Nebulosa de Graham Greene

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Lo primero que hice la primera vez que llegué a Panamá fue comer guabina en La casa del marisco, de Acha.

Luego, con el tiempo supe que era el bar-restaurante de Graham Greene, donde lo llevaba Chuchú Martínez a que el viejo escritor se empujara sus vasos de gin y sus largas tenidas de whisky. ¡Qué tiempos! Torrijos luchaba por entrar en el Canal sin disparar un tiro, sino empujando, empujando, empujando lenta o rápidamente, según conviene en cada momento. “Este país... este país... este país... ¡saldrá adelante!”, decía en sus mítines y encuentros con la gente, esos baños de popularidad que tanto le gustaban y que dejaban asombrados a muchos invitados extranjeros, empezando por Graham Greene.

Ahora que ya se sabe casi todo, sabemos que no le dieron el Nobel de Literatura porque según algunos académicos suecos su literatura era “demasiado fácil”. ¡Cómo las juegan los académicos suecos, carajo! Para mí, Graham Greene fue siempre un escritor Nobel; no llegué a conocerlo, pero los que saben mucho de él dicen que era católico, sentimental y bien educado, y que bebía de largo lo mismo que Hemingway, aunque era más discreto en los asuntos de cacerías africanas y mujeres mundanas.

Cada vez que recuerdo en las nebulosas de mis días a Graham Greene, echo manos a un ejemplar muy manoseado que tengo en mi biblioteca de Nuestro hombre en La Habana, o de El tercer hombre, o de La condición humana, o de El amigo americano. Cada uno de esos títulos, de fácil literatura según los académicos suecos, le hubieran dado el Nobel a Graham Greene, pero así se escribe la historia y así gana quien gana... casi siempre.

En La casa del marisco, la primera vez que vine a Panamá bebí mucho vino español y comí, ya lo dije, el pescado que más me gusta de Panamá, la guabina. Yo no sé si a Graham Greene le gustaba la guabina o si comía pescado, pero en mi novela Boulevard Balboa, que más que avanzar se arrastra lentamente hacia adelante (pero hacia adelante, siempre hacia adelante), el viejo escritor come guabina todo el tiempo.

He releído de Greene un mal libro que tiene que ver con Panamá y con Torrijos, y –claro– con Chuchú Martínez, Conociendo al general, un reportaje escrito muy deprisa, con el tiempo a favor de Torrijos y sin la más mínima crítica hacia el general de sus amores diurnos.

Pero saco en conclusión con la lectura del libro que Greene, aunque no se enterara de la misa de la mitad, era un buen amigo de Torrijos, lo quería bien, y de Panamá, sobre todo de Panamá. De modo que el fin justifica aquí los medios de su fácil literatura. Torrijos entró en la historia al entrar en el Canal sin disparar un tiro, y ahora Daniel Ortega quiere hacer lo propio y le vende el agua del lago Nicaragua al diablo de los chinos, que se comen todo lo que se mueve, hasta los perros; en Venezuela dicen que ya no hay perros porque se los comen los chinos, que tienen un hambre de siglos y que ahora se las quieren cobrar.

¡Pobre Nicaragua, tan lejos de la realidad y tan cerca de los chinos! No sé lo que dirá mi amigo y admirado escritor Sergio Ramírez, tengo que preguntárselo en cuanto lo vea, seguramente en octubre durante el Congreso de la Lengua, al que he sido invitado por la ministra de Cultura de Panamá y por la Real Academia de la Lengua española.

No sé si a Graham Greene le hubiera gustado venir a ese congreso, pero a mí ya me gusta con antelación. Siempre que viajo a Panamá y a otras partes del mundo al que amo tanto, lo hago por razones literarias o por curiosidad intelectual, como diría un fino académico sueco, digo yo. El caso es que antes, si Dios no lo remedia, volveré a encontrarme en Panamá, en la ciudad de Panamá, con la fantasmal nebulosa de Graham Greene, el escritor que no ganó el Nobel porque escribía fácil, le ringa la guasamandrapa, bróder, en pleno mes de agosto próximo, en la Feria del Libro, una vez más gracias a la Embajada de España, que conspira todo el tiempo para que estemos cerca de Panamá y de mis mujeres amigas, que no amantes, a lo mejor es mejor que sean amigas que amantes, porque últimamente me he acogido a un ERE sexual que me tiene lejos de la circulación.

Como diría Lezama Lima, la cosa está en el barroco. Así que, bueno, Boulevard Balboa se arrastra y la fantasmal nebulosa de Graham Greene crece en ella, como si Greene fuera yo mismo o “vicervesa”, como diría antaño Bryce Echenique en uno de sus mejores momentos. Y, en fin, la vida, que no es poco, digo yo.

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