CONMEMORACIÓN

‘A mis maestros, con cariño’

Como estudiante sentía una fascinación además de un cariño natural e inmenso por mis maestros, me parecían cuando menos las personas más sabias del mundo. En esas circunstancias, jamás se me ocurrió quejarme en casa de maestro alguno, ni ellos presentaron mayores quejas de mí a mis padres; aunque admito que no siempre fui el más cumplido ni aventajado, pero inculcaron en mí una pasión inmensa por aprender, que aún me acompaña y que, desde esos nostálgicos recuerdos, me hace escribir.

Hoy, desafiando el paso del tiempo y la memoria dulce de mis primeras letras, quiero reconocer mi admiración por el maestro, en especial el rural; ese que deja la comodidad de su casa y a los suyos, y se va en pos de un trabajo que siempre será impagable; pero que en ese entonces, y a mis ojos de niño, representaba el sol más radiante de la escuela y de mi pueblo, y era una fuente infinita de ideas, de opiniones y de consejos.

Hay muchas profesiones, y cada una con su belleza y vocación particular; pero ser maestro es la más bella y noble de todas. El maestro recibe, con suerte, a sus alumnos con poco más que valores de casa. Le toca a él, de la nada, hacer germinar a un ser humano con capacidades y destrezas que pueda encajar en la sociedad contemporánea.

En estos tiempos que avanzan con fuerza hacia un mundo de futuro aciago, el conocimiento es tan relevante y cambiante como nunca. Ya el maestro no es la fuente primera del saber, los libros languidecen en las empolvadas bibliotecas y el niño, en vez de pedir consejo a los mayores, lo pide en internet. Siendo así las cosas, el reto del maestro hoy es ser un guía inspirador en la búsqueda de la verdad y la sabiduría, que yace en nuevas fuentes de conocimiento.

Lo bien recibido de un maestro, jamás se le podrá compensar, pero creo con fervor que nada da más gratificación al corazón de un maestro, que sus alumnos nunca le olviden y que, aunque dejen la escuela, se quede el cálido cariño siempre. Me gusta pensar al maestro como a un marinero que lleva en un tormentoso mar a un frágil buque, con la idea de llegar a buen puerto; eso se evidencia cuando él, orgulloso, ve en unos años a sus otrora alumnos convertidos en hombres y mujeres de bien.

La educación siempre ha sido, es y seguirá siendo, la prosperidad de las naciones. Un niño que no va a la escuela es una indelicadeza social, una desesperanza personal, un iletrado condenado a cadena perpetua; para repeler ese mal y, al decir de don Octavio Fábrega, es “cuando pasa triunfante el maestro, esparciendo torrentes de luz”.

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