ORGANIZACIÓN DE NACIONES UNIDAS

Las distintas caras de la Asamblea General: Oreste Del Río Sandoval

La celebración de la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) es uno de los acontecimientos de mayor participación, en cuanto a representatividad, de las diferentes naciones del planeta. Durante la Asamblea convergen en la sede de la ONU, en Nueva York, un número cercano a las dos centenas de delegaciones, que forman parte del mayor organismo supranacional del mundo. En las sesiones se suceden presentaciones y discursos de los enviados, a cuya cabeza la mayoría de las veces están los jefes de Estado.

Así, los discursos de los líderes de las principales potencias concitan la atención del público, porque toman posiciones y hacen declaraciones de importancia política internacional. Para otros países más pequeños, la Asamblea General supone una oportunidad inigualable de visibilidad y, si es bien aprovechada, puede desembocar en la posibilidad de ubicar alguno de los temas de interés para esas naciones, por lo general, relegadas en la agenda.

Lo que describí corresponde a lo que se observa con mayor frecuencia en la Asamblea. Visto de esa forma representa un encuentro que abre la coyuntura a discusiones de carácter político, para que los Estados miembros solucionen sus diferencias o establezcan temas para debatir y lograr acuerdos. De esta manera, en el ámbito de la diplomacia, especialmente de la política, hay una cara visible, de orientación más general, y una cara menos notoria, pero igualmente importante, que se traduce en la ejecución de reuniones de carácter privado o bilateral.

Aquí es cuando surgen, para países más pequeños, como el nuestro, las oportunidades de aprovechar un evento de esa trascendencia. Nadie espera que el mundo ponga los ojos en Panamá a partir de la presentación de nuestros representantes en la Asamblea General, muy a pesar de su alto nivel de formación o sus indiscutibles capacidades. Eso rara vez sucede con países pequeños, salvo cuando la oratoria o el histrionismo de la figura que encabeza dicha delegación supera a la relevancia de su país en el concierto internacional. Por mencionar ejemplos, recuerdo el discurso del expresidente uruguayo José Mujica, que lo llevó a alcanzar fama mundial a partir de su elogio a la austeridad y su posición en contra del consumo, o un poco más lejos en el tiempo, la aparición de Hugo Chávez denunciando la presencia del “diablo” (en referencia al expresidente George W. Bush) y reclamando por el olor a azufre que allí persistía.

Dejando de lado esos pintoresquismos, el verdadero provecho para nuestro país se encuentra en las reuniones de los integrantes de nuestra delegación, conformada por funcionarios y profesionales de reconocida capacidad y trayectoria en los temas que se abordan. Los delegados son preparados con meses de anticipación por los mejores técnicos y funcionarios de la Cancillería y de los ministerios. Esto, sin menospreciar, de ninguna manera, la importancia que supone el mensaje que le dirige al mundo el más alto representante del país.

De eso se trata la política y la diplomacia; de un diálogo fructífero y constructivo que permita alcanzar beneficios para las partes. Estas no son ya países o entidades abstractas, sino que terminan siendo personas que alcanzan empleos de mejor calidad, o que acceden a servicios que elevan su calidad de vida. Ejemplo de esto fue la reunión que el presidente Juan Carlos Varela mantuvo, durante la Asamblea, con el emir de Catar, Tamim bin Hamad Al Thani.

En ese encuentro, nuestra delegación presentó un proyecto en Panamá Pacífico que despertó el interés de la delegación catarí, y se acordó la visita para que conozcan de primera mano las instalaciones y considerar proyectos de inversión.

¿De qué otra manera, si no a través de reuniones de este tipo, los capitales de países lejanos, física y culturalmente, podrían conocer de primera mano los proyectos que impulsan el desarrollo de nuestra comunidad?

Sin duda, esta diplomacia invisible, lejos de los reflectores y de la prensa, cada vez es más primordial para acercar ese desarrollo, donde se necesita. En un mundo cada vez más globalizado son los puentes –no los muros– los que determinarán el enaltecimiento de las naciones, y los días de prosperidad y alegría para nuestra gente.

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