Una mano amiga

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Hoy, la alegría y el sentido de familia están más a flor de piel de lo acostumbrado en el Hogar Malambo, pues uno de sus pilares, sor Lourdes Reiss Flores, celebra sus 50 años como religiosa.

La fiesta tendrá como invitado principal a Dios, quien siempre ha escuchado los ruegos de esta dama que nació en Puerto Armuelles, provincia de Chiriquí, el 14 de febrero de 1941.

Ahora, a las 11:00 a.m., habrá una eucaristía en Malambo, y a las 12:30 p.m. un brindis se hará en honor a este emblema del esfuerzo y la solidaridad.

Cinco décadas de ser religiosa se dice fácil. “He tenido una vida satisfactoria, siempre he tenido a Dios a mi lado. He recibido su apoyo en todo momento, tanto en las alegrías como en los momentos difíciles”.

“Nunca he sentido la ausencia de Dios, siempre me ha acompañado su sabiduría, su misericordia y su aliento. Estoy tan agradecida con Él. No puedo decirle no a Dios porque nunca me ha dicho no a nada”, confiesa.

Es que sor Lourdes ha cumplido sus sueños, lo que no es poco. Quiso ser maestra, psicóloga y trabajadora social, pero el llamado de nuestro señor fue más fuerte y por el camino de la fe transitó.

Como ha sido ejemplo de lucha y constancia, el Señor le ha pedido que desde su oficio religioso enseñe valores cristianos y cívicos a los miles de chicos que ha cuidado. También la bendijo con el don de saber escuchar, comprender, orientar y vigilar a esos infantes que llegan a Malambo con un hambre física, emocional y espiritual.

SUS ORÍGENES

Sor Lourdes es uno de los cinco hijos que tuvo el matrimonio compuesto por la panameña Mercedes Flores y el checo Whilhem Reiss, europeo que llegó a Chiriquí en busca de empleo y encontró este y la oportunidad de ser feliz junto a su clan.

Ella hizo su primaria en la escuela Tomás Armuelles y los estudios secundarios en el colegio San Antonio de Padua, ambos ubicados en Puerto Armuelles.

Recuerda que en su casa no eran tan practicantes de la fe, aunque sí eran creyentes. “Nunca se opusieron a mi religión católica”, recuerda.

AYUDAR

Mientras que los varones de su familia optaron por la mecánica y la abogacía, y sus hermanas por la docencia y ser amas de casa, sor Lourdes prefirió darle abrigo a los marginados en su corazón.

Desde chica le hacía feliz ayudar a los demás, en especial a los más necesitados, y entre todos, a los niños.

De muchacha le encantaba leer la vida de los santos. Desde entonces admira a don Bosco, santa Rita de Casia y al apóstol san Pablo, aunque sus máximos maestros son Jesús y la virgen María.

En una ocasión, le compartió al padre Jaime Gleason, un vicentino estadounidense, su deseo de ser religiosa. Por entonces, el papá de sor Lourdes había muerto y compartió con su madre su posible decisión, quien le dijo que debía seguir los pasos que el Señor le había invitado a recorrer.

“El apoyo y bendición de mi mamá me hicieron sentirme más tranquila. Además, recibí el apoyo de mis hermanos”, dice.

Después Jaime Gleason le preguntó: ¿Por cuál comunidad deseaba inclinarse?. “En la que pueda ayudar a los más pobres”, le contestó ella.

Se le propuso entonces formar parte de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul y allá mandó su solicitud. 15 días más tarde recibió una respuesta afirmativa de vuelta.

Lo que deseaba sor Lourdes era irse de misionera a África, pues en sus lecturas aprendió que los hombres y mujeres santos se inclinaban por marchar a lejanas tierras como China o pasar el resto de sus existencias en el continente africano, porque en esos lados del planeta había mucha necesidad de evangelizar.

Lo del continente negro también se dio, pues en Malambo ha recibido a tres niñas de esos lares. “Ha sido mi forma de ayudar a África”.

Sus superiores opinaron que en Centroamérica también había terreno fértil para compartir el cristianismo.

Ingresó a las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul el 7 de junio de 1961. Se trasladó a Guatemala, donde estaba el centro de formación para las candidatas de Centroamérica y Panamá.

Fueron dos años de formación. Luego se quedó un tiempo más en Guatemala, aunque el clima no favoreció su salud y pidió ser trasladada a otra parte.

Ese lugar fue El Salvador, donde estuvo por espacio de ocho años. Primero fue directora del plantel Santa Catalina y luego regentó una guardería.

LA PATRIA

De regreso a Panamá, el 1 de febrero de 1973 le dieron la tarea de dirigir y administrar el Hogar Malambo, que por entonces era un inmueble de tres pisos ubicado en la calle 16, en Santa Ana.

En 1973, entre internos y externos, eran 600 estudiantes provenientes de los corregimientos de Santa Ana, San Felipe y El Chorrillo.

“Uno donde llega debe tratar de dejar su huella. Si vas a cambiar algo, que sea por algo mejor”, indica.

Por eso, al tomar las riendas de Malambo se puso como meta ofrecerles un aún mejor servicio a los niños desamparados que encuentran en este lugar mucho amor.

Siempre le preocupó que a aquel edificio le faltaba mucho para brindarle toda la recreación y cuidado que merecían los chiquitos que a su puerta tocaban. Se puso a orar a Dios y sus plegarias fueron escuchadas.

Esta institución religiosa, social y formativa, fundada el 15 de mayo de 1890, se mudó a su actual sede, en Cerro Silvestre, en Arraiján, el 25 de marzo de 1995, en un terreno de cinco hectáreas que les fue donado. Más tarde les regalaron una pequeña finca cerca de Río Hondo, en La Chorrera.

COLABORACIÓN

Asegura que no sería nada sin las cinco religiosas que la acompañan, los ocho individuos que conforman su personal administrativo, una docena de voluntarios y las más de 30 integrantes de la Asociación Amigas de Malambo. “Todos son mi brazo derecho”, asegura.

Cada una de esas manos colabora con la población actual de Malambo de 160 niños internos. “El hogar se fundó originalmente para niñas. Cuando entré a dirigirlo propuse cambiar eso”.

En el Hogar Malambo reciben chicos desde maternal hasta sexto año. En total, son 550 alumnos que reciben conocimiento de la mano de 22 docentes.

La meta de todos es orientar a los niños, recordarles que valen mucho y promover en ellos los mejores valores.

“Les brindamos comprensión y cariño, sobre todo, tolerancia porque algunos traen comportamientos negativos que les ayudamos a mejorar”, señala.

Los chicos llegan a Malambo con la tristeza a cuestas, pues van a este hogar por riesgo social, maltrato físico o emocional y abuso sexual, así como por ser hijos de la extrema pobreza o por ser portadores del VIH sida.

“Falta mucho para que la sociedad respete los derechos de los niños”, resalta.

En algunos casos las autoridades dan permiso a los padres a visitar a los chicos y en otros pueden estar un tiempo con su familia.

Sor Lourdes debe hacer un informe individual de cada chico para evaluar si los adultos se comportan como deben con los pequeños y si es funcional que estos encuentros se sigan dando.

Lo que lamenta, es que solo el 10% de los 160 niños es visitado por algún familiar.

Cuando los chicos crecen, y no tienen más opciones, pueden quedarse después de cumplir los 18 años. Residen en el Hogar Malambo hasta que terminan sus estudios universitarios y consiguen un trabajo que les permita tener su propia casa.

“Siempre se les cuida y les damos seguimiento para ver cómo les va”, resalta.

Antes de la despedida se le pregunta por las principales necesidades del hogar y dice que siempre habrá, pero que lo más importante es “recordarle a los panameños que el Hogar Malambo existe, que no nos olviden”.

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