DOCTRINAS SOCIALES

La incuestionable victoria de la corrupción y la maldad

La incuestionable victoria de la corrupción y la maldad La incuestionable victoria de la corrupción y la maldad
La incuestionable victoria de la corrupción y la maldad

El derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la felicidad se consideran inalienables y morales. Son principios derivados del aristotelismo. Su implementación ipso jure en la Constitución estadounidense permitió esa explosión de belleza, riqueza y felicidad en el siglo XIX. Pero entre esa comida sana y el veneno de doctrinas malsanas, como la Monroe, en los ordenamientos jurídicos positivos el resultado era la muerte.

Simón Bolívar definía la propiedad, en el proyecto de Angostura de 1819, así: “Es el derecho de gozar y de disponer libremente de sus bienes y del fruto de sus talentos, industria o trabajo”, una noción diametralmente opuesta a lo que manejan los socialistas del siglo XXI. Y como no podemos violar los fundamentos aristotélicos, la filosofía sana, del tercero excluido, o es el derecho a la propiedad o es el derecho a la expropiación. No es mitad propiedad para ti y mitad propiedad para el estatismo. El hecho fundamental no puede ser partido en dos.

La cultura que respiraba Bolívar era el romanticismo –el arte que glorifica al hombre– que coincidió con el surgimiento de la ciencia moderna, las revoluciones y los derechos inalienables. El aristotelismo liberó la mente del hombre para pensar; el capitalismo –su corolario político– llevó el conocimiento a la práctica, y el romanticismo fue su reflejo cultural, con expresiones artísticas del ser occidental por su vida, libertad y búsqueda de la felicidad.

Lástima que ni Víctor Hugo, el más grande de los románticos, pudo proyectar al ser humano ideal –el hombre y la mujer como pudieran y deberían ser–, al no llevar la facultad de la voluntad, la razón, a un plano consciente. Con la aparición de esa doctrina del historicismo, la estadística y el naturalismo, la escuela romántica comenzó a perder su fuerza. Como comenzaron a haber más fracasos que éxitos y más vicios que virtudes, exaltaron las derrotas, los defectos, lo negativo, lo malvado, y redujeron las victorias y los valores a lo irreal o insignificante.

A la República de Panamá y a los medios de comunicación social (televisión, radio y cine) les llegó una escuela romántica, poco seria y que no tenía nada que decir sobre la existencia, los éxitos y los valores humanos. El aristotelismo cedía terreno ante su antítesis, el platonismo; esta vez en su versión más virulenta, el neoplatonismo kantiano del idealismo alemán.

En cambio, las expresiones artísticas que reflejan el caótico estado actual del mundo representan el arte moderno, la adoración de la mediocridad. Nada bueno puede salir de este neofeudalismo, salvo que los individuos comiencen a descubrir ideas vivas.

La noción del libre mercado es aristotélica: el dinero y la realidad esperaban lo mejor de ti, pero misticismo, escepticismo, cinismo, hipocresía, apariencias y amoralidad impidieron captar la esencia de las enseñanzas del nuevo régimen.

Por ejemplo, el doctor que luego de analizar a su paciente le diagnostica cáncer y lo opera, toma una decisión objetiva en el sentido de que, como ser racional, lo hizo con la mayor cantidad de evidencia a favor (o al menos eso espera el mercado); aunque, al final, haya actuado viciosamente al aceptar sobornos de alguna empresa farmacéutica que quiere vender productos para uso postoperatorio. Mientras el paciente no busque una segunda opinión, el mercado aceptará la decisión del médico, aunque el paciente sea víctima de esa decisión. Si después una segunda opinión se descarta la enfermedad, la realidad se convertirá en el último tribunal de apelaciones (que determina qué realmente padecía el paciente) y no habrá manera de culpar a otros por la decisión equivocada. El mercado médico actuó como maestro, y si el médico que se equivocó en el diagnóstico es responsable (error de conocimiento), habrá aprendido la lección; de lo contrario, sus consecuentes quiebres de moral o inmoralidades pondrán en evidencia su negligencia.

El pensador que puso fin a la Ilustración y sentó las bases del siglo XX fue Immanuel Kant. ¿Qué le decía a los pueblos de Occidente que venían de las profundidades de la ignorancia por siglos, y que, por primera vez, obtenían poder mediante el sufragio universal y la opinión pública política? Que un hombre moral, racional y virtuoso no es aquel que obtiene logros, riqueza, felicidad, incluso que cree en Dios, es aquel que obedece el deber social.

Rodeado de la Ilustración, Kant no pudo desarrollar las implicaciones políticas de su filosofía, pero Comte, Hegel y Marx no tuvieron ningún problema, dando surgimiento al colectivismo del siglo XX, el estatismo, en cada una de sus variantes, fascismo, comunismo, socialismo y nazismo, justificando las teocracias orientales y las tribales africanas. El estatismo es una doctrina que sostiene que el ser humano no tiene derechos, que son permisos concebidos por el burócrata de turno, que es real solo si le sirve al grupo y que debe obedecer sin cuestionar a las autoridades, independientemente de la maldad que este sistema social conlleva. El resultado de esta práctica lo vemos por todos lados: una corrupción institucionalizada y al borde de una hecatombe nuclear.

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