Kuna Yala. La inseguridad y la pobreza arrastran a los indígenas al narcotráfico.

REPORTAJE ESPECIAL Las pacas que traen las olas del mar

El primer caso sobre cargamentos de droga en el área ocurrió en 1995, el último en agosto de 2005.

El temor se ha apoderado de Achutupu, las autoridades han roto la tradición y han pedido ayuda.

VIGILANCIA. Agentes policiales patrullan a pie la comunidad de Achutupu, en la comarca Kuna Yala. VIGILANCIA. Agentes policiales patrullan a pie la comunidad de Achutupu, en la comarca Kuna Yala.
VIGILANCIA. Agentes policiales patrullan a pie la comunidad de Achutupu, en la comarca Kuna Yala.

En la última década la comarca Kuna Yala se ha convertido en una de las rutas del narcotráfico internacional por la poca presencia policial y lo aislado de su territorio. La pobreza del área y la falta de oportunidades han empujado a algunos de sus residentes a incursionar en el tráfico de drogas con la mercancía ilegal que arrojan sus playas, producto del constante movimiento de este ilícito por la región. Según informes de inteligencia, los primeros hallazgos ocurrieron entre 1995 y 1998, cuando se hallaron varios bultos flotando cerca de las costas. En diciembre de 1999 se localizaron las primeras pacas de marihuana y cocaína en manos de indígenas, quienes utilizaban esta última sustancia para matar escarabajos y evitar que los insectos se comieran las palmas de los cocos. Con el pasar del tiempo, los pobladores del área se enteraron de que con la droga se podía hacer algo más.

En enero de 2000, funcionarios de la Dirección de Información e Investigación Policial destacados en la comunidad de Puerto Obaldía tuvieron conocimiento de que en la isla de Ustupu se había encontrado una lancha rápida con dos poderosos motores fuera de borda y 40 paquetes con cocaína en su interior.

Cuando se presentaron en el sitio, los funcionarios comprobaron que la droga había sido repartida entre cuatro indígenas con la anuencia de uno de los sailas, las autoridades tradicionales más importantes después de los caciques y gobernadores.

Al comenzar las pesquisas, un grupo de pobladores de la comarca se alzó en armas y obligó a los agentes antidrogas a salir de la isla a toda prisa en una lancha de la Policía Nacional (PN). A pesar de la insistencia de las autoridades, varios de los sailas se negaron a entregar el dinero obtenido por la venta de la droga, pero permitieron la detención de algunos de los involucrados.

En otra comunidad cercana, conocida como Mulatupu, el 5 de julio de 2001, la PN decomisó 24 paquetes con cocaína y se detuvo a otro kuna.

La rebelión de los sailas

Entonces, algunos sailas encabezaron una rebelión y atacaron a los tres policías que había en el lugar, asaltaron el improvisado cuartel, se apoderaron de la droga y liberaron al detenido. Finalmente, se tomaron la lancha policial, de la cual sacaron gasolina y quemaron los narcóticos.

Cuando las autoridades regresaron a la isla, sólo encontraron un montón de cenizas y un total hermetismo. Nadie dijo una sola palabra de lo ocurrido. Dos años más tarde, en marzo de 2003, dos aeronaves que sobrevolaban la comarca arrojaron bultos con cocaína al mar, y pobladores de las islas Máquina y Río Sidra, entre estos algunos sailas, los recogieron y vendieron a comerciantes de drogas de las costas de Colón. Otra parte fue enterrada en manglares aledaños.

Cuando los funcionarios de la Fiscalía de Drogas de Colón, de Kuna Yala y agentes de narcóticos de la Policía Técnica Judicial acudieron al lugar, los sailas de la isla les prohibieron hacer los allanamientos y los expulsaron. Así tuvieron que dormir en las playas donde vieron a los indígenas cuando se movían en más de 20 botes que iban y venían a los manglares aledaños.

En la mira

Desde entonces, los organismos de seguridad del Estado pusieron sus ojos en el área y comenzaron a recopilar información sobre la venta de droga. Esta vez lo hicieron bajo el amparo de las autoridades locales. De hecho, el testimonio de algunos implicados dio luces sobre el sistema de "impuesto" establecido por los sailas que consistía en cobrar entre 200 y 600 dólares por cada paca de droga que vendían los indígenas a los comerciantes locales o colombianos.

Otro de los cargamentos grandes descubierto fue localizado en abril de este año en la comunidad de San Ignacio de Tupile. El protagonista del hallazgo fue un lugareño, quien al salir al mar divisó unos paquetes (30 en total) flotando. Los recogió y vendió 26 de ellos por mil dólares cada uno. Según las investigaciones, tuvo que pagar el "impuesto" de 600 dólares a los dirigentes indígenas del sitio. El resto de la mercancía la intercambió por productos comestibles.

Una montaña de cocaína

En julio pasado, un grupo de comuneros de la isla Achutupu se tropezó con una montaña de pacas de cocaína que yacía oculta entre un matorral.

El cargamento había sido abandonado por narcotraficantes ligados con paramilitares colombianos, luego de que la lancha que los transportaba sufrió una avería en los motores.

Los isleños escondieron los casi mil kilos en otro sitio y luego vendieron gran parte a comerciantes colombianos, que llegaban a las islas para realizar trueques de coco por café, azúcar, plátano y otros productos.

Los colombianos compran a los isleños cada coco en 12 centavos, pero en esta ocasión, según testimonios de algunos de los involucrados en el caso, en vez de coco compraron unas 700 pacas de cocaína a mil dólares el kilo.

Derroche y temor

De repente, en la pobre comunidad de Achutupu, donde la riqueza de las personas se mide por la cantidad de cocos almacenados en el patio, empezaron a circular billetes de 10, 20 y hasta 100 dólares.

Según las autoridades, los indígenas implicados obtuvieron cerca de 500 mil dólares luego de vender 70% de la droga y de inmediato se empezaron a dar "la gran vida". Compraron paneles solares, equipos de comunicaciones, lanchas rápidas con motores fuera de borda, construyeron viviendas de bloques, organizaron pomposas fiestas y obsequiaron generosas propinas, todo esto ante el asombro del resto de la comunidad y el silencio de lo sailas.

Tres semanas después del hallazgo de la droga, un lugareño que se encontraba cosechando arroz en las montañas de Achutupu fue sorprendido por cuatro hombres no identificados que, según su testimonio, hablan con acento "paisa". Estaban armados y le advirtieron: "tienen 48 horas para devolvernos lo que nos pertenece o si no aténganse a las consecuencias".

Al día siguiente, otro grupo de colombianos llegó al pueblo en una lancha, tomó fotos y preguntó, con nombre propio, sobre la residencia de los involucrados.

El temor se propagó por la comunidad. Todos negaban su participación en este hecho. Inclusive se hizo una recomendación al congreso del pueblo de entregar a los implicados.

El congreso de Achutupu se reunió de urgencia y decidió informar a la policía sobre las amenazas de los desconocidos. Fue entonces cuando un contingente de 150 policías fronterizos llegó a la isla junto con las autoridades antidrogas y decomisaron 250 mil dólares que estaban enterrados en las playas y detuvieron a cinco indígenas, entre estos un ex agente del Servicio Marítimo Nacional. Todo ocurrió a pesar de la oposición de un sector de la comunidad que se negaba a la "militarización" del poblado y que recibió a la Policía con piedras en manos.

Una semana más tarde, cuatro ciudadanos colombianos que deambulaban por las costas cercanas fueron detenidos, enviados a la Dirección de Migración en Panamá y deportados por no tener documentos.

A principios de agosto pasado, las autoridades encontraron otros 77 mil dólares enterrados en Achutupu y luego, en septiembre, 55 kilos de cocaína más.

A través de intercambios de información con los órganos de inteligencia de Colombia se pudo comprobar que los cuatro indocumentados deportados estaban vinculados con los paramilitares y formaban parte del grupo que transportaba la droga abandonada en Achutupu. Para esa fecha su paradero era desconocido.

Mas allá de las tradición

El Congreso Comarcal de Kuna Yala tuvo que hacer a un lado sus costumbres y tradiciones, y varios de sus representantes se trasladaron a la ciudad capital a mediados de septiembre para solicitar protección a la policía y al Ministerio Público.

En la actualidad hay un puesto policial en Achutupu, pero sólo tiene una docena de agentes, 10 de estos, kunas. En los poblados aledaños: Usutupu, Ailigandí y Musutupu hay otros puestos, que sin embargo no tienen ni 30 funcionarios. Patrulleras del Servicio Marítimo Nacional vigilan la zona constantemente, pero aún se escucha con mucha frecuencia el zumbido de lanchas rápidas surcando las costas.

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