violencia. la desintegración familiar contribuye con este flagelo

Crímenes sin precedentes en Panamá

‘Acá he visto más droga, más muerte y más armas que en Guatemala’, dijo el sacerdote Juan Cabrera.

La criminóloga Aida Selles señala que no se está frente a crímenes comunes en Panamá.

SAÑA. La sociedad panameña ha sido testigo, en los últimos años, de homicidios atroces nunca antes vistos en el país. SAÑA. La sociedad panameña ha sido testigo, en los últimos años, de homicidios atroces nunca antes vistos en el país.
SAÑA. La sociedad panameña ha sido testigo, en los últimos años, de homicidios atroces nunca antes vistos en el país.

El grupo de personas aprovechó la noche y con sigilo se acercó al cementerio Monte Esperanza, de la provincia de Colón. Buscaban la tumba de Máximo Jordán Pacheco y la encontraron. Cavaron, sacaron los restos y le desprendieron la cabeza.

Horas después las autoridades informarían que, aparentemente, los antisociales querían la cabeza del joven de 22 años, asesinado mientras jugaba fútbol, para exhibirla como trofeo.

Es un hecho sin precedentes en la historia criminal del país, dicen los expertos, al igual que el homicidio de Graciano Coparropa Álvarez, de 49 años, cuyo cuerpo fue encontrado en Chilibre con un brazo amputado y varias de sus vísceras esparcidas por el lugar.

Son crímenes "horrendos, horrorosos" dijo el sacerdote, Juan Antonio Cabrera, pero no extraños si se toma en cuenta el grado de violencia, falta de valores y la desintegración familiar que vive el país.

Los homicidios que ocuparon las primeras planas de los periódicos sensacionalistas del país son "propios de personas que no tienen a Dios en su corazón y que perdieron su calidad humana", indicó Cabrera.

Las investigaciones que realizan las autoridades para esclarecer estos hechos todavía no concluyen.

Acciones propias

La saña con que se cometieron estos crímenes ha estremecido a las autoridades y les hizo pensar que los responsables copiaban modelos de las maras centroamericanos.

Para Cabrera, sin embargo, son situaciones distintas donde si existe alguna similitud, está en el origen del flagelo social: "familias desintegradas, corrupción, facilidad de encontrar armas y abundancia de drogas", sostiene el sacerdote.

Todos estos factores lleva a las personas a "actuar como bestias", indicó el sacerdote que tiene dos años en Panamá y que vivió 10 años en Guatemala.

"Aquí he visto más droga, más armas y más muertos", añadió el sacerdote, y explicó que esto se debe a que, mientras en Guatemala o El Salvador las bandas dividen los barrios en dos partes, aquí lo hacen en cinco. Los "maras salvatruchas" tienen su región y las "maras 18", también.

"Sólo se encuentran si tienen un asunto que arreglar", dijo.

Aida Selles, directora del Instituto de Criminología de la Universidad de Panamá, señala que muchas veces los medios de comunicación ayudan a la deformación de los valores. "Las imágenes, los mensajes que transmiten son más captados y fácilmente aprendidos por los individuos a través de la visión y el oído. Todos sabemos que el método más antiguo para aprender es la imitación", dice Selles.

Agregó que muchas conductas y patrones que "ya son propios de la delincuencia criolla fueron copiados y no necesariamente porque ha venido gente de afuera, sino que el mismo medio se los trae"

VALORES Y VIOLENCIA

La violencia en la que está sumergido el país es producto de la permisibilidad, señaló el sacerdote, quien ha trabajado muy de cerca con los chicos que pertenecen a pandillas juveniles del barrio de San Felipe.

Acá se permite y se celebra como bueno la "tomadera" todos los fines de semana, el malgastar el dinero y la desintegración familiar.

"Lo que nos hace ser personas es la capacidad de amar, de trabajar, de luchar, de ser gente racional. Todo esto se está perdiendo y nadie está haciendo nada por esa falta de valores y por la desintegración", se quejó.

Con este panorama, no es extraño que estos sucesos ocurran y el ambiente del país se "ponga cada días más mal", dijo el sacerdote, quien además expresó que la muerte del ex sargento y la profanación de la tumba en Monte Esperanza, en Colón, no tienen ni pies ni cabeza. "Yo no entiendo cómo un ser humano puede cometer esos crímenes", señaló.

Si la sociedad no empieza a luchar contra este deterioro, la delincuencia y la violencia callejera van a crecer cada día mas, enfatizó.

CONDUCTAS POCO COMUNES

La saña, la perversidad y la sangre fría con la que se cometió el homicidio de Graciano Coparropa Álvarez y la profanación de la tumba de Máximo Jordán Pacheco no son acciones con la que todos los días se encuentren los investigadores de homicidios.

De hecho, José Vicente Pachar, médico forense, con 15 años de experiencia, al terminar con la diligencia del levantamiento del cadáver de Coparropa Álvarez dijo: "jamás vi un crimen tan espantoso".

La directora del Instituto de Criminología, sin hablar de estos casos en particular pero sí de la conducta en general, señaló que se podría tratar de actividades relacionadas con el sicariato, de ritos satánicos, de asociación a pandillas o de personas trastornadas social o psicológicamente.

Selles advirtió que en cualquiera de estos casos se está frente a un ser con un trastorno de personalidad muy profunda. Puede ser un psicópata, es decir, un individuo de personalidad fría y y sin mayores emociones.

"No se está frente a un victimario común", dice Selles, sino ante un enfermo social cuyo comportamiento puede tener su origen en trastornos biológicos o sociales.

"Son seres a quienes les impactaron en alguna forma la vida", indicó.

Selles saca estas conclusiones por la manera en que se cometieron los crímenes. En cada uno de estos homicidios hay saña, frialdad y mucha perversidad.

La experta en comportamiento criminal explicó que al momento de analizar estos casos se debe partir de una tríada biológica, psicológica y social, dónde las circunstancias en las que creció el asesino juegan un papel determinante en su comportamiento.

Hablar sobre la delincuencia y trazar acciones para combatirla no es tan sencillo como se piensa, explica Selles. Todas las acciones deben ir dirigidas -agrega- a programas de prevención en los que se analicen aspectos como la familia, la personalidad del individuo, su ambiente, sus emociones y sus sentimientos.

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