Un mundo sin cielo

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En la última tarde del mes de diciembre del año pasado, con una mirada indescifrable y sin una lágrima en los ojos, se despidió de este mundo, mi hermano el profesor Ernesto Young Núñez, quien había compartido conmigo el inescrutable y misterioso destino de todos los seres humanos.

Había dejado atrás sus más bellos sueños y el efímero y gran amor por su esposa, pero como escribió una vez el periodista italiano Giovanni Grazzini del Corriere della Serra: “Tenía en la sonrisa el llanto del mundo y en las lágrimas de las cosas hacía bailar la alegría de la vida”.

A juzgar por lo que una vez me dijo el poeta José Carr, quien fue su alumno en el Instituto Nacional de Biología y Quimica, sobre su indiscutible calidad de profesor por más de tres décadas, he decidido, como homenaje fraternal, otorgarle mi condecoración póstuma de profesor estrella.

En esta coyuntura de lluvias y flautas melancólicas, quiero traer a estas líneas uno de los más maravillosos haikús que haya leído que pertenece a Jorge Luis Borges, en honor al inolvidable poeta Carlos Francisco Changmarín, recién fallecido. Dice así: “Hoy no nos alegran/ las almendras del huerto/ Son tu recuerdo”.

Este año 2012, es evidente que nos ha dejado una cuota de calamidades y sufrimientos por la violenta respuesta de la naturaleza, por la desmedida ambición humana .

Por mucho tiempo Panamá vivió al margen de estos desastres, a tal punto que se llegó a decir con el corazón henchido y lleno de agradecimiento, que Dios era panameño.

No será necesario atiborrar estas líneas con los terribles problemas que atraviesa la ciudad y las acciones inconsultas y planes torpes que acabarán por borrar nuestra memoria histórica.

Espero que 2013 nos reserve un horizonte de tintes rosados y luminosos, que los trovadores del optimismo inunden nuestro ambiente de amor, paz y esperanza. Quizá no sea todavía demasiado tarde para volver a reanimar los valores abandonados de la transparencia, de la paciencia, de la honestidad, para que de alguna manera puedan detener la ambición desmedida y la incontenible sed de riquezas.

El mundo no va a cambiar, el que debe cambiar es uno mismo, y si uno cambia, el cambio exterior será evidente.

La serenidad interior, sin ninguna duda, es la que nos aliviará los estados de angustia y ansiedad. Los delirios de grandeza son provisionales, por cada Messi surgirá un Chilú que lo empalidezca. Mi hermano Ernesto en cierta ocasión mientras participaba en una maratón de ida y vuelta a Tocumen, cuando pasó por la cantina La Maravilla, creyó que tenía tiempo de tomarse un “copetín” y regresó a la casa a las seis de la tarde con la bicicleta al hombro cuando ya todos los participantes habían regresado a las dos de la tarde y recuerdo que no aguantaba la risa por lo que había hecho.

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