ESTADOS UNIDOS

El anticuado y antidemocrático sistema electoral americano: Mario J. Galindo H.

El sistema de votación mediante el cual se elige al presidente de Estados Unidos (EU) es, a todas luces, anticuado y, además, antidemocrático. Como es de sobra sabido, la Constitución de ese país dispone que dicho funcionario no es elegido por votación popular directa, sino por un cuerpo colegiado denominado Colegio Electoral, cuyos miembros, llamados en español compromisarios, son designados por los 50 estados. Cada estado elige tantos compromisarios como senadores y miembros de la Cámara de Representantes le correspondan en el congreso federal y cada estado decide, autónomamente, conforme a su propia legislación, la forma en que sus compromisarios votarán en el Colegio Electoral.

No todos los estados tienen la misma cantidad de votos en el Colegio Electoral, ya que si bien todos eligen dos senadores, los miembros de la Cámara de Representantes que cada estado elige varía en función de su respectiva población.

Este curioso tinglado no hace otra cosa que poner de manifiesto, aunque nadie se atreva a decirlo con claridad, la ninguna confianza que los constituyentes estadounidenses de 1787, los llamados “Padres Fundadores” (Founding Fathers) tenían en el pueblo llano. Su temor a la oclocracia, es decir, al gobierno de la plebe es, inocultable. Tanto es así que, en un principio, los compromisarios podían votar libremente para presidente y vicepresidente por quien les diera la gana.

Hoy día no hay tal libertad, ya que, por disponerlo así la ley de todos los estados, excepto dos, los compromisarios están obligados a votar en el Colegio Electoral por el candidato a la presidencia que haya obtenido en el estado de que se trate la mayoría del voto popular. El triunfador en cada estado se lleva todos los votos que en el Colegio Electoral le correspondan a ese estado, aunque haya ganado las elecciones por escasos votos.

Las dos excepciones son los estados de Maine y Nebraska, cuyas respectivas leyes estatales disponen que dos de los votos que les corresponden en el Colegio Electoral se le adjudican al candidato a la presidencia que haya obtenido la mayor cantidad de votos populares en el estado. Para adjudicar los demás votos electorales, el escrutinio del voto popular se realiza, por separado, en las distintas circunscripciones electorales en que el territorio del estado ha sido dividido para elegir a los miembros de la Cámara de Representantes que el estado envía al congreso federal. Así, si en determinada circunscripción gana el candidato A y en otra circunscripción triunfa el candidato B, cada uno obtendrá un voto en el Colegio Electoral. Con ello se procura evitar que un solo candidato se lleve todos los votos electorales de dicho estado, salvo, claro está, que triunfe en todas las susodichas circunscripciones.

El sistema permite que, tal como acaba de ocurrir, resulte elegido presidente el candidato que no obtuvo la mayoría del voto popular. Lo mismo ocurrió, no hace mucho, en las elecciones en que se enfrentaron Al Gore y Bush hijo. El primero obtuvo la mayoría del voto popular, pese a lo cual Bush resultó elegido presidente.

Conviene poner de presente, con un ejemplo muy sencillo, lo absurdo del sistema. Supongamos que en un estado cualquiera el candidato A gana por un margen exiguo de votos, digamos mil votos. Ese candidato se lleva todos los votos de ese estado en el Colegio Electoral. En consecuencia, si ese Estado tiene en el referido colegio 15 votos, al candidato A se le adjudican los 15 votos electorales y al candidato B ninguno, como si este no hubiera participado en las elecciones. Sus votos, simplemente, se echan a la basura.

Si en un segundo estado, que tiene solo ocho votos en el Colegio Electoral, gana el candidato B por 20 mil votos, es claro que el candidato B aventaja al candidato A por 19 mil votos populares, pero iría a la zaga en votos electorales.

Si este resultado se repite en estados cuyos votos electorales dan al candidato A la mayoría en el Colegio Electoral, este será elegido presidente, aunque haya obtenido menos votos populares que el candidato B.

En teoría, semejante desenlace, absurdo y antidemocrático, podría evitarse, sin necesidad de reformar la Constitución federal estadounidense, si todos los estados, en ejercicio de la facultad soberana que les concede dicha Constitución, optaran por distribuir sus votos electorales, como es por demás lógico, en forma proporcional a los votos populares que cada candidato a la presidencia haya obtenido en sus respectivos territorios.

Lamentablemente, no hay posibilidad alguna de que ello ocurra. El Partido Republicano, que controla en la actualidad la mayoría de las gobernaciones y congresos estatales, no lo permitirá, ya que se ha beneficiado con el sistema vigente en las elecciones que acaban de celebrarse entre Hillary Clinton y Donald Trump y en las que, como queda dicho, se enfrentaron Bush hijo y Al Gore.

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