un vuelo para Buenos Aires, llegar a Ezeiza, llegar al hotel, dejar el equipaje y correr a tomar un buen café caliente al London, a hablar en silencio con la escultura de cuerpo entero de Julio Cortázar, sentado, mirándome. Y pedírselo de un golpe: “Venga, Julio, dímelo de una vez, con un simple movimiento afirmativo de cabeza. Dime quién es la Maga. Quiero que sepas que yo ya lo sé”.

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