EDUCACIÓN

Pedagogía y formación humana: Elda Maúd De León

Cuando se habla de pedagogía generalmente se piensa en los procedimientos y las técnicas para la enseñanza, sin referirla a los diversos factores que toman parte en la profesionalización del docente. Vista así, no es más que un instrumento.

La polémica acerca de si la pedagogía puede considerarse una ciencia se agudizó en el siglo XIX, cuando Immanuel Kant definió los requisitos del conocimiento científico basándose solo en las ciencias naturales. No obstante, la pedagogía no es reemplazable, ni siquiera por las didácticas especiales de cada ciencia. Esta aseveración, y mucho más, es lo que ilustra el doctor Rafael Flórez Ochoa en su libro Pedagogía del conocimiento que analizaremos a continuación.

Desde el pedagogo Commenio (siglo XVII) hasta hoy, existe una constante: se espera que la educación de niños y jóvenes funcione como un proceso de humanización. Jean-Jacques Rousseau y los filósofos ilustrados compartieron ese concepto enriquecido por la concepción de Hegel: “El hombre se desarrolla, se forma y se humaniza no por moldeamiento exterior, sino como enriquecimiento que se produce desde el interior mismo del sujeto, como un despliegue de la propia espiritualidad que se va forjando en el cultivo de la razón y de la sensibilidad, en el contacto con la cultura propia y universal, la filosofía, las ciencias, el arte y el lenguaje”. Sin duda, ese es el objeto de una pedagogía científica.

La condición del ser humano es formarse, integrarse, convertirse en un ser espiritual capaz de ascender a la universalidad a través del trabajo y de la reflexión filosófica, partiendo de las propias raíces. La formación es el fin perdurable. Mientras tanto, formar a un ser humano es facilitarle que asuma su propia racionalidad, reconociendo fraternalmente a sus semejantes el mismo derecho y la misma dignidad. Este concepto de formación no es sustituible por habilidades y destrezas particulares, ni por objetivos específicos de instrucción, estos son, apenas, medios para formarse como ser espiritual.

En la actualidad, la pedagogía requiere dos cosas fundamentales: elaborar una teoría propia, así como métodos y mecanismos certeros de validación de su acción. Y la tarea básica de los pedagogos contemporáneos es resolver las preguntas que se hicieron los clásicos: ¿en qué sentido o hacia dónde se humaniza un individuo?; ¿cómo se desarrolla este proceso de humanización?; ¿con qué experiencias?; ¿con qué técnicas y métodos?; ¿cómo se regula la interacción maestro-alumno? Hoy, estas preguntas deberían tener respuestas un tanto diferentes.

El objeto pedagógico es complejo e histórico: el aprendiz solo se forma en interacción con el conocimiento y la verdad, en conexión con la historia y la cultura. Sus estructuras cognoscitivas, como organizaciones mentales de la experiencia previa, se reestructuran permanentemente, se “acomodan” con los nuevos aprendizajes.

Gracias al avance de la ciencia es posible idear principios pedagógicos y criterios que permitan influir en la estructura cognoscitiva previa del aprendiz, así como elaborar los aspectos teóricos que le faciliten nuevas estrategias de procesamiento de la información, de síntesis, interpretación, organización y su transformación en nuevos aprendizajes.

La pedagogía no solo es aplicable a los niños, todos los individuos están en desarrollo ininterrumpido; la estructura cognitiva nunca está acabada, siempre podrá reestructurarse por una nueva experiencia o una nueva concepción del mundo. El proceso de conocimiento y autoformación espiritual dura toda la vida.

Actualmente, la posibilidad de una ciencia pedagógica implica superar el método como estrategia que guía la enseñanza, es decir, que la normatividad que preside este proceso emane de la comprensión teórica sobre la interacción entre el pensamiento científico-cultural contemporáneo y la actividad cognoscitiva de los sujetos en formación.

Resta decir que para lograr calidad en la educación se necesita que la actividad educativa esté basada en una teoría pedagógica y que los educadores estén formados con ella como plataforma de base. Quedan abiertas dos interrogantes: ¿Cómo podemos reconocer que estamos en presencia de una teoría pedagógica? ¿Cómo determinar que una práctica escolar es antipedagógica?

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