El movimiento feminista en la zona del canal

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Vivió un tiempo exiliada en Costa Rica. Al final de la década de 1950 fue condecorada por el presidente Ernesto de la Guardia con la orden Vasco Núñez de Balboa. Vivió un tiempo exiliada en Costa Rica. Al final de la década de 1950 fue condecorada por el presidente Ernesto de la Guardia con la orden Vasco Núñez de Balboa.
Vivió un tiempo exiliada en Costa Rica. Al final de la década de 1950 fue condecorada por el presidente Ernesto de la Guardia con la orden Vasco Núñez de Balboa.

En 1938, el movimiento feminista en Panamá colaboró intensamente con mujeres estadounidenses de la Zona del Canal. Pero, opuesto al sufragio femenino, el presidente Juan Demóstenes Arosemena calificó esta campaña como “una interferencia norteamericana en los asuntos panameños”. Su oposición puso fin a esta colaboración y, por un tiempo, a los esfuerzos para el sufragio femenino en Panamá.

En realidad, la participación de las mujeres de la Zona no representaba “una interferencia”, sino un apoyo, buscado por la líder feminista Clara González y otras panameñas en una época de hostilidad del Estado hacia los derechos de las mujeres. Su colaboración fue facilitada por el Frente Popular en Panamá y por los vínculos entre González y la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM).

La relación entre Clara González y la CIM empezó en 1928 cuando González fue una de las primeras delegadas de la recién fundada primera organización intergubernamental de mujeres americanas. Desde 1929 hasta 1930, mientras estudiaba en Nueva York, trabajó con Doris Stevens, la presidenta de la CIM en su sede en Washington. Como abogada y siendo la única mujer en la oficina que hablaba español, González jugó un papel decisivo en la creación del gran compendio de las leyes nacionales que la CIM utilizaría en sus esfuerzos pioneros para promover los derechos internacionales de la mujer.

Cuando González regresó a Panamá en 1930, siguió siendo delegada de la CIM, pero se centró en la reagrupación del Partido Nacional Feminista (PNF), que había fundado en 1923. Junto con sus compañeras Otilia Arosemena de Tejeira, Élida Campodónico de Crespo, y Georgina Jiménez, González amplió el PNF entre trabajadoras y mujeres de las áreas rurales. Como Yolanda Marco Serra, la biógrafa de González, ha explicado, después de la catastrófica crisis económica de 1929, el ascenso del fascismo, y el desarrollo de un Frente Popular en Panamá, el sufragio femenino se estaba convirtiendo en un objetivo clave del Frente Popular, que se movilizó en defensa de la democracia y en oposición a Acción Comunal, de tendencia derechista.

Después del desalentador fracaso de la propuesta para el sufragio femenino en 1936 en la Asamblea Nacional, y tras las viciadas elecciones que le dieron la presidencia a Juan Demóstenes Arosemena, Clara González buscó el apoyo de la CIM. En 1937, Doris Stevens puso a González en contacto con Evelyn Rigby Moore, periodista y esposa de un ingeniero en la Zona. Moore hablaba con fluidez el español y tenía una actitud crítica hacia la política de EU en América Central y el Caribe. Según sus propias palabras, quería fomentar “un mayor entendimiento entre Panamá y la Zona del Canal” a través de las mujeres.

Por estas razones, González encontraba en Moore una socia adecuada y una amiga. Juntas movilizaron una nueva campaña para el sufragio femenino en 1938. Su “Comité Liaison” de la CIM ganó adeptas de otros grupos de mujeres en la Zona y en Panamá, incluyendo Acción Social Feminista de Colón, un grupo antifascista de trabajadoras, dirigido por Felicia Santizo.

Durante breve tiempo, el movimiento floreció. Como González recordó más tarde, “se hablaba en parques y corrillos del feminismo como cuestión de actualidad... Debido a nuestras conexiones con la Comisión Interamericana de Mujeres... y de esta con las organizaciones femeninas de la Zona del Canal, nos pusimos en contacto con estas, quienes, de la manera más solidaria y fraternal, se dispusieron a colaborar con nosotras tanto en la celebración del congreso proyectado, como en los demás puntos en nuestro programa feminista”.

Esta colaboración culminó con una reunión pública en el Palacio Municipal donde González anunció la “nueva etapa de labores”. Moore, al darse cuenta de que siendo esposa de un funcionario del Gobierno estadounidense su participación podría ser controversial, pidió a su amiga Ruth Williams que hablara en su lugar. Williams y Otilia de Tejeira tomaron la palabra para destacar el fuerte apoyo de las mujeres de la Zona. Dos días después, el presidente Arosemena mostró públicamente su ira por este apoyo.

En El Panamá América, en su artículo titulado “Soy opuesto al voto femenino” declaró que vetaría cualquier ley del sufragio aprobada por la Asamblea Nacional. El sufragio “no es aspiración nacional ni realidad social –escribió- sino una meta de una minoría marginal”. Insistiendo en que el movimiento era el resultado de la interferencia de EU, se quejó ante el gobernador.

Como consecuencia, el gobernador prohibió la comunicación entre las mujeres de la Zona y las feministas panameñas, y amenazó con deportar a Ruth Williams si continuaba con las mujeres del PNF.

Los periódicos de la Zona, sin embargo, especularon acerca de que la oposición de Arosemena no se debía a la sospecha de intervención de EU, sino a la amenaza de los izquierdistas que se oponían al control de Acción Comunal. Debido a estas y otras represalias, incluyendo un decreto que prohibía a las maestras panameñas la participación en organizaciones feministas, el PNF se convirtió en una organización semiclandestina y Clara González se exilió a Costa Rica por un tiempo. Sin embargo, la colaboración con las mujeres de la Zona, aunque de corta duración, fue importante. Revela conexiones feministas interamericanas sorprendentes, y estrategias creativas para mantener viva la discusión de las temáticas feministas en medio de un clima político hostil. Estos esfuerzos allanaron el camino para la obtención del derecho al voto para las mujeres en Panamá en la siguiente década.

FUENTES

Editor: Ricardo López Arias

Autor: Katherine Marino, profesora de historia de Ohio State University.

Fotografía: Colección RLA/AVSU

Comentarios: raíces@prensa.com

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