CRÍTICA A LA ACADEMIA

El desatino del Premio Nobel de Literatura: Enrique Jaramillo Levi

Los premios, sin duda importantes cuando se otorgan con ecuanimidad y justicia, no son más que reconocimientos, estímulos, pasaportes de honor para quienes son reconocidos en público, por su labor y logros en algunos de los aspectos del quehacer humano que puedan merecer el aprecio reiterado, tanto de quienes los admiran como de quienes no los conocen, así como para ser valorados más allá de la peripecia cotidiana. Y sin duda, para que, motivados por la distinción, los homenajeados continúen bregando, con talento y decisión inquebrantable, transitando de formas novedosas por el camino correcto.

Los premios Nobel instaurados a partir de la voluntad expresa y la herencia económica y moral del químico, ingeniero, inventor y fabricante de armas sueco, famoso sobre todo por la invención de la dinamita y por crear los premios que llevan su nombre: Alfredo Nobel (1833-1896), han gozado casi siempre de una admiración particular. Se les considera los más importantes del mundo, en cuanto a prestigio y recompensa económica. Son galardones internacionales que se otorgan cada año a personas o instituciones que hayan llevado a cabo investigaciones, descubrimientos o contribuciones notables para la humanidad.

La Fundación Nobel fue instituida como una organización privada en 1900; tiene como función gestionar las finanzas y la administración de los premios. De acuerdo con la voluntad de su creador, su tarea primordial es la gestión de la fortuna que él mismo legó. Y hay seis categorías del Premio Nobel que funcionan autónomamente, con jurados distintos: de Química, de Física, de Medicina, de Economía, de Literatura y de la Paz.

Este año, al conocerse el ganador del premio de Literatura, ocurrió un fenómeno del todo inusitado, el jurado sueco anunció que no habían premiado a un escritor de raigambre y proyección internacional por la calidad universal de su obra, sino a un reconocido cantautor popular estadounidense: Bob Dylan. A continuación expongo mi opinión sobre la afrenta que esta decisión significa para los escritores sobresalientes del mundo. A mi juicio, un desatino absoluto.

El Premio Nobel de Literatura debe ser para galardonar la mejor literatura: la letra de una pieza musical puede ser todo lo poética e inspirada que se quiera (y que se pueda lograr), pero no es de ninguna manera literatura, esa visión del mundo profunda, compleja, iluminadora que solo la novela, el cuento, la poesía, la obra teatral o un brillante ensayo puede producir. Además, lo que debe premiarse es la excelencia de la Obra (así, con mayúscula) de toda una vida, su contribución a entender mejor los claroscuros de la vida, de la experiencia humana; no el hecho de producir una sola obra meritoria, porque ya se sabe que a veces el burro toca la flauta por casualidad.

Bob Dylan siempre ha sido un compositor y cantante original, diferente, extrañamente carismático y popular. Pero definitivamente no es un escritor. Con tantos escritores de impresionante trayectoria y autoría múltiple en tantos países, premiar a Dylan es una soberana estupidez, y una bofetada a brillantes autores, como los estadounidenses Philip Roth, Joyce Carol Oates, Don DeLillo y Cormac McCarthy; el japonés Haruki Murakami; el portugués Antonio Lobo Antunes, el poeta sirio Adonis; el israelí Amos Oz; el italiano Claudio Magris, el argentino César Aira, el albanés Ismail Kaderé; o el checo Milán Kundera, todos en la lista de candidatos para este año, entre otros.

Hay premios muy honrosos para músicos y cantantes, el Nobel no tiene entre sus galardones esa categoría del quehacer humano. No se vale torcer o forzar las cosas en un supuesto afán de hibridación posmoderna. Lo ocurrido debe incomodar, por supuesto, a quienes a diario ejercemos este oficio con tenacidad y rigor inclaudicables; y además defendemos en nuestros colegas de otros ámbitos y del propio, el oficio maravilloso de escribir creativamente, auscultando los linderos de la vida y las posibilidades sin límite de la imaginación.

Si bien ante la absurda decisión de la academia sueca este año ya no hay nada que hacer, protestar, con dignidad y altura, nunca está de más. Si bien hay gustos para todo y criterios encontrados en materia literaria y artística en general, como también ocurre en cuanto a política y religión, entre otros terrenos, esperemos que no vuelva a repetirse un desatino como este en años venideros.

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