RELIGIÓN Y ESPEJISMO

¿Por qué soy ateo?

No hay mejor momento para disfrutar la desierta ciudad y ejercitar la actividad intelectual que durante los días de intoxicación religiosa y sonambulismo místico de la Semana Santa. La lectura me hizo topar con un escrito de la periodista Rachel Nuwer, publicado en el portal de la BBC en 2014 titulado “¿Desaparecerá alguna vez la religión?”. Ella entrevistó a sociólogos, psicólogos y neurocientíficos, llegando a la conclusión de que ese escenario parece improbable a mediano plazo, pese a que la ciencia arrincona cada vez más a la superstición. Hay más ateos en la actualidad que nunca antes. Según recientes encuestas (Pew Research Center, Worldwide Independent Network), el porcentaje de creyentes afiliados anda alrededor de 62%-65%, mientras que la cifra de ateos se acerca al 20% (1 de cada 5 sujetos). África, América Latina, sur de Asia y región árabe son los sitios de mayor religiosidad. Los lugares con elevado índice de ateísmo son aquellos Estados laicos que proveen a sus ciudadanos con una elevada y homogénea estabilidad educativa, económica y política (países nórdicos, China, Japón, Reino Unido, Canadá, Corea del Sur, Holanda, República Checa, Alemania, Francia, Israel, Estados Unidos, España y Uruguay).

La creencia en determinada religión es circunstancial y depende, en gran medida, de la región o cultura donde uno viva. Existen 4 mil 200 religiones en el mundo, todas parcialmente derivadas de las cuatro corrientes predominantes: cristianismo, judaísmo, islamismo y paganismo. Aparte de las sustanciales contradicciones entre ellas, todavía continúan ideando dogmas con la excusa de una superior interpretación de sus libros sagrados. El cristianismo (33%, católico y protestante a partes iguales) y el islam (16%) son los credos que lideran el caudal de rebaño. A juzgar por las proporciones, no obstante, la mayor parte del planeta no cree ni en la divinidad de Jehovah/Yahvé y su ícono Jesús ni en la de Alá y su profeta Mahoma. Está claro que mientras haya inopia, inseguridad, miedo a lo desconocido, anhelo de un más allá, adoctrinamiento escolar o escasa ciencia (en dosis variables de culpa), los monoteísmos, politeísmos y las sectas a la carta seguirán aprovechándose para sumar adeptos, ostentar poder, generar fortuna y controlar a las masas. Como decía Schopenhauer: “Las religiones necesitan de oscuridad para brillar”. La ciencia, por el contrario, solo trabaja con la luz mental encendida. En este siglo XXI, los cabecillas religiosos andan temerosos de la internet y las redes sociales, no tanto por el contenido obsceno, la visibilidad de homosexuales o la lucha por la igualdad de género, sino por el generalizado acceso a la información y al pensamiento crítico del que disponen ahora los pueblos.

¿Por qué soy ateo? Una respuesta rápida sería porque pongo en práctica mi capacidad de pensar. Es harto más fácil creer que razonar. La razón es un ejercicio de reflexión sobre asuntos mundanos y existenciales, que se apoya en evidencias concretas, no en especulaciones. Una contestación más elaborada sería porque he leído demasiado texto bíblico, lo que me ha permitido descubrir un sinnúmero de incoherencias, inconsistencias, citas violentas, “milagros” y nigromancias primitivas, fácilmente comprensibles por el avance del conocimiento. El ateísmo es una línea de pensamiento que niega la existencia de cualquier tipo de deidad, adornada con atributos omnipotentes, omnipresentes, omniscientes y misericordiosos, que regula nuestros destinos y responde a nuestras plegarias. Modificando ligeramente una cita atribuida a Epicuro, me pregunto: ¿Desea Dios prevenir los males, los odios y los desastres, pero no puede? Entonces no es omnipotente. ¿No está dispuesto a prevenirlos, aunque podría hacerlo? Entonces es perverso. ¿Está dispuesto a prevenirlos y además puede hacerlo? Si es así, ¿por qué hay tanta hambre, guerra, terrorismo, enfermedad y tragedia natural en la Tierra? Si no está dispuesto ni tampoco puede hacerlo, entonces ¿por qué lo llamamos Dios? Las religiones, ante la imposibilidad de esbozar explicaciones plausibles a estas interrogantes, fraguaron el argumento del “libre albedrío”, una estrategia para justificar las atrocidades y calamidades que padece la humanidad, manteniendo en la inocencia al hipotético creador.

No solo soy ateo, también agnóstico, escéptico, laicista y humanista secular. Agnóstico, porque estimo que el intelecto humano es todavía insuficiente para comprender a cabalidad el misterio del origen del universo. No por eso, sin embargo, se debe inventar a un diseñador invisible. Algunos arguyen que nada puede venir de la nada, pero esta noción aplicaría también a la entelequia sobrenatural. El cosmos, quizás, no tuvo principio ni tendrá fin. Recordemos que el tiempo es algo abstracto, una mera construcción de referencia, fijada por el observador. Escéptico, porque desconfío y dudo de la veracidad de conceptos no probados por métodos científicos rigurosos. Laicista, porque considero que el Estado debe ser independiente de cualquier confesión religiosa. Humanista secular, porque me opongo a que lo religioso dicte pautas morales y proyectos de vida a los demás, basándose en elucubraciones teológicas e imposiciones escasamente éticas, repletas de hipocresías y dobles estándares. No tengo nada en contra de la espiritualidad personal e íntima, necesaria muchas veces para que el creyente logre sosiego, albergue esperanza e imagine un futuro mejor. Las creencias organizadas, empero, han aprovechado esa fe para negocio y causado mucho daño a la humanidad a través de la historia. La única diferencia entre religión y espejismo es la cantidad de gente que se deja engañar…

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