La mejor de las explosiones

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Este año se celebran los 50 años del surgimiento del boom latinoamericano, para el cual universidades españolas e hispanoamericanas han tomado como referencia el año de publicación de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, 1962, como punto de partida para las celebraciones.

Del 5 al 10 de noviembre se realizará el Congreso Internacional “El canon del boom”, en el que participarán 46 escritores españoles y latinoamericanos, y que será inaugurado por el Nobel hispanoperuano mañana en la Casa de América, con una conferencia magistral “en la que recapitulará sobre los orígenes del grupo, que tuvo en Barcelona su epicentro”, de acuerdo con información publicada por el diario español El Mundo. El resto de las actividades se desarrollará en distintas casas de estudios superiores españolas.

¿Por qué será España la sede? El país ibérico se abroga una parte importante del éxito arrollador que tuvieron los escritores pertenecientes al boom latinoamericano, teniendo en cuenta que muchas de las obras fueron publicadas por editoriales barcelonesas, especialmente por el sello Seix Barral y el influjo de la prominente editora Carmen Balcells, como señalan varios diarios españoles.

CRÓNICA DEL ´BOOM´

Ya hacia 1926 comenzaban a darse muestras tempranas del agotamiento de la novela realista tradicional latinoamericana, llamada “novela de la tierra”, e indigenista, que dio títulos como Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes; Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos; y La Vorágine, de José Eustasio Rivera, para dar paso a jóvenes escritores que rompieron los paradigmas establecidos sobre el arte de la escritura en este lado del mundo.

En el llamado boom latinoamericano, tal como señala el crítico británico Donald Shaw y autor de Nueva narrativa latinoamericana, uno de los textos clave para comprender este fenómeno se orientó hacia “la búsqueda de lo universal en un contexto específicamente americano”.

Aunque el boom tiene etapas tempranas como en 1940, es desde 1962 cuando coincidieron en las librerías obras como El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez; La muerte de Artemio Cruz y Aura, de Carlos Fuentes; y La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, por lo que se ha considerado como la fecha más importante del movimiento, que se extendió, de acuerdo con ciertas convenciones, hasta la década de 1970.

Según el crítico francés Jean Franco, experto en el tema del boom y autor de Historia de la literatura latinoamericana, en este momento, “la literatura latinoamericana alcanzó su época de oro. Nadie puede explicar por qué sale a flote al mismo tiempo toda una serie de escritores con un talento excepcional y que, coincidentalmente, tienen perspectivas, preocupaciones y ambiciones del mismo tipo”, explicaba en una entrevista ofrecida al diario El Clarín, de Argentina.

Nunca antes el mundo de las letras había vuelto su mirada a América Latina, centrada como estaba en el europeísmo del resabio de las vanguardias.

Uno de los primeros en desarrollar uno de los conceptos más importantes de la nueva narrativa fue el cubano Alejo Carpentier, quien adscrito al surrealismo francés, se alejó de este por considerarlo un constructo artificial. Carpentier observó que en los países latinoamericanos la realidad convive junto a lo fantástico, dando de esta forma origen a lo que se conoce como “lo real maravilloso”, que queda expresado en sus novelas como Los pasos perdidos, El siglo de las luces, El recurso del método, entre muchas otras.

El mismo Carpentier da la definición en su famoso prólogo a la novela El reino de este mundo (1949), un texto canónico: “En América, el surrealismo resulta cotidiano, corriente, habitual”. Se consigue, según el escritor, “dejando que lo maravilloso fluya libremente de una realidad seguida en todos sus detalles”.

Sin embargo, para Franco “en realidad, esto se aplica sobre todo a países de mestizaje indígena y europeo. Fue un comodín que funcionó muy bien en Europa para entender algunas cosas de la literatura latinoamericana. Pero que acabó sirviendo para creer que cualquier texto que se producía aquí era realismo mágico”.

En opinión del escritor panameño Carlos Wynter, “el boom fue una manera para Europa de comprendernos. Si nos fijamos, veremos que los autores nos marcaron, para bien o para mal, con características que hoy son distintivas; entre ellas, el realismo mágico. Y también fueron una suerte de traductores, porque conocían la cultura literaria europea muy bien”.

Por otro lado, el grupo en el que coinciden autores argentinos de gran relieve, como Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Cásares –quienes fueron figuras centrales de 1940, junto a Miguel Ángel Asturias– y Julio Cortázar, se decantaron por una obra narrativa de corte más universalista. La filosofía existencialista y el estudio del yo interno con temas, como el absurdo o la identidad, signaron a este grupo de creadores y constituyeron una veta original dentro del movimiento del boom.

Shaw advierte estas diferencias: “No hay que pasar por alto la evidente diferencia que existe entre autores como Mallea, Borges o Sábato, que se preocupan ante todo de la condición humana en sí y se declaran herederos de una larga tradición europea, y escritores como Asturias y Carpentier, quienes a pesar de sus lazos importantes con la cultura europea parecen haber encontrado su propia identidad en el Pópol Vuh”.

La renovación, que comenzó en la cuarta década del siglo, se incrementó con los trabajos de los nuevos creadores de la década de 1950: Juan Carlos Onetti, con La vida breve, Los adioses y Para una tumba sin nombre; Juan Rulfo, con Pedro Páramo; Gabriel García Márquez, con La hojarasca; Carlos Fuentes, con La región más transparente; y José María Argüedas, con Los ríos profundos.

Sin embargo, la consolidación del movimiento ocurre en la década de 1960, “la edad dorada de la nueva narrativa hispanoamericana”, con las obras emblemáticas Rayuela, de Cortázar; Cien años de soledad, de García Márquez; Paradiso, de José Lezama Lima; El astillero, de Onetti; Hijo del hombre, de Augusto Roa Bastos; Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato; La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes; La Tregua, de Mario Benedetti; Conversación en la catedral, de Vargas Llosa; y José Donoso, con El obsceno pájaro de la noche.

Wynter dice que “era el momento para que los lectores recibieran nuevos códigos de lectura” .

Ya entrada la década de 1970, se asiste a un fenómeno que Shaw ha llamado ´el boom junior´, que cierra con las obras de Manuel Puig, Severo Sarduy, Fernando Del Paso y Salvador Elizondo. Y de forma más posterior, las obras de Isabel Allende, Tomás Eloy Martínez, Laura Esquivel, Luis Sepúlveda y Antonio Skármeta.

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