FLAGELO SOCIAL

352 embarazos después…: Daniel R. Pichel

Llevamos cerca de un mes en que el tema “de moda” en Panamá es la educación sexual. Al principio muchos se limitaban a emitir opiniones, pero conforme pasaron los días y las semanas el tono de las discusiones se ha tornado cada vez más agrio, al punto de que por momentos creo que casi califica como odio.

Como miembro de la directiva de Aplafa, me ha tocado participar en varios foros al respecto. Algunas discusiones fueron muy civilizadas, con presentación de argumentos, sin insultos y tratando de defender posturas sin faltar al respeto. Otras han sido monólogos, pues las contrapartes no muestran interés en participar en foros que consideran les serán hostiles.

Sin embargo, en las redes sociales el tono es de descalificaciones que en nada contribuyen a solucionar las diferencias. Obviamente, después de haber trabajado por ocho años buscando opciones aceptables para quienes se oponen, es frustrante ver que cada vez surgen nuevas razones para decirle que no a cualquier proyecto. A mi modo de ver, ese intento de mantener el statu quo es inaceptable cuando nos referimos a embarazos y enfermedades que representan un elemento primordial en la espiral de pobreza del país.

Visto de manera estricta, la discusión lleva más de 500 años a lo largo de la historia. Al margen de quien tenga la razón y quien esté equivocado, por un lado hay grupos con pensamiento liberal que proponen cambios que implican apertura social y se contraponen a los dogmas sociales; mientras que por el otro están los conservadores, que se oponen a dichos cambios y se aferran a una forma tradicional de manejar la sociedad. Los “liberales” proponen educación sexual abierta, información científica desde edades tempranas, llamarle a las cosas por su nombre, aceptación de todas las preferencias sexuales, como decisiones válidas y la enseñanza de todos los métodos anticonceptivos, desde edades tempranas, bajo la visión pragmática de que los adolescentes en el siglo XXI tienen una gran exposición a material explícito y que iniciarán vida sexual cuando ellos lo decidan, piensen lo que piensen sus padres. Mientras los “conservadores” aspiran a una educación sexual enfocada únicamente en valores familiares, con la abstinencia como prioridad; abogan por el respeto de la inocencia infantil, matizando la información científica, y creen que la homosexualidad debe ser vista como “una anormalidad” propensa a ser curada. Todo esto, bajo el precepto de que la práctica sexual solo debe iniciarse en la vida adulta, y que aceptar lo contrario encaja en lo que califican como “relativismo moral”.

A la luz de los hechos, parece muy difícil que se logre algún acuerdo. Y la razón es simple: en esta discusión se hablan idiomas completamente diferentes. Quienes defienden la ley y los manuales del Ministerio de Educación se basan en datos numéricos, estadísticas y referencias bibliográficas que apoyan la educación sexual integral para prevenir embarazos y reducir las enfermedades de transmisión sexual. Quienes se oponen utilizan argumentos morales, descalificando la metodología propuesta y usando ejemplos de experiencias en otros países, sin validación científica. Para la ciencia es frustrante argumentar contra términos como: “Es que a mí no me parece” o “no se puede aceptar”.

Mientras tanto, los desagradables números siguen aumentando. Desde la masiva marcha del 13 de julio, y de acuerdo con promedios diarios calculados por el Ministerio de Salud (Minsa), 352 adolescentes han quedado embarazadas y unas 250 se han contagiado de enfermedades de transmisión sexual. En el último informe sobre el VIH en el mundo, Panamá es el segundo país en que más ha aumentado el índice de infección, precedido solo por Pakistán y seguido por Catar y Afganistán. Una publicación de la Universidad de Stanford, en Scientific American, reportó que los programas patrocinados por Estados Unidos en África, y que se enfocaban en la abstinencia como única estrategia para evitar infecciones por VIH, han resultado un rotundo fracaso, después de haber invertido mil 400 millones de dólares. Este lunes habrá una concentración de grupos a favor de la ley, en la que seguramente se presentarán infinidad de datos estadísticos que, les aseguro, serán desestimados por quienes se oponen.

Por otro lado, ya fuimos testigos del espectáculo de ignorancia de quienes no tenían idea del porqué los llevaron a protestar el 13 de julio. Un alto porcentaje de quienes allí estaban reconocían no tener idea de qué dice la ley o las guías, pero fueron “porque se lo dijeron en su Iglesia”. Sus datos siguen siendo falsos: es mentira que durante la gestión de Lucy Molinar disminuyera el número de embarazos. Según el Minsa, en 2013 hubo 10 mil 152 embarazos adolescentes; en 2014 la cifra llegó a 10 mil 735, y en 2015 superaron los 13 mil. Para terminar, se invita a una aparente farsante, que dice haber trabajado para el Fondo de Población de las Naciones Unidas y que ahora es activista antitodo, para que despotrique contra la ley.

Mientras los argumentos sigan siendo mentiras, y sin sustento científico, tal vez logren juntar mucho protoplasma hasta conseguir que se devuelva la ley a primer debate. Esta semana, el asunto llegó al punto de que en el Twitter se dijo: “No crean que porque estudiar y ser expertos en esos temas, saben más que nosotros…”. Mientras esos sean los argumentos, nada cambiará con un grupo que propone y el otro que se opone…

Esos fanatismos conservadores, propios de tipos como Donald Trump y compañía, nos tienen peleando por un tema que fue asimilado en las sociedades desarrolladas hace más de 40 años. Pero como dijera Einstein: “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”…


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