La muerte de Chávez

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Dicen que murió bastantes horas (o bastantes días antes) de lo que el comunicado oficial del Gobierno Bolivariano de Venezuela dijo. Dicen de Chávez los periódicos y otros medios informativos del mundo cualquier cosa, porque todo el mundo, al socaire de la actualidad, se ha puesto a escribir de Chávez, aunque nunca antes se hubieran interesado por ese fenómeno político y social, y ni siquiera por Venezuela.

Es el signo mayor y más claro de nuestro tiempo: la banalización de la información. Por el contrario, otros hemos seguido paso a paso, día a día, cualquier referencia a Chávez y a Venezuela: hemos visto de cerca Venezuela, hemos estudiado su historia y sus leyendas, conocemos el país, y supimos con bastante antelación que cualquier cosa iba a ocurrir en el momento en que la democracia venezolana se convirtió en corrupción institucional, generalizada y total.

La muerte de aquella democracia, cuyo último presidente fue un Rafael Caldera que no era ni la sombra de cuanto había sido, trajo a Chávez y lo mantuvo casi 15 años en el poder. Con elecciones, pero con mucho truco; con apoyo de mucha gente, pero con el rechazo total de otros tantos venezolanos que veían en Chávez un totalitario en ciernes. Y, para colmo, los hermanos Castro, esos jesuitas vestidos de militares de la cabeza a los pies, aconsejando cada vez el disparate de Venezuela a cambio de petróleo.

Sí, es verdad, y quien lo niegue se está equivocando: Chávez hizo bastante más que muchos gobiernos democráticos anteriores porque los más pobres y los miserables tuvieran finalmente un médico, un maestro, una casa. Pero todos eran cubanos, el maestro, el médico y la casa; y también la policía, al mando de un criminal cubano que se llama Ramiro Valdés, ministro del Interior de los Castro durante 20 años. 60,000 cubanos es el cálculo más racional de los residentes en Venezuela desde que Chávez llegó a la Presidencia.

Carlos Fuentes, el novelista mexicano nacido en Panamá, lo llamó “un Mussolini tropical”, pero yo creo que era más una reencarnación de Sukarno en el Caribe que un italiano gordo y fascista. Y ahora que lo digo, ¿era Chávez fascista? Era golpista, un militar con ambiciones de poder civil, un ego con enormes ilusiones de convertirse en héroe. Ahora lo harán, como a Bolívar, también un mártir: ya se ha insinuado por parte de Nicolás Maduro que a Chávez le inyectaron el cáncer sus enemigos, otra idea genial de los Castro.

De lo que no me caben dudas es de que este tiempo convulso de Venezuela tiene dentro muchas novelas, muchas historias, muchas leyendas: tiene dentro un corpus literario que irá saliendo conforme el miedo se vaya quitando de las calles, que es donde está ahora y desde hace 15 años, y vaya quedándose a descansar como un pasado tenebroso en la mentalidad del ciudadano venezolano.

Chávez se va. No sé si el chavismo creado por él, esa especie de populismo con ínfulas y plumas de socialismo ramplón, sobrevivirá a su creador. Más bien creo que el culto a su personalidad, desarrollado hasta la demencia por él, que se llamó a sí mismo “el corazón de la patria”, está garantizado desde ahora para un país que tendría que estar mucho más desarrollado cultural, social, política y económicamente que lo que está.

Chávez deja al país en el suelo: una inflación disparada, un desastre social y un pueblo dividido. Él lo hizo y los que vienen detrás tendrán que arreglarlo, si no quieren verse envueltos en las llamas de una gran guerra civil que no quiere nadie, ni siquiera las dos partes encontradas en el campo de batalla político.

Tocan ahora a Venezuela, y a toda la zona, vivir tiempos interesantes. Vivir una historia de pasión donde debe integrarse por encima de todo la razón individual y colectiva.

Conozco bien Venezuela: sé de sus historias, de sus leyendas, de sus mitos viejos y nuevos. Sé de su gente, de la gente del pueblo y de los pensadores del país, gentes buenas y sensatas que ahora tendrán que hacer el esfuerzo de enterrar el odio que sembró el militar fallecido e ir olvidado la guerra encubierta que proclamaba contra sus enemigos.

Chávez muere, pero Venezuela está viva. No sé si más viva que nunca, pero algo pasará para que en el camino el país consiga el éxito en libertad y en democracia. Ni la vieja democracia que trajo a Chávez ni el régimen autoritario, tramposo y descabellado que él trajo a Venezuela. Ya han sido enterrado sus restos “inmortales” (como dijo Maduro), ahora queda la memoria del hombre que quiso ser más que su país: el hombre, Chávez, que quiso ser el Bolívar del siglo XXI.

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