El odio

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Dicen las buenas gentes que el amor mueve montañas. Los creyentes sostienen que es la fe la que mueve el mundo. Todo puede ser.

Pero hay constancia a lo largo de los tiempos que lo que realmente mueve el mundo y todas sus montañas es la mentira, elevada por el ser humano en estos tiempos en toda una sofisticada sabiduría.

También dicen las buenas gentes que hay mentiras piadosas, un oxímoron más, porque nunca la mentira puede hacer un bien a la piedad, más tarde o más temprano la verdad sale a flote y casi siempre con escándalo.

De todos los sentimientos humanos llevados a la exacerbación y al desenfreno irracional, el que más me llama la atención es el odio.

Hay personas, como es mi caso, que odiamos con fervor guerrero todas esas ideas totalitarias que se esconden, en principio, tras un rostro sonriente y justo para acabar después con nuestras libertades.

El odio tribal, ese que se debe en el origen a una tontería sin sustancia y que, con los años, se convierte en un tumor en el alma, sigue haciendo las suyas en todas las ideologías. En muchos lugares del mundo a los niños se les enseña a odiar, sí, a odiar directamente a quienes son los enemigos de su pueblo.

El odio entre palestinos y judíos se recrudeció, con una cierta razón, tras la Segunda Guerra Mundial y la instalación del Estado de Israel en lo que toda la vida fue Palestina.

Ahora no pueden ya vivir juntos, porque el odio de siglos, cultivado en escuelas desde hace muchos años, hace que el enemigo lo sea hasta la destrucción total, de una parte y de otra. O sea, lo que más gusta al odio desenfrenado: el exterminio del contrario.

En tiempos de la dictadura de Franco, el régimen autocrático y nacional-católico odiaba a muerte, exactamente a muerte, a republicanos, socialistas, comunistas, masones, homosexuales y gentes que se atuvieran a la ley dictatorial.

Muchas muertes arbitrarias figuran en la memoria de la más reciente España, precisamente por estos odios frenéticos que descansan en las vísceras de nuestros sentimientos más oscuros, primarios y tribales.

El odio al diferente es otra de esas modalidades que ha vivido durante siglos protegido por el vicio de las razas, que es una mentira como otra cualquiera, fraguada desde la piel hasta el corazón.

Para ganar una guerra definitivamente, decía un conocido general israelí hace unos años, hay que echar toneladas de odio sobre el campo enemigo. Hasta el exterminio total.

Así, sostenía, es imposible perder. De modo que el vencedor en la batalla procedería a ser quien más odio echara sobre el adversario.

Ayer leí por ahí, en uno de los tantos periódicos internacionales que leo al día, que un líder de Hamas aclaraba, para quien siga teniendo dudas, que a Israel había que humillarla y hundirla del todo antes de exterminarla y hacerla desaparecer de la faz de la tierra.

Con tipos así, de un bando y de otro, tan simpáticos y amantes de la vida, ¿dónde vamos a parar?

El odio de clase no es menor. La injusticia, mucho para pocos y poco para muchos, no trae a la postre más que desigualdades sociales y económicas, y en el fondo culturales, que nos impiden la realidad socorrida de la igualdad de oportunidades en un sistema político que se las da todos los días de igualitario. Que me guarden un huevo de la echadura.

El dueño de la realidad es, al fin y al cabo, el odio, esa siembra siniestra que el mal, así, en abstracto, extiende por el mundo hasta llegar a la muerte y al advenimiento de los tres jinetes que aparecen en el Apocalipsis.

¿Por qué hablo hoy del odio? Es una reflexión que nunca sobre en un mundo que resuelve su vida diaria a golpe de odio y de falta de respeto por el otro, que por ahí se empieza y se termina prendiéndole candela a todo el monte. Y cuando el incendio se desborda llega la guerra y la muerte. Nada nuevo bajo el sol, lo sé, y ustedes también.

Pero es asombroso que el ser humano, que avanza a paso lento hacia la libertad, se entretenga tanto tiempo en lanzar cohetes de muerte sobre el enemigo a veces inventado, con la insana intención de mantener los odios llenos de hogueras y arrasar con La Paz en cualquier lugar del mundo.

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