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EN BUSCA DE CONSENSO

‘Constitución’ y constituyente: Gilberto Sucre

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‘Constitución’ y constituyente: Gilberto Sucre

Me parece injusto reclamarle a cualquier político –el actual presidente incluido– por incumplir sus promesas electorales, siendo que los votantes solo eligen a quienes les prometen el cielo en la tierra. Más injusto aún reclamarle a él, que está cumpliendo muchas de sus promesas, algunas de las cuales yo habría preferido que olvidara. Así que me alivia que el presidente haya concluido que la constituyente es absolutamente inconveniente. Y es que voces, sumamente autorizadas, hayan señalado hasta la saciedad que a ella se sabe cómo se entra, pero no cómo se sale, amén de que, por bonito que quede el traje, no produce per se mayor seguridad, mejor educación y salud, reducción del costo de vida, agua potable, electricidad barata, transporte eficiente y otras importantes soluciones por las que clama el ciudadano.

La Constitución Política vigente solo permite y regula la constituyente paralela, cualquier otra rompería el orden constitucional, lo que, supongo, no se busca. A ella se llega por convocatoria del Ejecutivo, ratificada por mayoría absoluta de diputados, por convocatoria de las dos terceras partes de la propia Asamblea o mediante iniciativa ciudadana, avalada con la firma del 20% de los electores al 31 de diciembre del año anterior, que en Nochevieja de 2015 sumaban más de 2 millones y medio, por lo que, acogida la iniciativa por el Tribunal Electoral, los promotores cuentan con seis meses para reunir las 500 mil firmas necesarias.

Coronada alguna de las tres modalidades, el Tribunal Electoral convocará para no antes de tres ni más allá de seis meses, a la elección de 60 constituyentes; quienes tendrán, a su vez, no menos de seis ni más de nueve meses para entregar el texto de la nueva Constitución al Tribunal. Recibido el texto, lo publicará de inmediato y lo someterá a referéndum no antes de tres ni más allá de seis meses. El periplo, en el mejor de los casos, es de 12 meses y varios días; en el peor, de 27 meses y varios más.

Queda, exclusivamente, en manos del Tribunal Electoral conjugar el sistema para elegir los convencionales, sin más guía que procurar la representación proporcional de los panameños de todas las provincias y comarcas, según la población electoral, y permitiendo, además de la partidaria, la libre postulación.

Los 60 favorecidos quedan en absoluta libertad de dotarnos de las normas constitucionales que a bien tengan, excepto de las que seguramente más quisieran: hacerlas retroactivas, despedir a los funcionarios electos o designados y asumir los derechos y deberes de la otra Asamblea.

Presumiendo –lo que ya es mucho pedir– que al menos en esta peripecia, los términos, las convocatorias, las reglamentaciones y las elecciones se den sin contratiempo alguno y sean del agrado de tirios y troyanos, y que los 60 investidos revistan la capacidad, seriedad y voluntad de dotar al país de una carta magna mejor que la actual, ¿cuál es esa? ¿La que quiere el lector, el que escribe, el elector sin imposición ni engaño; o la que decidan los diputados por mayoría de 31 votos?

Imaginémonos ¿cómo podría quedar conformada tal constituyente?, ¿qué disímiles grupos de intereses, posiciones y creencias particulares pretenderían elevar sus normas a rango constitucional? y ¿qué consabidos grupos tradicionales pretenderían evitar que se modifiquen sus canonjías, al contrario, que se confirmen y amplíen? ¡Espantado quedo!

La constituyente paralela pareciera un ejercicio poco juicioso. Lo prudente sería consensuar lo que se quiere, plasmarlo en un texto constitucional y aprobar esta nueva Constitución en un referéndum ilustrado, en ese orden. Y consenso no es unanimidad, ni lo que quiera la mayoría ni los partidos políticos ni la sociedad civil ni la militar ni los organismos internacionales. Es el acuerdo producido por el consentimiento de todos los grupos y, dentro de estos, por todos sus miembros. Es el producto de un toma y daca en el que, al final, todos los sometidos a la nueva Constitución quedamos contentos con el todo, aunque no todos estemos de acuerdo en todo.

No creo correcto, entonces, enrostrarle al presidente una promesa que creo hizo de muy buena fe, pero que el tiempo y la experiencia le permiten barruntar lesiva a la tranquilidad nacional. Difícilmente puede regateársele su inclinación a buscar consensos aun en temas que, tal vez, otros preferiríamos ver resueltos a rajatabla. Por ello, permitámosle y agradezcámosle sustituir la constituyente paralela por un proceso de reforma constitucional más cónsono con la realidad y necesidades nacionales.

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