INDIRA FRANCO

El poder de la gente común

 Una panameña que se ha ganado un espacio en su campo profesional con tres poderosas armas: estudio, disciplina y esfuerzo.

Indira Franco busca aprovechar el residuo de la cáscara de naranja para reemplazar la harina de algunos productos alimenticios. Indira Franco busca aprovechar el residuo de la cáscara de naranja para reemplazar la harina de algunos productos alimenticios.
Indira Franco busca aprovechar el residuo de la cáscara de naranja para reemplazar la harina de algunos productos alimenticios. LA PRENSA/Luis García

No es la sorprendente historia de una heroína que mueve masas, tampoco es el recuento de la vida de una científica a punto de ganar el Nobel por un proyecto aclamado internacionalmente.

Esta página narra aspectos de la vida de Indira Franco, una panameña que se ha ganado un espacio en su campo profesional con tres poderosas armas: estudio, disciplina y esfuerzo.

Como el de ella, hay decenas de casos. En los laboratorios de las universidades y en los institutos vinculados a la ciencia, panameños y panameñas trabajan anónimamente en una iniciativa que quizá pueda impactar positivamente en la comunidad, pero sus propuestas se quedan sin voz por diversas circunstancias.

No reciben apoyo oficial para desarrollar la ciencia, la empresa privada es reacia a invertir en investigación, y a veces los medios no los toman en cuenta.

Cuestión química

“Soy una persona normal. Del pueblo, nací, me críe y actualmente vivo en Paraíso, en San Miguelito”, dice apenas empieza la entrevista.

Hizo la primaria en la Escuela República de Colombia, empezó la secundaria en el Alfredo Cantón y la concluyó en el Fermín Naudeau. Siempre figuraba en el cuadro de honor. Descubrió su química con la química a través de Julio Ulloa, un profesor.

“Ya murió, él sembró el amor por la química en muchos de sus estudiantes”, cuenta.

Estudió química en la Universidad de Panamá y cuando concluyó la carrera empezó a trabajar en la fábrica de alimentos para aves de Toledano. Su jefe, Manuel Valencia, la impulsó a que siguiera estudiando.

Contactaron a un profesor en la Universidad de Arkansas, en Estados Unidos. Tenía que presentar la prueba de inglés Toefl, y el puntaje no le alcanzó para aplicar al programa que quería. Sacó 510 puntos y necesitaba 550.

No se rindió. Tiempo después se enteró de que la Organización de Estados Americanos ofrecía becas a través del Instituto para la Formación y el Aprovechamiento de Recursos Humanos (Ifarhu). Estando en el Ifarhu, se dio cuenta de que había una oportunidad para estudiar en Argentina. Consiguió la beca y se fue a estudiar tecnología de alimentos en la Universidad Nacional del Sur. “El Gobierno de Argentina lo cubría todo menos los pasajes aéreos, pero me daba un estipendio mensual y con eso ahorraba para venir a Panamá a visitar a mis padres”, narra.

Estudió los antioxidantes en el aceite de girasol, uno de los productos de exportación de ese país. Analizaba las propiedades de los naturales versus los sintéticos. “A los aceites hay que añadirles componentes para que no se oxiden con el tiempo. Comprobamos que los antioxidantes naturales son mejores, pero los artificiales se mantienen con el tiempo”, explica.

Sin trabajo

Cuando regresó a Panamá con diploma en mano, empezó a buscar trabajo. Nadie la quería contratar. Iba a las entrevistas y escuchaba lo mismo: “les encantaba mi perfil, pero decían que solo podían pagarme $500. Me decían que tenía que trabajar de 8 de la mañana a 5 de la tarde, y si la producción lo requería, me tocaba quedarme hasta las 11 de la noche y regresar temprano al día siguiente”, asegura.

Estuvo en paro un año completo. Hasta que se le presentó una oportunidad laboral en el Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, en el laboratorio de química de alimentos y agua. Ganaba $650. Era 2002. “Allí estuve cinco años, aprendí mucho”, dice. Se dedicaba a analizar lo que le pedía el Departamento de Protección de Alimentos: nivel de grasa de los productos, de proteína, de calcio. También investigaba. “Se trabajó en una tabla de composición de los alimentos panameños. Por ejemplo, en el contenido nutricional de una hojaldre”, recuerda.

Un día leyó en La Prensa que la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Investigación (Senacyt) convocaba para las becas de excelencia profesional, y se dijo. “¿Por qué no? esto de repente es para mí… apliqué y me la dieron”. Su próximo destino académico: la Universidad de Zaragoza, España. “El doctor [Jorge] Motta, que era el director del Gorgas, siempre ha sido de la política de impulsar el desarrollo y demás. Me animó y me dio permiso”. Y se fue a hacer un doctorado en tecnología y calidad de los alimentos. “Mi línea de investigación fue sobre las proteínas y la actividad biológica de la leche. Específicamente la lactoferrina, una proteína que tiene propiedades inmunoquímicas, antimicrobianas, antiinflamatorias. En Japón, desde hace muchos años, están trabajando con ella. Se agrega en yogures, y otros. Se ha probado que desinflama”, cuenta.

Estudió cuatro años en España. Cuando volvió a Panamá empezó a trabajar en la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP), donde es docente e investigadora de la Facultad de Ciencia y Tecnología, en la carrera de ingeniería de alimentos. “Estoy aprendiendo, todavía estoy en pañales, apenas tengo cinco años aquí”, sostiene. Olvida decir que es miembro del Sistema Nacional de Investigación.

Empezó a trabajar para sacarle provecho a los residuos de otros alimentos. A la cáscara de naranja por ejemplo. “Como residuo no tiene mayor valor, sin embargo, con él hemos sacado harina para mejorar el rendimientos de otros alimentos. Primero la secamos con un secador solar, se pulveriza, y se transforma en harina”, dice. Cuenta que un alumno le añadió esa harina a la carne de hamburguesa para aumentar la retención de su agua. “Y probamos que sí se puede utilizar con la enzima transglutaminasa, que nos proporciona la empresa Ajinomoto que nos colabora en los proyectos”, afirma.

Ahora trabajan en un cupcake que en vez de harina estaría hecho con residuos de cáscara de naranja. “Es un alimento que podrían comer los celíacos”, añade.

También elaboraron la fórmula para hacer galletas con quinoa para Productos Alimenticios Pascual. Está probado que la proteína de la quinoa es de mejor calidad que la de las harinas. La galleta cobró vida, las hicieron de chocolate y de pasitas. “Quedó muy rica”, cuenta. La iniciativa no prosperó, porque la quinoa es costosa.

Junto con el Grupo de Investigación en Biotecnología y Biología Sintética de la UTP, trabajó, además, en un proyecto para obtener hidrocarburo de la melaza. Lo consiguieron en pequeñas cantidades. “Ahora hay que llevarlo a una escala industrial”, explica.

Franco pide al Gobierno que no recorte el presupuesto a la Senacyt. A la empresa privada le solicita que los apoye más. “No toman en consideración lo que la universidad les puede aportar en el desarrollo de sus productos”. Cuenta incluso que las harineras ni siquiera les permiten llevar a los estudiantes a conocer sus equipos. “Dicen que están remodelando, que están ocupados… ninguna nos recibe”. Pero reconoce que hay empresas que sí apoyan el desarrollo de la investigación alimentaria: Pascual, Riba Smith y Ajinomoto.

A los estudiantes los insta a que luchen por lo que creen. “Soy de San Miguelito y la gente dice… San Miguelito, qué horror, qué miedo. Mis padres no tenían recursos para educarme en universidades caras, pero salí adelante estudiando mucho”.

“La vida está llena de oportunidades que hay que buscarlas. El conocimiento es la base del desarrollo”, agrega.

Si usted está leyendo esta nota hoy lunes 25 de enero, le cuento que Franco hoy viaja a Cádiz, España, donde trabajará durante un mes en otra investigación relacionada con el bioetanol.

Apenas regrese, trabajará junto con sus estudiantes en la organización del III Congreso de Ingeniería de Alimentos, que se realizará en abril, un evento donde Panamá y la UTP mostrarán los avances en el sector. Hay futuro.

 

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