INVESTIGACIÓN. La Joya y La Joyita son controladas por, al menos, 20 bandas o pandillas criminales, que miden fuerzas a lo interno del complejo penitenciario.

Cárceles, lugares donde la vida cuesta un favor

Narcotraficantes, homicidas y pandilleros llevan la batuta dentro de este centro penitenciario.

Para sobrevivir hay que pagar, afiliarse a un grupo y explotar a los más débiles, reconoce un preso.

Es el Carandiru de Panamá, donde los presos escogen dónde ir, donde cada metro es un mundo rodeado de sábanas y la vida transcurre entre pandillas, tensión y muerte. Es el Carandiru de Panamá, donde los presos escogen dónde ir, donde cada metro es un mundo rodeado de sábanas y la vida transcurre entre pandillas, tensión y muerte.

Es el Carandiru de Panamá, donde los presos escogen dónde ir, donde cada metro es un mundo rodeado de sábanas y la vida transcurre entre pandillas, tensión y muerte.

COMERCIANTES. Los presos en La Joya comercializan prácticamente todo lo que necesitan. Una hamaca para dormir, por ejemplo, cuesta 5 dólares; y una colchoneta, 10 ó 15 dólares.  COMERCIANTES. Los presos en La Joya comercializan prácticamente todo lo que necesitan. Una hamaca para dormir, por ejemplo, cuesta 5 dólares; y una colchoneta, 10 ó 15 dólares.

COMERCIANTES. Los presos en La Joya comercializan prácticamente todo lo que necesitan. Una hamaca para dormir, por ejemplo, cuesta 5 dólares; y una colchoneta, 10 ó 15 dólares.

MORA JUDICIAL De los 5 mil 118 internos que hay actualmente en ambas cárceles, La Joya y La Joyita, 3 mil 762 son procesados. Lo que representa el 73% del total.  MORA JUDICIAL De los 5 mil 118 internos que hay actualmente en ambas cárceles, La Joya y La Joyita, 3 mil 762 son procesados. Lo que representa el 73% del total.

MORA JUDICIAL De los 5 mil 118 internos que hay actualmente en ambas cárceles, La Joya y La Joyita, 3 mil 762 son procesados. Lo que representa el 73% del total.

En la calle se le conoce como La Joya. Adentro, los presos le dicen sepultura de hombre vivo. Es el complejo penitenciario más grande del país, el Carandiru de Panamá, que alberga a 50% de los más de 10 mil reclusos que hay en el territorio nacional, donde el hacinamiento alcanza el 49% y donde la vida de un hombre puede llegar a valer la simpleza de un favor.

A la vista de las autoridades, la vida en La Joya no es sencilla y está plagada de calamidades, pero cuando se traspasa el velo que divide esa realidad oficial con la existencia misma de los reos, el panorama es peor: violencia, drogas, aberraciones sexuales, peligros por cualquier parte.

Enclavado en la comunidad de Paso Blanco del corregimiento de Pacora, a unos 40 minutos de la ciudad de Panamá, el Complejo Penitenciario La Joya es sede de las dos cárceles “más peligrosas” del país. La homónima, donde duermen tras las rejas 2 mil 26 almas; y La Joyita, cuyo nombre en diminutivo nada tiene que ver con los riesgos que implica vivir tras sus muros, la cual alberga a 3 mil 92 hombres.

Separadas por el monte y largas alambradas, pero unidas por una pasmosa semejanza entre lo que ocurre dentro de sus celdas y en las barriadas más conflictivas del país, las cárceles La Joya y La Joyita son controladas por al menos 20 bandas o pandillas criminales.

Cierto es, como afirman las autoridades, que el control exterior está en sus manos; sin embargo, detrás de los muros el poder lo ejercen otros, esos que deciden quién vive y quién no.

Esto es una monstruosidad

El día que Jesús llegó a la Joyita, en 2002, comenzaban los octavos de final del mundial de fútbol Japón-Corea, pero él no pudo ver ni un solo partido.

Aunque no era ningún chiquillo y venía con sus “mañas” desde la calle, era su primera vez en prisión y el miedo lo asaltó desde que traspasó el umbral.

Lo mandaron a la sección 1 del pabellón 10, y desde ese primer día conoció el rostro del mal que carcome a los prisioneros: el resentimiento.

Según recuerda, aquellos eran tiempos en los que las bandas de Panamá Viejo, San Miguelito y Los Millonarios controlaban la zona y mantenían una disputa que los obligaba a todos a estar en guardia. “Pasamos días sin dormir. Todo el mundo andaba con cuchillos y solo era cuestión de tiempo para que estallara la violencia”, contó Jesús, quien halló refugio entre los siervos evangélicos del pabellón.

Al final, luego de seis meses de tensión y tras algunas peleas entre miembros de banda y banda, las autoridades intervinieron y dividieron a los grupos. Solo quedó en pie la pandilla procedente de Panamá Viejo.

Desde aquella época, Jesús suma ya seis años en la cárcel, tiempo durante el cual ha sido reubicado en los pabellones 4, 12 y 2, donde permanece actualmente.

Hoy en día goza de ciertos privilegios, pues ha decidido trabajar dentro del penal –recogiendo basura, cortando pasto o en cualquier otra actividad–, aunque por el tiempo que lleva preso y por el delito que le llevó a prisión –violación– no tiene derecho a conmutar días de su sentencia.

Los privilegios que le otorga ser trabajador se reducen a uno solo: poder estar fuera de la celda, en los patios, mientras que sus compañeros pasan encerrados hasta seis días a la semana.

La verdadera cara

En sus seis años de encierro, Jesús –cuyo verdadero nombre se omitió para garantizar su seguridad– ha aprendido que en la cárcel todo tiene un precio. “Uno llega de afuera sin nada y aquí, para sobrevivir, tienes que pagar”, dijo.

Por ejemplo, contó que el precio de la vida de un recluso depende de los problemas que éste haya tenido en la calle, lo que quiere decir que mientras más enemigos se tengan, más costará la cabeza de ese hombre.

Los “precios” pueden llegar a tasarse entre 100 dólares y 5 mil dólares, o incluso más. De hecho, el primero de esos montos fue lo que se pagó por el asesinato del recluso Gustavo Alexander Gálvez, condenado por robo, ocurrido el 3 de junio pasado. Según Jesús, el “contrato” se acordó en La Joyita y se ejecutó en la cárcel El Renacer.

Por “la cabeza” de su primo, en cambio, pagan 5 mil dólares. “Lo estaban cazando, pero gracias a Dios ya lo sacaron de aquí y lo mandaron para La Joya”, aseguró.

Pero, más allá del dinero, un reo puede ser ultimado sin que medie para ello ni un solo centavo. “Aquí hay ‘manes’ condenados a 15 y 20 años, a quienes les vale ver… matar a cualquiera. Solo te dicen que les debes un favor y, eso sí, cuando te cobren tienes que pagarles, porque sino te matan a ti”, explicó Jesús.

‘Juega vivo’

Y así como se negocia con la muerte, los presos en La Joya comercializan absolutamente todo lo que tenga que ver con la vida. Una hamaca para dormir, 5 dólares; una colchoneta, 10 ó 15; un pase de cocaína o un “cacho” de marihuana o pegón, 1 ó 2 dólares.

También se negocia con el aguardiente. Medio galón de seco o ron puede llegar a costar entre 80 y 120 dólares, respectivamente; y si hay suerte, de vez en cuando, también se venden cervezas frías, a 3 dólares cada una.

La protección de los más fuertes se cobra de diferentes formas –según Jesús–. Puede ser con dinero contante y sonante, cada vez que venga la familia del protegido, con comida o incluso con favores sexuales. Pero se paga.

“Aquí, como en todas partes del país, existen los ‘juega vivo’: quienes buscan sacar provecho de los que menos tienen; y como uno está encerrado debes caer en ese juego. O pagas, te afilias o explotas, o te jodes”, señaló.

La vida, un arranque

En el tema sexual, Jesús reconoció que hay a quienes les gustan esas prácticas, pero aclaró que, contrario a lo que piensa la gente en la calle, no todo el que llega a la cárcel es violado. De hecho, afirmó que son muy pocos los casos de ese tipo. En las noches, dijo, la mayoría de los presos se dedica a la rumba: juegan dados o barajas; consumen droga o licor; apuestan a los deportes y ven televisión.

La estructura jerárquica dentro de los pabellones depende del “cartel” que tengan los reos. En otras palabras, el respeto se gana en la calle, pero se consolida en prisión. Narcotraficantes, homicidas, asaltantes y pandilleros llevan la batuta, pero no significa que un simple ladrón o carterista no pueda llegar a ascender dentro de la organización.

¿Cómo es posible que dentro de la cárcel haya drogas, alcohol y otros objetos prohibidos?, se le preguntó a Jesús. “Nosotros estamos adentro, interprete usted, quién puede traer las cosas”, contestó.

Los líderes de La Joyita

A unos metros del lugar de la entrevista, en el mero corazón de La Joyita, los ladridos fingidos de un grupo de reclusos delimitan los pabellones 4 y 5, el territorio de la pandilla más grande y organizada del penal, con unos 700 hombres: Los Perros de San Joaquín.

Aunque las autoridades insisten en no otorgarle beligerancia a ninguna de las bandas que opera en el penal, y oficialmente tratan a todos como individuos que están privados de libertad, extraoficialmente admiten que, en efecto, Los Perros son los más organizados y, si se quiere, los más poderosos cuando de grupos se trata.

Uno de sus líderes, tatuado hasta los dientes, se acercó a la alambrada con un único propósito: denunciar al “Paquito” o quiosco que funciona dentro de la cárcel, debido a los altos precios que venden los productos: medio galón de aceite, 5 dólares; un quintal de harina, 35 dólares.

“Lo que a la visita no le permiten ingresar, ellos lo venden pero mucho más caro. A nuestros familiares les prohíben traer frutas, porque ‘dizque’ nosotros podemos fermentarlas y convertirlas en licor, pero el “Paquito” sí las vende y bien caras. Una sola piña cuesta hasta 2 dólares”, relató el pandillero, que no se identificó.

Pero si bien Los Perros de San Joaquín constituyen la pandilla más grande y organizada, sus hombres, individualmente, no son los más peligrosos y ni siquiera los más poderosos.

Los más peligrosos, quienes no respetan leyes ni normas de bandas o pandillas, pasan sus días encerrados dentro del pabellón 14. No son más de 20, aunque la capacidad del lugar permite hasta 300, como los hay en el resto de las galerías.

Los más poderosos, en cambio, están en el pabellón 7, donde a finales de julio de 2007 fueron descubiertas varias celdas de lujo, equipadas con televisores de plasma, gimnasio privado, cocinas, baños decorados con azulejos, equipos de sonido e imagen, entre otros enseres; escándalo que le costó el cargo al entonces director del Sistema Penitenciario, Carlos Landero.

En ese lugar, según las autoridades del penal, son ubicados los internos de más alto perfil, como lo fue en su momento –ahora en libertad– el ex informante de la DEA David Viteri; o como el reconocido asaltante de bancos Abilio González, alias Pili. Hoy día, no pasan de 12 los inquilinos del llamado pabellón de máxima seguridad, cuyas identidades no fueron reveladas.

El resto del penal se lo disputan bandas de El Chorrillo, San Miguelito, Samaria, Panamá Viejo y otras zonas de la provincia de Panamá.

También están los extranjeros, que purgan sus condenas o esperan sus procesos en el pabellón 6; los ex policías y ex funcionarios, quienes comparten el pabellón uno con parte de los trabajadores; y los enfermos y ancianos, que están en el pabellón 2 con el resto de los reos que trabajan.

La otra frontera

En La Joya, mientras tanto, no existe ninguna pandilla predominante. Los pabellones 1, 2, 3 y 4 son los más conflictivos, pues en sus secciones cohabitan, en perenne conflicto, bandas de El Chorrillo, Colón, Pacora, San Miguelito, Chepo, Tocumen, Barraza, La Pavita, Curundú, Santa Ana, entre otras zonas.

Los pabellones 5, 6 y 7, en cambio, son menos problemáticos, ya que sus habitantes han logrado “suscribir” acuerdos de paz.

Entre ellos figuran los miembros de las pandillas Los Millonarios, Los Spiderman y Los Detroit Special Diésel, todas de San Miguelito, alojadas en el pabellón 5. Pese a su tregua interna, hace 15 días se enfrentaron a la Policía Nacional para tratar de impedir una requisa en busca de armas. La reyerta concluyó con 24 internos y 3 policías heridos, pero no se hallaron las armas.

También están los extranjeros del pabellón 6, los trabajadores del 7 y los ex policías y ex funcionarios, quienes conviven en el llamado Guantánamo 2, un lugar que inicialmente fue concebido como comedor para los internos de ese pabellón, pero como consecuencia del hacinamiento se le utilizó para albergar reclusos.

En el pabellón 2 están los homosexuales, que no por esa preferencia sexual dejan de ser peligrosos, según las autoridades, pues en ocasiones hasta se cortan y amenazan a los custodios con rociarles sangre infectada con VIH. En ese mismo lugar sobreviven los enfermos con ese mortal virus.

La esencia del mal

A criterio de Rafael –otro reo cuya identidad se reserva–, la violencia que se respira dentro de La Joya y La Joyita tiene su génesis en la descomposición social del país.

“Las drogas han invadido nuestros barrios y hemos perdido el control de nuestros hijos. Pero quienes hacen esfuerzos por recuperarlos, se chocan con las leyes que le dan a los chiquillos la potestad de denunciar a sus padres”, dijo.

“Las rencillas que se generan en el barrio producto de la territorialidad que imponen las pandillas, del resentimiento generado por la envidia y las pasiones sentimentales se trasladan a la cárcel y aquí cobran mucha más fuerza. Ese es el ambiente que se respira”, agregó Rafael.

En ese sentido, Jesús reconoció que hay demasiados problemas en demasiados lugares al mismo tiempo, por lo que él teme que en cualquier momento estalle la violencia. “Las bandas poderosas han comenzado a comprar armas. Es como cuando llegué”, agregó.

Para Ezequiel, un extranjero recluido en el pabellón 6 de La Joya, la culpa la tiene el Gobierno, que en vez de abrir válvulas para que escape la presión, las cierra y fomenta el resentimiento.

“Cómo es posible que uno no pueda salir al patio a respirar aire fresco, o comer una comida decente y tomar agua potable; que uno no pueda participar en programas de educación, que tengamos que esperar hasta 50 y 70 meses para ir a una audiencia; que quienes están llamados a representarnos y defendernos, nos roben”, dijo.

Los mediadores

Para Jesús, lo único que ha frenado una matanza es el poder que ejercen los siervos evangélicos, que viven en todos los pabellones y tratan de mediar en los conflictos e interceder entre los reclusos y las autoridades.

Los siervos son también internos, entregados a la palabra del Señor. “Sí; en efecto, son nuestro enlace con el resto de los reos. Y, sí logran frenar muchas cosas”, dijo un custodio.

Así, en La Joya y La Joyita cada quien juega su rol. Donde colores como el verde de los trabajadores, el amarillo de los internos, el blanco de los cocineros y el negro de los custodios hacen la diferencia.

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