COLUMNA INVITADA

Una peligrosa magia verbal: Plinio Apuleyo Mendoza

No lo digo yo, lo dice el escritor británico George Orwell: “El lenguaje político está diseñado para que las mentiras suenen verdaderas”. Sí, es algo que nos concierne, algo que está relacionado con el copioso acuerdo de paz que está a punto de firmarse. Si uno lo examina con cuidado, encuentra otra profética afirmación de Orwell: “Los peores crímenes pueden ser defendidos simplemente cambiando las palabras con las cuales se les describe para hacerlos digeribles e, incluso, atractivos”. De esta magia verbal se sirven las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) para maquillar sus acciones terroristas, convirtiéndolas en acciones propias de la guerra.

Así, por ejemplo, los secuestros son llamados retenciones; la extorsión es un impuesto de guerra; el narcotráfico, un anexo económico de la rebelión; los atentados, operaciones de castigo; las minas antipersona, armas defensivas para proteger sus campamentos, y hasta el atroz atentado al club El Nogal es registrado por los supremos comandantes de las FARC como una acción de fuerza que permitió golpear a la clase dirigente.

Desde luego, para las FARC y para una izquierda continental que permanece fiel al catecismo marxista, revolución es la palabra que exime de culpas y todo lo justifica. En defensa de este sagrado mito, Fidel Castro hizo fusilar a centenares de cubanos opuestos a su régimen, calificándolos de contrarrevolucionarios. Con el mote de revolución bolivariana, el chavismo ha hundido a Venezuela en el peor desastre de su historia. Usando el mismo engaño verbal, sus aliados en el continente satanizan la economía de mercado ofreciendo, con las prebendas del populismo, un ilusorio socialismo del siglo XXI. De su lado, las FARC no se apartan de este objetivo solo que ahora han logrado ponerlo a su alcance, más que con las armas, con lo conseguido por ellas en La Habana.

En busca de un acuerdo de paz a cualquier precio, el Gobierno se ha servido también de palabras engañosas que tienen buen eco en el ámbito internacional. De este modo, la lucha contra una de las más grandes organizaciones narcoterroristas del mundo ha sido presentada como un remediable conflicto armado. En su condición de actores de tal conflicto, las FARC se sentaron en igualdad de condiciones a negociar con el Gobierno como si fuesen dos Estados o dos protagonistas de una guerra civil.

Una enigmática justicia transicional repartirá culpas entre quienes defendieron la democracia y el Estado de derecho, y los responsables de las más crueles acciones terroristas. Mientras los primeros, justa o injustamente, se encuentran recluidos en cárceles, los segundos no pasarán un solo día tras las rejas y sus culpas las purgarán en el Congreso. Gracias a lo acordado, el poder que los cabecillas de las FARC van a obtener será mucho mayor que el que tenían con las armas, pues en aquellas zonas de concentración donde estarán ubicados serán ellos quienes controlarán el desarrollo rural, la economía y la política locales. No solo sembrarán hortalizas, sino la semilla de su credo marxista. De eso no cabe duda.

Una vez obtengan su nuevo estatus político, contarán con recursos adicionales a los que ya les provee el narcotráfico: emisoras de radio, espacios en televisión, el derecho al olvido y el reconocimiento igual al del presidente Santos como protagonistas del anhelado acuerdo de paz. De modo que con este nuevo ropaje democrático buscan enrumbar a Colombia por la misma senda que siguieron Castro, Ortega y Maduro.

Y por si faltara algo en este mañoso juego de palabras, nos queda la pregunta del plebiscito: “¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera?”.

Ante tan comprometedora pregunta, ¿quién se atrevería a votar no? Nunca fue más cierta la frase de Althusser: “Las palabras también son armas, explosivos, calmantes y venenos”.

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