Detroit

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No sé si es una metáfora de los tiempos que corren, pero debo advertir que detesto Detroit desde hace más de 40 años.

Nunca he ido a Detroit, ni conozco a ningún gringo de esa ciudad, que jamás me ha perjudicado en nada. Detesto Detroit, ahora una ciudad arruinada, porque allí vivía un novio secreto de una novia no tan secreta que yo tuve en mi juventud más loca e impertinente.

Fue ella uno de los tres grandes amores de mi vida y me enamoré hasta el punto de escribir y publicar los únicos poemas de mi vida gracias a la pasión que me llenaba el alma.

“Tú estás casado”, me dijo una y otra vez, para que yo cayera en la cuenta de que aquel amor mío y suyo no cabía en la vida. “Me voy a Detroit una temporada, a ver a un amigo”. Y, entonces, me di cuenta de que estaba a punto de perder aquel amor imposible que hizo posible mis únicos poemas.

Lo de Detroit me dura hasta hoy. Cuando comencé a leer Los años con Laura Díaz, la novela de Carlos Fuentes de obligada lectura, la dejé cada vez que salía en el texto el nombre de la ciudad de Detroit, donde el muralista Diego Rivera había sido contratado para rendir homenaje en sus pinturas a la industria automovilística que movía la vida de la ciudad.

Cada vez que ella me decía que se iba a Detroit, yo odiaba ese nombre y lo que significaba. Pero aquello, lo de las temporadas en Detroit y su amigo el novio secreto, acabó. Sé el nombre del tipo y algún día me vengaré escribiéndolo como portero de un antro de putas vestido con uniforme de falso almirante británico. Haber estudiado más.

De los tres grandes amores que tuve en mi vida, ella fue la única con la que no viví. La amé desde muy joven y la quise mucho hasta que falleció hace un par de años. Un día la llamé por teléfono para que nos fuéramos a tomar unas cervezas.

“No quiero que me veas en este estado”, me contestó. Y con eso me dijo además que estaba enferma de cáncer terminal, que le quedaba menos de un mes de vida, y que debíamos despedirnos en esa llamada por teléfono.

Un mes más tarde, leí repentinamente su esquela en uno de los periódicos de Madrid y me quedé todo el día pensando en qué hubiera pasado de haberme yo divorciado de joven de mi primera mujer, y primer amor, y me hubiera marchado a París con aquel amor que ahora moría de verdad y con el que nunca tuve la ventura y la aventura de vivir.

POEMAS DE AYER

Ahora que Detroit ha caído, a mí, con los calores y el verano, se me ha metido en la cabeza esa venganza literaria contra el tiempo y las injusticias, y para matar ese mismo deseo excesivo me he puesto esta mañana a escribir este artículo para todos mis lectores.

El libro de poemas se llamó Scherzos pour Nathalie y se publicó en Inventarios Provisionales, en Las Palmas de Gran Canaria, en 1970.

Era, cada uno de esos poemas locos, un canto a la libertad y al amor, y al amor libre de todo compromiso, al amor joven y pasional que enloquece con la misma pasión que un escritor se entrega a la desmedida tarea de escribir poemas.

Por ese libro me gané en un libro el título de “poeta frustrado”, gracias a un cretino que es uno de los peores poetas que he leído en mi vida y que, claro, a estas alturas de la guerra y la vida me arrepiento de haber leído.

Ahora unos amigos quieren reeditar Scherzos pour Nathalie en Madrid, y yo les he dicho que tal vez vaya a escribir siete u ocho poemas más que se titularían Detroit en homenaje a esa memoria inolvidable de la muchacha que más joven me ha hecho sentir en toda mi vida.

Era bellísima, con una clase extraordinaria y una educación perfecta. Sabía sonreír en el momento indicado y dejaba caer sus avisos y advertencias con una exquisitez asombrosa.

Me enamoré de ella hasta el punto de separarme de mi primera mujer y marcharme a París, nunca a Detroit, como pueden imaginarse. Y la quise mucho hasta que murió.

En realidad, creo que la sigo queriendo y así será hasta que me muera yo. Por eso cuando ahora veo en los titulares de los periódicos que Detroit está arruinada hay, lo confieso, una cierta alegría en mi interior más oscuro y memorioso.

Como si algo de toda esa ruina la hubiera impulsado mi venganza. Sí, ya lo sé, es irracional, pero así es la vida, la memoria y, sobre todo, el amor inolvidable de Nathalie.

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