POLÍTICAS INEFICIENTES

De armas, violencia y familia: Ramón A. Mendoza C.

De armas, violencia y familia: Ramón A. Mendoza C. De armas, violencia y familia: Ramón A. Mendoza C.
De armas, violencia y familia: Ramón A. Mendoza C.

La inseguridad ciudadana, que se manifiesta en constantes asesinatos, hurtos, robos y otras tantas figuras del menú delictivo, se ha convertido en parte de la vida cotidiana del panameño. Pero este fenómeno no es nuevo ni ha nacido con el actual gobierno, es el reflejo de una sociedad que se debate en un marisma de antivalores, poca o deficiente educación, y escasa cultura, aupada por la vivencia ejemplar de la corrupción enquistada en todo el organismo gubernamental, y matizada con la incapacidad e ineficiencia administrativa de uno u otro gobierno.

Todo lo anterior se ha fraguado al calor de los más mezquinos intereses políticos y económicos, creados y protegidos para el beneficio de una clase política, corrupta y carroñera, que se alimenta con la desgracia de ese pueblo, al que utiliza cada cinco años para lograr los votos.

Ante este problema, el señor presidente ha lanzado una serie de advertencias y “acciones” destinadas a reducir los índices de violencia, pero es muy probable que resulten inocuas. Las denuncias son graves, pues se señala que la clase política está penetrada por el narcotráfico; que se apadrinan pandillas, tuteladas legalmente por abogados, y que la posesión de armas es factor motivante de la violencia.

Lo cierto es que no existe una política de Estado para afrontar la violencia y, al parecer, la represión ocupa el primer lugar metodológico. Varios organismos estatales tienen programas para tratar de alejar a la juventud de la delincuencia, no obstante, es notoria la desarticulación de las iniciativas, pues operan de forma separada en sus políticas y recursos.

En Panamá, desde hace más de cinco años no es permitido vender armas legales. Se ha impuesto una “veda” a las armerías y se paralizó la expedición y renovación de permisos de armas, con el trasnochado argumento de que las armas legales son una de las principales causas de la violencia callejera. No se venden armas, pero todos los días hay crímenes con armas de fuego, entonces, ¿qué efectos tiene la “veda”?

Siempre se ha sabido que existe un mercado negro y el contrabando. Las autoridades lo saben, perfectamente. Por otra parte, se denunció que algunos miembros de los estamentos de seguridad han estado involucrados en ese turbio negocio. Además, las que son recuperadas y decomisadas desaparecen, misteriosamente, de la custodia oficial, mientras el trasiego fronterizo de armas y municiones continúa.

Ante la incapacidad o falta de voluntad gubernamental, los propietarios han gestado una nueva regulación, pero los genios de la burocracia estatal ignoran esa iniciativa.

La violencia es un problema social complejo e integral que tiene sus raíces en la familia, en especial, las más pobres que son el caldo de cultivo de la delincuencia. Sus miembros permanecen sumidos en los círculos de la pobreza y la violencia. Y nace ahí un desgraciado maridaje, entre pobreza y violencia, exacerbado por las ofertas de hacer fortunas fáciles mediante el narcotráfico.

La entidad competente para atacar estos nefastos círculos es el Ministerio de Desarrollo Social, pero este ministerio es el principal instrumento del clientelismo estatal. Su política de “atacar” la pobreza y la violencia con “transferencias monetarias” (subsidios) no ha dado ni dará resultados. Los pandilleros vuelven a las calles, los fracasos y la deserción escolar se incrementan y gran parte de los subsidios son desviados para otros fines.

La burocracia canallesca, en simbiosis con la corruptela política, elabora estadísticas y cifras que se convierten en un onanismo que disfrutan, indolentemente, ante una realidad cruda y desesperada.

Ni las armas ni la represión son factores concluyentes para reducir la violencia, para ello se requiere un Estado comprometido y honesto que salve a la familia panameña; que rompa el círculo de la pobreza y la violencia e inserte los valores y la educación que le permitan a esa juventud tomar las decisiones correctas, ante un panorama de oportunidades que hoy, para ellos, no existen, y las que hay son aprovechadas por otros. Todo lo demás es demagogia.

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