Los sueños adolescentes

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Sueño mucho. Sueño todo el tiempo que duermo. Y duermo mucho. Sueño que soy muy joven, que camino junto a muchachas bellas junto a las que nunca caminé; sueño que amores que no tuve, con bellas actrices de Hollywood, se llevan a cabo en mi adolescencia: lo sueño y lo siento, en esta primera vejentud que me acucia y gozo.

Sueño con rompecabezas eróticos que nunca viví y con otras apetencias que tuve pero que nunca pude realizar.

Uno de esos sueños míos, de mi juventud y de esta primera vejentud, es que soy -por fin- jugador profesional del Real Madrid. Deben mis lectores saber que, en verdad, durante los años de mi juventud, llegué a jugar en el Estadio Bernabéu todos los jueves de un año entero en el amateur del Real Madrid, que servía de sparring al primer equipo. De esa época vienen mis actuales sueños adolescentes.

De esos sueños vino la escritura de mi novela, publicada ya hace unos años, El sueño del futbolista adolescente (o Cuando éramos los mejores), donde describo parte de aquella autobiografía futbolera que fue mi vida en plena juventud. Mi padre se aterrorizaba cada vez que algún amigo le decía que yo era muy bueno jugando al fútbol y que así tenía el futuro solventado.

Mi padre, por el contrario, me veía como catedrático de griego en una universidad española, y jamás como futbolista, y mucho menos como lo que vino después: mi vocación irreductible de ser escritor. Ahí sigo, desde hace más de 40 años, con la “solitaria” de la escritura literaria cabalgando mis sueños y ahuyentando esa otra enfermedad que nunca padecí: “la seca”.

La otra noche, una noche cualquiera del mes de julio pasado, soñé que era joven y que sí, que estaba jugando en el primer equipo del Real Madrid en mi querido Estadio Santiago Bernabéu, el mejor estadio del mundo entero.

Sé que en el sueño, lo recuerdo bien, jugaba de medio volante izquierdo al lado de Ignacio Zoco, una leyenda en el Real Madrid de la época de mi adolescencia. Estaba jugando bien, me sentía a gusto con la pelota en los pies y pasaba el cuero, como llaman al balón los expertos, con una lucidez propia de una estrella. De repente, en un lance del juego, dejé atrás el balón y tuve que hacer un esfuerzo con mi pierna y pie izquierdos (soy zurdo desde siempre) para recuperar la pelota frente a la sombra inminente de dos adversarios.

Hice un movimiento extraño, saqué la pierna izquierda de la cama para darle al balón con todas mis fuerzas y caí al suelo estrepitosamente. Deben de saber ustedes que yo duermo junto a mi mesa de noche, como todos ustedes, pero junto a esta mesa de noche hay una columna de libros que leo a la vez y que son, a la vez, libros de cabecera que hojeo con mucha frecuencia. En la oscuridad, sentí el golpe en mis nalgas (así caí) y en el codo derecho, que todavía me duele. En esa misma oscuridad, el estrépito fue impresionante. Eran las 3:00 de la mañana y yo me había despertado de mi sueño adolescente con un jaleo descomunal, los libros por loa aires y la mesa de noche destrozada por la patada de mi pie izquierdo.

Lo primero que hice fue reírme de mí mismo, sin encender la luz todavía, y al mismo tiempo agradecer al Gran Arquitecto que el golpe lo hubiera sido de broma.

Podía haberme partido la cabeza o la cadera, como tantos escritores que, en un momento de su vida, cometen el error de creerse jóvenes, se suben de cualquier manera a la escalera de su biblioteca y se dan el golpe que, unos pocos años más tarde, se los lleva a la muerte. Por suerte para mí, y por desgracia para mis enemigos, no me pasó nada.

Lo cuento muerto de risa y como uno de esos ejemplos en los que la imaginación y el subconsciente se mezclan en el sueño para volver a vivir lo que en realidad nunca vivimos. Si les cuento a ustedes la cantidad de señoras que han sido novias mías en mis sueños, se quedarían asombrados de mi potencia viril, cosa que estoy lejos de tener en mi vida real, antes y ahora; antes, cuando podía exhibir, al menos de boquilla, una virulencia vital capaz de engañar a cualquiera; y ahora, que ni siquiera soy capaz de ser quien era con la ayuda de la grúa del ayuntamiento.

Las cosas son así, el tiempo y los sueños parecen ser la misma cosa: la velocidad de la luz, que puede con todo. Pero yo quiero seguir soñando que soy muy joven, que he triunfado en el Real Madrid y que estoy a punto de ser internacional con la “roja” de España. Lo sueño incluso con el riesgo de caerme de la cama en una jugada difícil y partirme la cadera de una vez por todas, camino del final de la vida.

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