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La gran herida sin cerrar

Se cumple medio siglo de la Revolución Cultural, una catástrofe, cuyos efectos políticos y psicológicos aún son muy visibles en la vida cotidiana de los ciudadanos.

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La gran herida sin cerrar

La Revolución Cultural (1966-1976) es aún una herida sin cerrar. Declarada oficialmente una “catástrofe”, el Partido Comunista, instigador de aquel horror, no tiene el más mínimo interés en pasar revista a una época y poner en entredicho su legitimidad para seguir gobernando. El espíritu de Mao es aún uno de los grandes pilares en los que se basa el régimen.

El propio presidente, Xi Jinping, uno de los jóvenes educados que se crio en el exilio interior, parece haber adoptado algunas prácticas heredadas del Gran Timonel: una campaña contra la corrupción que le ha servido para librarse de posibles rivales, un férreo control de la sociedad civil.

Y aunque entre la población pueda existir una cierta nostalgia por algunos de los valores con los que se asocia aquella época –el igualitarismo, sobre todo, frente a las enormes diferencias económicas de ahora–, no parece haber mucho apetito por recordar unos tiempos que fueron de sufrimiento para la mayoría. Un concierto de canciones de aquella época en el Teatro Nacional a principios de este mes suscitó enormes protestas entre los internautas. Las confesiones para pedir perdón que surgieron hace unos años entre algunos guardias rojos han dejado de producirse, en parte debido a las críticas entre la propia población.

Tras la decisión de Mao de azuzar la revolución se encontraba el temor a que China siguiera el camino revisionista que había emprendido la Unión Soviética y se le criticara a él, como Nikita Jrushchev había hecho con Stalin en 1956, según explica el historiador Frank Dikötter, en su reciente libro The Cultural Revolution: A People’s Story (2016). La etapa más siniestra de la historia china en el siglo XX buscaba, sobre todo, una gran purga: cayeron el jefe de Estado Liu Shaoqi, a quien Mao veía como su gran rival, y el más moderado Deng Xiaoping. Liu moriría en prisión en 1969. Deng pasó aquellos años en un campo de reeducación. “El presidente Mao nos había enseñado que la revolución era violencia, y queríamos perpetrar violencia para conseguir la revolución”. Wang Keming, lingüista nacido en 1952 y autor de una recopilación de confesiones de participantes en aquella época, era uno de los millones de “jóvenes educados” trasladados al campo para participar en la Revolución Cultural. Convencido de que la palabra de Mao era ley, buscaba en todas partes posibles enemigos de clase. En 1969, en la aldea de Yujiagou a la que había sido enviado, golpeó brutalmente a un campesino, antiguo jefe de la comuna. “Nunca se nos enseñó a pensar de modo independiente. Adoraba al presidente Mao porque todos en torno a mí pensaban lo mismo y a mí no se me ocurrió ponerlo en entredicho”.

Armados con el Libro Rojo de Mao y luchando contra las “4 antiguallas”–el pensamiento, la cultura, la educación y las costumbres tradicionales– destrozaron obras milenarias de valor incalculable. Los profesores, los intelectuales y las figuras de autoridad fueron los más castigados, sometidos a interminables sesiones de autocrítica, torturas, golpes y asesinatos. El escritor Lao She, quizá el mejor autor teatral chino de su generación, se suicidó en un lago cercano a su casa tras ser sometido a una de esas sesiones.

La brutalidad se extendió por todo el país. Dikötter cita el caso de canibalismo en Wuxuan, en la provincia de Guangxi, donde los aldeanos consumieron la carne de más de 70 víctimas de la revolución. Los jefes comían los trozos más selectos, el corazón o el hígado, y los campesinos corrientes se resignaban con las piernas y los brazos.

Todos eran cómplices y todos sospechosos. El padre hacia los hijos, los hermanos entre sí. Todo podía ser motivo de acusación. Tener un libro occidental. Haber hablado alguna vez con alguien caído en desgracia. Intentar salvar la vida a un gato. El énfasis estaba en combatir a aquellos en posiciones de autoridad que tomaran la vía capitalista. Cuando se fijó este objetivo, la gente rápidamente pensó en sus superiores, explica desde Chongqing Han Pingzao, historiador especialista en la Revolución Cultural y que entonces rompió con su familia para participar en ella.

La locura colectiva comenzó a perder fuelle tres años después. El heredero aparente de Mao, Lin Biao, murió junto a su esposa y su hijo en un misterioso accidente de aviación cuando sobrevolaba Mongolia hacia Rusia, aparentemente para escapar de acusaciones de traición. En los primeros años 70, un Mao ya físicamente en declive y enfrentado a la Unión Soviética, y su primer ministro, el cosmopolita Zhu Enlai, iniciaban una apertura hacia Estados Unidos que culminaría con la visita de Richard Nixon a Pekín.

El 9 de septiembre de 1976 moría Mao Zedong. La Revolución Cultural había acabado. La Banda de los Cuatro -la esposa del Gran Timonel, Jiang Qing, y sus principales acólitos- fueron juzgados públicamente y condenados. Al mando de dirigentes como Deng Xiaoping, otrora purgados, China pasaba página. Al menos en el ámbito económico, donde se ha convertido en la segunda potencia mundial. Política y psicológicamente, aún son muy visibles los efectos de la revolución en la vida cotidiana. Entre otras cosas, la sangrienta represión a las protestas estudiantiles en la plaza Tiananmen en 1989 pueden explicarse en parte como producto del terror de los líderes chinos a otro movimiento juvenil descontrolado.

Pero, aunque apenas se hable en público de ello, los guardias rojos arrepentidos y los historiadores consideran vital hacer un balance desapasionado de aquella época, para poder cerrar heridas y evitar que la historia se repita.

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