[ESTADOS UNIDOS]

El verano es para veranear

En una sociedad donde muchos acumulan 60 horas laborales a la semana, la respuesta no es multiplicar horarios. Hay que meditar el precio a pagar antes de tirar por la borda el veraneo.

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Recientemente, y en plena campaña por alcanzar la nominación republicana a la presidencia, Jeb Bush se atrevió a aventurar que la economía mejoraría si los estadounidenses trabajaran más horas.

A pesar de que el exgobernador de la Florida posteriormente aclaró que se refería a aquellas personas que solo tienen empleos con jornada reducida, hubo muchos que de inmediato pusieron el grito en el cielo. A fin de cuentas, si hay un país, y las estadísticas así lo demuestran, donde apenas queda tiempo para el ocio, es Estados Unidos (EU). De pronto la propuesta de sacar horas de donde ya no las hay es una suerte de martirio para quienes viven más en las oficinas que en sus propios hogares.

Basta con mencionar que hace poco menos de un mes la portada de Time estaba dedicada a la acelerada desaparición de las vacaciones en un país donde cada vez hay más personas que renuncian voluntariamente a los días libres que les corresponden. El artículo de la revista resaltaba la nostalgia de aquellos tiempos, ya lejanos, en los que las familias veraneaban en la playa o en el campo, desconectadas del mundanal ruido. Seguramente el veraneo en EU nunca ha sido tan prolongado como se disfruta en Europa (donde se puede descansar hasta un mes seguido), pero hoy en día la mayoría de las personas se conforma con un máximo de una semana y feriados, aquí y allá, para escapar de la rutina. Y en muchos casos la desconexión nunca es total porque el ordenador y el teléfono móvil ya forman parte del equipaje que nos acompaña.

Mientras la gente se tuesta al sol, se mece en una hamaca o juega al Monopolio con sus hijos, los mensajes de texto aparecen en cascada y los correos electrónicos con tareas por hacer llenan el servidor. Sencillamente, esas vivencias del pasado, en las que el verano avanzaba lentamente al ritmo del dolce far niente, ya son relatos de los abuelos que recuerdan la quietud de las siestas y los ruidos de los ventiladores.

A la hora de hablar de macroeconomía los políticos mencionan la necesidad de trabajar más horas, pasando por alto los rostros fatigados de quienes escuchan sus mensajes desde las tribunas. Son legiones de mujeres y hombres ojerosos que comen en sus escritorios, los sorprende la noche en los despachos y apenas hacen vida familiar con los suyos porque la vorágine del trabajo es una noria que nunca se detiene.

Sin duda, la historia de EU va unida a la de la iniciativa individual, la competitividad y el éxito por medio de la laboriosidad. Pero en la carrera por ser los más productivos y seguir el tan repetido lema de “el cielo es el límite”, se puede perder el balance que resguarda la saludable costumbre del merecido descanso. Y, desde luego, ceder ese tiempo libre que es el fruto del esfuerzo es, de algún modo, la renuncia a esa otra parte del ser que se alimenta en el refugio de la liberación que representan las vacaciones.

Es evidente que en un mundo en el que el insomnio se encadena por medio de los estímulos constantes de las redes sociales, resulta cada vez más difícil extraviarse en los placeres que confiere una tregua. Pero no es menos cierto que el cuerpo y el espíritu necesitan del reposo para renovarse. Tanto es así que los estudios indican una mayor productividad y mejor disposición de los trabajadores al regreso de unas vacaciones.

En una sociedad donde son muchos los que ya acumulan 60 horas laborales a la semana, la respuesta no es multiplicar unos horarios que ya son draconianos, sino que cada cual medite sobre el precio que se paga antes de tirar por la borda el veraneo de nuestros veranos.

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