RESPETO, AFECTO Y VALORES

Uniones igualitarias, un derecho

Cuando discutíamos el proyecto de ley 61 sobre educación sexual, en la Comisión de Salud de la Asamblea (aunque no lo crean), se dijo, tratando de desviar el tema, que el proyecto buscaba el matrimonio igualitario, el aborto, la eutanasia, la clonación y quién sabe qué otro montón de cosas de las que arguyen los “cristialibanes” cuando quieren enredar la discusión. En aquel momento, les dije que ojalá Panamá llegara a madurar socialmente para discutir estos temas. Uno de mis interlocutores, me miró con la cara que supongo los apóstoles miraron a Pilatos cuando se lavó la manos...

Pues, aunque parezca mentira, el momento de discutir el tema de las uniones entre personas del mismo sexo, llegó antes de lo que yo mismo pensé, porque hay dos recursos ante la Corte Suprema de Justicia cuestionando la interpretación que se ha dado a la Constitución (donde se defiende el matrimonio sin especificar que sea solo entre hombre y mujer), y el privilegio que representa para las parejas heterosexuales, que el Código de la Familia defina las uniones legales solo como heterosexuales. Lo primero que hay que definir es que civilmente, lo que llamamos matrimonio no es más que un contrato entre dos personas para compartir responsabilidades y beneficios. En realidad, ningún contrato civil está limitado a unos grupos y a otros no, porque la Constitución prohíbe fueros y privilegios, así como la discriminación por cualquier razón. Igualmente, Panamá es signataria de infinitos tratados que garantizan que todos los seres humanos son iguales ante la ley. Y que todos, están sujetos a los mismos derechos y deberes. La idea de legalizar estas uniones, implica el derecho a heredar directamente en caso de fallecimiento y obtener beneficios como seguridad social o pensiones, tal cual ocurre en las uniones de parejas heterosexuales.

Pero impedir, por ley, la unión civil voluntaria entre dos personas adultas, simplemente por su orientación sexual, quieran o no, es una forma de discriminación. Y eso no lo reconocen, inventando toda clase de excusas baladíes. Para eso, se inventaron la “ideología de género”, que no es más que un concepto ficticio, que busca mantener el desprecio al que han estado sometidos los homosexuales desde hace siglos. Y si no, les propongo que lean los mensajes que generará este artículo en redes sociales y en la sección de comentarios de La Prensa. Seguro me llamarán todo tipo de adjetivos insinuando mi homosexualidad, lo cual, no entienden, no le genera incomodidad a quien no comparta sus dificultades para aceptar la diversidad como elemento normal de toda sociedad. Decir “pues si quieren compartir que hagan un testamento”, no resuelve nada, pues exactamente es ese derecho a heredar sin testamento lo que se busca. Si dos adultos deciden compartir su vida, en caso de morir uno de ellos, el otro debe poder obtener los mismos beneficios que cualquier pareja que haya legalizado su unión civil.

Pero estos movimientos para evitar la evolución social no son algo nuevo. Lo mismo ocurrió cuando se abolió la esclavitud, cuando las mujeres exigieron el voto, cuando se luchó por los derechos de la raza negra y conforme las uniones igualitarias se han ido aprobando en diferentes lugares. Y el argumento del Tribunal de Estrasburgo, no es muy válido, porque lo que allí se dictaminó es que el matrimonio no es un “derecho humano”, sino una institución que debe ser reglamentada por cada Estado. Justamente lo que se está proponiendo.

Sin embargo, hay elementos que vale la pena analizar. El término matrimonio, estamos de acuerdo que pueda estar definido como la unión entre hombre y mujer. Si es ese el caso, y lo que se busca es equiparar derechos, pudiera llamarse unión civil, siempre y cuando implique los mismos derechos. Al final, la inmensa mayoría de los argumentos de quienes se oponen, tienen fondo religioso. Lo de “Dios creó hombre y mujer” no puede desligarse de sus supuestas razones. Y en ese sentido, yo estoy de acuerdo con ellos en que no hay que confundir lo religioso con lo civil. Si una iglesia tiene una regla, quienes formen parte de ella, deben cumplirla. Por ejemplo, los hebreos, en su mayoría no aprueban los matrimonios con otras religiones. Pero, la ley panameña, no se puede oponer a que hebreos se casen con católicos o evangélicos. Exactamente igual, debería ser con las parejas homosexuales. Si la iglesia no está de acuerdo, perfecto... pero la ley, es diferente.

El peligro en permitir que la religión meta sus garras en la toma de decisiones del ámbito civil, es mucho peor de lo que pensamos. Si no, pensemos que, si les permitiéramos, los “cristialibanes” impedirían la esterilización, los anticonceptivos y el divorcio. El otro argumento, es que “comienzan por eso, y luego querrán adoptar niños”. ¿Y por qué no?... Tanto la Asociación Psicológica Americana, como la Academia Americana de Pediatría, han confirmado que los niños que crecen con parejas del mismo sexo, no tienen mayor incidencia de trastornos de personalidad ni de homosexualidad que si crecen con parejas heterosexuales. El peor error en esto, es partir de la premisa de que los homosexuales no tienen las capacidades para criar niños. Los estudios médicos demuestran que lo que los niños necesitan no es una mamá y un papá, sino un ambiente de respeto, afecto y valores, que no es exclusivo de parejas heterosexuales ni mucho menos. Yo conozco parejas homosexuales con valores humanos más cercanos a lo que yo quisiera que aprendieran mis hijos, que muchos heterosexuales que, aunque van a comulgar todos los domingos, son un monumento a la maleantería, la corrupción y el adulterio. Sea como sea, Panamá ha logrado un interesante ejercicio para discutir estos temas que, les guste o no, forman parte de la evolución de las sociedades. Esperemos no estemos lejos de dar estos pasos hacia adelante.

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