ACEPTAR LAS PREFERENCIAS SEXUALES

‘Cuando un tallo de banano produzca naranjas...’

“Cuando un tallo de banano dé naranjas, ese día aceptaré a los homosexuales”. Esta frase es mía, la dije hace varios años. Como algunos de ustedes, que leen esto, crecí aborreciendo a los homosexuales y lesbianas, y los rechazaba con frases como esas. Por eso, creo pertinente contar mi historia de cómo y por qué superé la homofobia.

Siempre me gustó leer. Leo con frecuencia desde micronoticias en Twitter, artículos online, el Knockout de los domingos, hasta libros extensos de biografía, historia, almanaques de fútbol e incluso la Biblia. Fue así como un día me topé con un artículo que hablaba del famoso científico Albert Einstein y su obsesión de preguntar ¿por qué? a todo. El artículo me pareció fascinante. A raíz de este empecé a notar que todas las personas del calibre de Einstein tenían eso en común, una obsesión con preguntarse ¿por qué? y por cuestionar el statu quo. Ese artículo me motivó a hacer lo mismo y a cuestionar la razón de muchas cosas que dictaban mi vida. Fue así como un día, durante una conversación, me encontré repitiendo la frase del tallo de banano y noté que hasta ese entonces no había cuestionado por qué sentía rechazo hacia los homosexuales. Encontré que la génesis de mi desprecio era solo una: mi formación religiosa.

Ningún homosexual me había hecho nada malo en la vida, al contrario, era yo quien, junto a mis amigos, le habíamos hecho bullying al niño amanerado, en la escuela primaria, que jugaba con muñecas.

Aclaro, no voy condenar mi formación religiosa, gracias a esta he honrado a mi padre y madre, y he tenido amistades inmejorables, entre otras cosas maravillosas. Sin embargo, entiendo que esa formación, si bien fue bien intencionada, no fue infalible. Por ello, debía cuestionarme sobre el porqué de ese odio.

Entonces, un día decidí conversar con un gay de mi trabajo y, por qué no, tratar de ser su amigo. Luego, al ir creciendo, varios amigos y amigas “salieron del clóset” y entendí que su preferencia sexual no cambiaba los valores que me habían demostrado tras años de amistad.

Cuando me hice novio de quien hoy es mi esposa, obtuve una familia extendida, en la que, para mi asombro, había homosexuales. Al conocerlos no pude más que maravillarme de su calidad humana. Uno de esos familiares que, por respeto a su privacidad voy a llamar Pablo, tuvo que mudarse de país para llevar una vida normal. En ese país conoció a quien hoy es su esposo, al que llamaré Francisco y ahora llevan una vida de pareja ejemplar.

Con el tiempo, Pablo y Francisco tuvieron una hija, que ya está grande. Ella es muy feliz y ama a sus padres. He tenido el privilegio de ir innumerables veces a visitar a Pablo, a Francisco y a su hija; he convivido con ellos varios días, y he visto cómo en su casa reina la armonía, el respeto y los valores familiares, entre muchas otras cualidades. Ambos son profesionales, emprendedores, ejemplares y honestos.

Resulta que, contrario a lo que alguna vez llegué a pensar, su preferencia sexual no define ni cambia quiénes son como personas. Es por ello que les confiaría a mi hijo en su hogar el día que fuera. Mi esposa comparte este sentimiento.

Los años han pasado y todavía cuando revalúo el porqué de mi antigua aversión hacia los homosexuales, la conclusión no cambia: fue un prejuicio religioso depositado en mi mente desde pequeño. A pesar de entender que era un prejuicio, mi duda no quedó ahí, investigué si la homosexualidad podía ser algo natural. Pues resulta que, aunque he resumido mi evolución en un par de párrafos, me tomó varios años cambiar de forma de pensar. La homofobia no tiene un switch de prender y apagar.

Fue así como encontré varios ejemplos de otros mamíferos, pájaros, peces y demás especies con prácticas homosexuales (pingüinos, perros, chimpancés e incluso delfines). Dudo mucho que la preferencia sexual de estos animales tenga que ver con actos de perversión.

En conclusión, amigo lector, cuestionarme a mí mismo me llevó a hacer un cambio radical. Hoy, desde mi condición de hombre, heterosexual, cristiano, esposo y padre de familia, afirmo que soy testigo de que el matrimonio homosexual da buenos frutos. Y considero que si dos hombres o mujeres se enamoran deben casarse (tal como hicimos mi esposa y yo), de manera que también puedan pedir un préstamo hipotecario juntos, dejarse herencia como viudos, tomar decisiones de salud para su pareja, entre otras ventajas que da el matrimonio.

Créame, si un homofóbico crónico, como yo, pudo superar la homofobia, usted también lo podría lograr.

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