Bajo presión

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Me gusta escribir bajo presión. Quiero decir que me gusta escribir con poco plazo, marcando unas metas de tiempo corto, dejar pasar dos o tres días mientras maduro una idea para escribirla, dejar de paso de escribir y fijarme en la idea que voy a escribir, sentir el vértigo del paso del tiempo, mientras la mala conciencia me pide que escriba la idea en la que pienso y yo le echo un pulso y le niego ese favor.

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Para dejarlo para mañana o para pasado, para cuando ya no quede más remedio que escribir la idea porque ya no hay más tiempo, y se va el tiempo y se va la idea, y se van los dos, el tiempo y la idea, y se va el vértigo que a mí me gusta sentir mientras escribo, un vértigo provocado por escribir bajo presión, con un tiempo de entrega muy corto. Conozco casos de escritores muy serios que acabaron como plagiarios, copiando palabra por palabra las ideas escritas por otros en sus propias escrituras, porque no pudieron soportar escribir bajo presión.

Para mí, sin embargo, es un regalo de la buena conciencia, aquella que te hace cumplir más tarde que temprano, pero al fin y al cabo cumplir, con el trabajo que te has propuesto.

Hay dos conciencias en el escritor, y en el artista en general. Una, la mala conciencia, la maneja normalmente una pereza placentera que hace pasar el tiempo sin hacer nada: solo se piensa en la idea que el escritor quiere escribir, pero siempre mañana. Y otra la buena conciencia, que es la que exige el artista en general, y al escritor en particular, ponerse a escribir la idea que tanto acarició durante días o tal vez semanas y meses.

Escribir bajo presión es como tocar el piano en un teatro lleno de gente que está viendo y escuchando al pianista que, pasionalmente, está entregado a la música y a sacar del instrumento la genialidad que estaba pensando desde tal vez hace años. Así es la presión, lo mejor y lo peor del mundo.

Una noche me levanté con una pequeña urgencia. Fui al baño, pero a mi vuelta a la cama me entró otra urgencia mayor: la idea repentina de que Fidel Castro se iba a morir un día de estos, a plazo fijo, y yo no iba a tener tiempo de escribir la novela que había estado pensando hacía muchos meses. Primero se llamó Los funerales de Castro, pero le presté y después regalé el título a un amigo escritor, un periodista que había vivido mucho tiempo en Cuba, para un ensayo que había terminado. Ni siquiera me lo agradeció, ni verbalmente ni por escrito. Sic transit gloria mundi.

Luego estuve revolviendo entre palabras eufónicas hasta dar con el título exacto mientras la escribía bajo presión convencido de que Castro se iba a morir cualquier día. Y el que se murió fue Hugo Chávez, a quien en Venezuela llaman ya el Casi Muerto. Yo decidí el título mientras escribía, tal como digo, bajo presión, una tragicomedia, la del pueblo de Cuba bajo esa dictadura interminable. El título definitivo de la novela, que ya está escrita y se publicará en los primeros meses del año que viene, se titula Réquiem habanero por Fidel.

Escribí la novela bajo la presión del tiempo, porque Castro se podía escribir en cualquier momento de la escritura, pero no se murió. Todavía no se ha muerto y anda de abuelo Cebolleta contando batallas del siglo XIX y pensando que ya la Historia ha terminado por absolverlo. Escribí la novela, pues, bajo la presión de un presentimiento que no se cumplió, pero esa conciencia fue la que me dio fuerza para escribirla en la práctica de un tirón, sin ocuparme de nada más que de escribir la novela. A mí me perseguía, mientras tanto, no mi muerte sino la de Castro, hay que ver lo que es la vida, y así pude terminarla en un tiempo muy corto, que yo creía que se me iba a acabar con la muerte de Castro.

Ahora espero la muerte del abuelo Fidel Castro sin presión alguna. Y espero la publicación de mi novela para el año que viene con la calma que me da haber cumplido con mi trabajo, mientras escribo bajo presión otras cosas, como este artículo dominical de La Prensa, que habla de escribir bajo presión. Conste que no es una urgencia, es un vértigo placentero, el de la mala conciencia y el de la pasión de la buena conciencia que obliga a escribir por vocación, por profesión, por vida. Hay, pues, que fiarse de las intuiciones y no dejar que la pereza nos gane el pulso cada vez que le da la gana. Hay que engañar a la pereza: dejarla creer que es la dueña de tu voluntad y, finalmente, doblarle el pulso con fuerza, como he hecho con este artículo.

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