Los senderos del folclore

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Las máscaras de los diablicos se mecen al aire, mientras quienes las llevan sobre sus rostros danzan al ritmo contagioso y armónico de la guitarra española.

Son máscaras coloridas, desafiantes en su mayoría, que parecen hablarnos de los contrastes que tiene la vida, los que cada segundo traen su propio afán.

Y así, mientras la alegría sale enmascarada a las calles, el sol encuentra el momento propicio para posar sus rayos en los espejos que portan los diablicos en sus vestidos de sedas multicolores.

Es el folclore que bulle en la mirada de aquel niño que luce un sombrero a la pedrá, confeccionado en alguno de nuestros pueblos interioranos, por manos olorosas a sudor.

Mientras, una joven cercana muestra su cabello recogido, adornado con tembleques, que dejan ver las prendas de la pollera, el traje típico panameño que tiene el don de resaltar la belleza femenina.

Esa pollera ha ido pasando de generación en generación, de la abuela que baila y sonríe al son de la murga, hasta esa niña que con una tenue sonrisa y una mirada profunda garantiza la continuidad de ese sentimiento llamado Panamá.

Un sentimiento convertido en hermosas cadenas de oro que descansan sobre la tersa piel de una guapa empollerada.

Son cadenas cuyos nombres nos recuerdan algún momento de la infancia, escondida en los campos del interior del país: chata, bruja, solitaria, rosario, escapulario, abaniquero y guachapalí.

Al escuchar este último nombre, guachapalí, no falta quien evoque un sector que hace décadas existió en la ciudad capital, o aquella parte del río Parita, provincia de Herrera, donde un majestuoso árbol de esta especie servía de sombra a los bañistas.

Pero la sombra que da un guachapalí también la ofrece un buen sombrero panameño, como el de esos niños que en la campiña lo utilizan para reducir los efectos del astro rey.

Un sombrero confeccionado en La Pintada, en Ocú o en Las Tablas, que lleva dentro de sí esa panameñidad que no solo debe quedar relegada al mes de noviembre, sino que debe ser desplegado, con orgullo, todos los días del año.

Tal y como lo siente el campesino cada vez que se calza una cutarra, hecha de cuero crudo, a la hora de recorrer esos caminos donde el olor a tierra mojada, a rocío mañanero, a fruta recién cosechada, tejen parte de la historia de esta república.

Pues la patria, como dice Rubén, el cantante, “es un sentimiento, risa de hermanita nueva”.

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