RELACIONES INTERNACIONALES

‘Tío Puerquito’ o ‘The Ugly American’: Carlos Guevara Mann

‘Tío Puerquito’ o ‘The Ugly American’: Carlos Guevara Mann ‘Tío Puerquito’ o ‘The Ugly American’: Carlos Guevara Mann
‘Tío Puerquito’ o ‘The Ugly American’: Carlos Guevara Mann

Este es el Puerquito / de la gran pirueta / que por donde pasa / deja su manteca. / Viene de Chicago/ con su gran hocico / seguro del triunfo / solo porque es rico.

Los versos de Sinán me llamaron la atención desde que, muy niño, los escuché por primera vez, cantados al compás de la melodía de Gonzalo Brenes, quien compuso la música de La cucarachita mandinga. Recordé al Tío Puerquito años más tarde, cuando un gringo patán, ordinario y mal hablado vociferaba (what the fuck!) en un hotel de Chiriquí porque la gerente amablemente le había pedido que dejara de fumar (contraviene nuestra legislación, en vano trataba de explicarle).

Mamá, con su habitual perspicacia y vasta cultura, no dudó en caracterizarlo: The Ugly American. Se refería, claro está, a la novela, luego llevada a la pantalla (con Marlon Brandon en el papel estelar) sobre el supuesto diplomático estadounidense cuya insensibilidad y altanería deterioran el prestigio de su país en el extranjero.

Años más tarde, alguien bastante parecido al Tío Puerquito o The Ugly American ha alcanzado la posición más poderosa del mundo, gracias a su discurso de odio, vulgaridad, desprecio, resentimiento, arrogancia, ignominia, chabacanería, ruindad, indecencia, procacidad y sensacionalismo. En aras de su ambición, no se detuvo ante nada para apelar al elemento más bajo de la sociedad. Como el demagogo descrito por Aristóteles, recurrió a las chapucerías más inauditas para apelar al white trash con su discurso fascistoide, de violencia y supremacía racial. Y triunfó.

Aunque la deploro, no me sorprendió su victoria. Conozco bastante bien a Estados Unidos, cuya prensa libre y combativa es fuente de inspiración, cuyo sistema universitario, en el cual me formé, es el mejor del planeta y cuya admirable arquitectura constitucional, una de las maravillas del mundo moderno, ha funcionado, con altas y bajas, durante 230 años (desde la promulgación de la Constitución de 1787) e inspiró el diseño institucional de todas las repúblicas contemporáneas (incluida la nuestra).

Esa arquitectura enfrentará un enorme desafío a partir de enero próximo, cuando un individuo impulsivo, avaricioso y sin escrúpulos asumirá el poder con apoyo de las dos cámaras del Congreso, la Corte Suprema de Justicia (que pronto dominará) y el Partido Republicano (que ante su victoria terminará por allanársele).

Mi esperanza es que lo que queda del sistema federal y la prensa libre (con excepción de Fox y Breitbart News) puedan ejercer algún contrapeso, al menos hasta la próxima elección de congresistas (2018) cuando –ojalá– pueda restablecerse, al menos parcialmente, el equilibrio de poderes.

Lamento lo ocurrido en un país tan admirable en muchos sentidos, al cual estamos estrechamente conectados desde hace 17 décadas (cuando Colombia nos entregó a la hegemonía estadounidense mediante su tratado Mallarino-Bidlack de 1846) y cuyo liderazgo es parte central del sistema internacional vigente. Pero no es tiempo para sensiblerías. Es momento de pensar con la mente fría, de hacer cálculos racionales, de recurrir al realismo prudente, como lo recomiendan los grandes exponentes de las relaciones internacionales, desde Tucídides hasta Maquiavelo.

Tristemente, no hay en nuestro ámbito lugar para ese análisis sensato. Acá solo hay espacio para la banalidad y el latrocinio.

Meses atrás, cuando se presagiaba el desenlace electoral en Estados Unidos, el Consejo de Gabinete, la Asamblea Nacional, el Consejo Nacional de Relaciones Exteriores, la Universidad de Panamá y otras entidades oficiales y de la sociedad civil han debido considerar posibles escenarios y planes de acción para nuestro país. Nada hicieron, por lo que el triunfo señalado nos ha pillado desprevenidos.

Sobre el particular, mucho se podría decir, pero la columna ya no da más que para un consejo a la partidocracia y sus secuaces. Tío Puerquito es más ambicioso, codicioso y poderoso que ustedes, por lo que les conviene conducirse con precaución.

Como con su corrupción sigan poniendo en juego la viabilidad del país o la operación del Canal, en cualquier momento se arrebata el coloso e invoca la cláusula De Concini del Tratado Torrijos-Carter de Neutralidad. En la etapa de unilateralismo a ultranza que está por iniciarse, poco recurso habrá contra el guerrerismo y la agresividad. Así que a andar con cuidado.

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