‘Las heridas en el alma nunca sanarán’: sobrevivientes del 8B-06

Lidia Atencio y Luis Contreras tienen marcadas las huellas de las quemaduras que sufrieron en octubre de 2006 cuando explotó el bus 8B-06. Cuentan cómo han vivido estos cinco años.

Lo que más le duele a Lidia Atencio no son las heridas causadas por las llamas que consumieron el bus 8B-06 hace cinco años, sino el hecho de que la Corte Suprema de Justicia haya rechazado las demandas que interpuso. "No hay justicia en este país", dice. 

A Lidia se le ubica en el cuarto piso del Hospital Niño. Enfermera de profesión, es la encargada de dictar charlas en las salas de espera y de atender el área de juego del hospital. 

Algo que la caracteriza son sus vendas permanentes que lleva en su rostro y mano derecha. Son para cubrir sus heridas producto del fuego que consumió el bus, el 23 de octubre de 2006. Se salvó de morir ese día, dice. Sin embargo, 18 personas no tuvieron la misma suerte: murieron calcinadas. 

Es optimista. Cuenta que ahora intenta  vivir su vida al máximo. Evita, en todo lo posible, viajar en bus. Su esposo, Justo González, es quien la lleva y la busca al trabajo. “No me siento segura en un bus”, agrega. 

En el hospital al igual que en la calle todos la saludan. Saben de su historia. Por eso hoy se pregunta cómo siendo casi una figura pública, fácil de reconocer, pudo ocurrirle un hecho que casi le cuesta la vida. Hace un año, cuenta, decidió no esperar a su esposo cuando salió de su clase de la universidad. Era viernes. Una compañera la acercó en su vehículo hasta la Gran Estación, en San Miguelito. Cerca de las 10:00 p.m. optó por tomar un taxi. En el camino, el taxista se desvió de la ruta y entró por una calle oscura. No muy lejos habían unas casas con los televisores aún encendidos y un quiosco. 

El conductor se detuvo en seco, giró hacia ella y la apuntó con un arma. “Dame lo mío”, alcanzó escuchar Lidia, desconcertada. En una breve discusión, el ladrón taxista le lanzó un ultimátum: si no le daba el dinero y el celular le disparaba y la dejaría allí tirada. Tuvo la sensación de volver a cruzar por el mismo túnel oscuro cuando las llamas se apoderaron del bus 8B-06 y la gente gritaba despavorida. 

Nerviosa, Lidia entregó su teléfono y los únicos diez dólares que llevaba encima. Acto seguido se bajó del vehículo, luego escuchó el ruido del carro cuando escapó a toda velocidad. Las piernas le temblaban, estaba a punto de estallar en llanto. 

Una señora, que caminaba por el lugar, la reconoció de inmediato. “Usted es la enfermera, verdad. ¿Qué le pasó?”, dijo la desconocida. Fue su ángel esa noche, dice Lidia. 

Como había quedado sin un centavo y desorientada, la señora le regaló un dólar y la acompañó, junto a otro señor, a la parada hasta que llegara su esposo. Pasaron  varios meses para que volviera a conciliar el sueño. “Sentía que se me salía el corazón”, agrega ahora, desde su escritorio en el hospital donde prepara su nueva agenda de charlas. 

LUIS, EL EBANISTA

Luis Contreras aprendió a conducir hace un año. Lo hizo con el propósito de no viajar en bus, dice, sentado desde el portal de su casa. Luego muestra sus brazos y torso: su piel morena y deforme deja en evidencia las quemaduras que sufrió el 23 de octubre de 2006 cuando el bus 8B-06, en el que viajaba, explotó en llamas.

Desde ese día, Contreras ha pasado unas 17 veces por el quirófano. Sus orejas, por ejemplo, fueron reconstruidas. A sus manos le incorporaron piel sana que le extrajeron del muslo. Hoy tiene mayor movilidad en sus dedos. Se siente mejor, asegura. Pero de pronto, en tono reflexivo, corrige y dice que aún no se ha sobrepuesto del todo: "las heridas (en el alma) no se van a curar nunca”, sentencia.

Contreras vive en el barrio Santa Rita, en Alcalde Díaz, desde hace 36 años. Un barrio peligroso por las noches, agrega.

El día de la entrevista, un miércoles de septiembre, ayudaba a un amigo albañil que terminaba de construir un muro en la parte lateral de su casa. La idea, explica, es instalar un portón de hierro al estacionamiento. Hace unos meses, unos bandidos le reventaron el  vidrio de su vehículo para llevarse  el equipo de sonido.

El trabajo, dice, no le ha faltado. Además de laborar desde hace cuatro años en la Presidencia, como dibujante en proyectos habitacionales, también tiene sus "trabajitos" extras algunos fines de semana. Como debe viajar al interior, sobre todo a Darién, como parte de su trabajo, le conceden días libres en medio de la semana.

Las tragedias, sin embargo, lo han perseguido: su abuelo Fernando Contreras falleció por el jarabe envenenado con dietilene glycol que repartió el Seguro Social en 2006; y otro familiar, su tía política Rosa de Contreras, perdió la vida cuando el bus donde viajaba se estrello de frente con un camión, en Las Garzas de Pacora, en agosto de 2009.

Casi todos los del barrio viajan en transporte público. Desde las 4:00 a.m. deben salir de sus casas enrejadas, somnolientos, en busca de un bus. Contreras no se queda callado y lanza duras críticas al nuevo sistema del Metrobus. Dice que si bien ha sido un avance, aún le falta mucho por mejorar, como la frecuencia con que transitan los buses. 

PIDEN JUSTICIA

En el terreno legal, Atencio y Contreras, al igual que las familias de los 18 personas fallecidas, no han tenido éxito. En septiembre pasado, la Corte Suprema de Justicia, rechazó la octava de las 14 demandas que interpusieron en reclamo de una indemnización.

Ambos están decepcionados con lo que ha ocurrido con sus casos en la esfera judicial. Pero no se han cruzado de brazos, por lo que están a la espera de que continúe un nuevo proceso: la Corte del condado de Finney, en Kansas, Estados Unidos, admitió una demanda contra la distribuidora del gasta contenido en el acondicionador de aire del bus que, sumado el deficiente cableado eléctrico, fue el causante del incendio.

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