MAL GENERALIZADO

¿Cuál corrupción?

¿Cuál corrupción? ¿Cuál corrupción?
¿Cuál corrupción?

Una de las formidables barreras que debe franquear la humanidad es aquella representada en la historia bíblica mitológica de la torre de Babel, que aparece en el primer libro del Génesis. “Babel” viene del hebreo balal, vocablo onomatopéyico, dado que su sonido imita o recrea su origen y significado, tal como bla-bla-bla, que es confusión o galimatías. Es esa persistente realidad histórica que corrompe el idioma, tal como decir que “neoliberal” es una corriente derechista, cuando en realidad es izquierdista. Es corrupción idiomática y, por tanto, intelectual.

Pervertir el idioma es pervertir los pensamientos y la comunicación humana. La cuarta acepción que da la RAE al vocablo “corrupción”, referida a las organizaciones gubernamentales, está en la “utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores”. Pero, ¿y qué pasó con las tres primeras: El efecto de corromper, la alteración o vicio en un libro o escrito, o el vicio o abuso introducido en las cosas no materiales, como las costumbres o las instituciones?

En particular me consterna la corrupción institucional: a partir de la institución de la familia, del barrio, de los organismos sociales, como las fundaciones y las iglesias, llegando hasta las gubernamentales que mal llamamos “públicas”; haciendo ver que las privadas no son o quedan abiertas al público. Entonces las empresas no son un servicio de y para el público; pero las gubernamentales sí. Es engañar al pueblo, que busca resolver sus necesidades a través de un desviado aparato político; ese que artificiosamente llaman “público”. Y fíjense que la RAE dice de “público” que es “una cosa accesible a todos”. Con ello, el común entiende que la empresa privada es una institución exclusiva de las élites económicas y que el camino natural y único del pobre es a través de las migajas y malos servicios que derraman los poderosos de las mesas del banquete gubernamental. ¡Eso es Babel!

Pensar que “corrupción” solo se refiere al aprovechamiento de los recursos del Estado para beneficio personal, es desatender el mayor y fundamental tema de la corrupción institucional; que es mucho más trascendental. ¿Dónde se fragua la putrefacción gubernamental que se acuesta con algunos convenientes “empresarios”?, si es que a eso podemos llamarle “empresa” o “empresario”. Y esta tesis, la de atender las raíces del problema y no sus simples manifestaciones, exige no solo agudas distinciones entre el comportamiento moral y social de individuos y grupos sociales, incluyendo los nacionales y sus economías. Mientras persista la prostitución de las instituciones, no podremos evitar que los pervertidos se sirvan del erario nacional. Es allí que reside la angosta barrera a la movilidad social.

Desde este punto de vista, el reto no está en enfocarnos en el minúsculo “hombre moral”, sino en la “sociedad inmoral” en la que reside el verdadero dilema ético y político; tal como lo señala Ñeque Noticias. ¿Cómo pedirle ética al pequeño hombre, cuando no la hay en la gran sociedad? Pero igual es dilema, siendo la ética asunto de cada quien. Y es que la persona humana puede ser solidaria con el prójimo, aun cuando ello supere intereses personales; realidad que no se aplica a la entidad social o grupal, que solo pueden reflejar la ética en la medida que ella habite en cada quien. El conglomerado, en buena medida, carece de la capacidad de medir las necesidades del prójimo. Dicho de otra manera: La capacidad moral de los grupos es inferior a la de sus integrantes.

La tendencia típica de la masa que se une en despecho irracional, carecerá de la capacidad para lidiar con los impulsos naturales del ser político mezquino y, por tanto, también de cohesión. En su defecto aflora la manifestación del egoísmo colectivo producto de enfermas instituciones sociales. Y es a través de la institución social prostituida que la masa descarriada clama y se convierte en una dictadura de mayorías irracionales.

Las ciencias físicas lograron su libertad cuando superaron el tradicionalismo de la ignorancia, pero el tradicionalismo que enfrentan las ciencias sociales está fundamentado en los intereses económicos no solo de las clases dominantes, sino de mayorías que se apoderan del timón estatal populista. Pero aun así, la clase trabajadora no logrará liberarse de la dominación económica mediante el ejercicio populista, ya que carece de los elementos esenciales de auténtica moralidad económica. Al final del día solo podremos rectificar rumbos a través de una toma de conciencia lo suficientemente generalizada que se traduzca en un levantamiento contra la corrupción de las instituciones y de sus manifestaciones. Así, al término “corrupción” debemos agregarle el término “social”, pues por más “emberracados” que estemos, si no enfocamos bien el tema, todo ello expirará en las playas de la indolencia, igual que en las arenas expiran las inmensas olas del mar.

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