PERSECUCIÓN. LA OBRA LITERARIA MÁS PIRATEADA EN LA HISTORIA cHILENA.

Cuando la censura provoca la lectura

Una persecución judicial se desató contra Alejandra Matus, cuando publicó un libro sobre la justicia chilena.

Después de asilo y procesos penales en su contra, la autora habla de la prensa y el sistema judicial.

escritora. Alejandra Matus estuvo recientemente en Panamá invitada por el Centro Latinoamericano de Periodismo. escritora. Alejandra Matus estuvo recientemente en Panamá invitada por el Centro Latinoamericano de Periodismo.
escritora. Alejandra Matus estuvo recientemente en Panamá invitada por el Centro Latinoamericano de Periodismo.

Chile, considerado modelo de madurez política, modernidad y desarrollo económico en Latinoamérica, dio hace pocos años muestra de un ejemplar retraso en materia de libertad de expresión. Para evitar la difusión del Libro negro de la justicia chilena, que —según su autora, Alejandra Matus— daba pruebas de que el Poder Judicial de ese país estaba siempre a órdenes de alguien con más poder, las autoridades desempolvaron —en 1999— una Ley de Seguridad del Estado que confería protección especial a algunos funcionarios contra la crítica ciudadana. Sustentados en esa norma, el magistrado Servando Jordán consideró que el libro de Matus lo ofendía, por lo cual la acusó de difamación criminal. Como consecuencia, las autoridades ordenaron la confiscación de todos los ejemplares, tanto de la editorial (Planeta) como de las librerías. La escritora evitó las penas de prisión por la "ofensa" —que oscilaban entre uno y cinco años— buscando refugio en Estados Unidos. Pero como el inevitable resultado de la censura de obras literarias ha sido, según la tendencia histórica, el desmedido interés por el libro prohibido y el salto a la fama (y en muchos hasta la inmortalidad) de su autor o reproductor, el "libro negro" se convirtió rápidamente en el más pirateado de la historia chilena.

Después, de que —en 2001— el presidente chileno Ricardo Lagos derogó la norma que permitía la censura y la detención por las críticas hacia funcionarios, Matus tuvo que esperar meses para que la burocracia legal le permitiera el regreso a su país, sin el temor de ser encarcelada.

La periodista y escritora fue invitada por el Centro Latinoamericano de Periodismo (Celap) para hablar de la relación entre el Poder Judicial y la prensa. No es la primera vez que visita Panamá, lo había hecho antes y después de concluido su asilo en Estados Unidos. Contestó varias preguntas de este diario:

—¿Qué hizo para defenderse por la censura y persecución judicial que se ejecutó en su contra?

—En octubre de 1999 demandé al Estado de Chile ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por la violación de mi derecho a la libertad de expresión y mi derecho a propiedad, por la censura del libro negro y la incautación de la obra. Durante la tramitación, el Estado dijo que no se habían violado mis derechos, porque se había aplicado una normativa legal vigente y porque la propiedad de los derechos del libro correspondían a la editorial y no a mí. La comisión rechazó ambos argumentos y en octubre del año pasado dio por finalizado el caso, declarando que, si bien era un avance haber modificado la ley, quedaba inalterable el hecho de que mis derechos fueron conculcados y recomendó al Estado de Chile repararlos "adecuadamente". El fallo puede leerse en el sitio web de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

—¿Hace seis años dijiste que en tu país no había libertad de expresión, esta situación persiste o ha sido superada?

—La libertad de expresión está garantizada en Chile en la Constitución, pero constantemente ha estado en peligro, aun tras el retorno a la democracia, por un sinnúmero de obstáculos. Estos obstáculos, desde los legales hasta los culturales, se han expresado con mayor vigor cuando se trata de poner atención a la forma en que se ejerce el poder. Hace seis años, era muy difícil cuestionar públicamente al Poder Judicial, como se demuestra con lo que pasó con mi libro. Desde entonces ha habido avances muy importantes, particularmente, creo, culturales. La gente demanda más de los periodistas. Quiere saber. Sin embargo, todavía persisten algunos obstáculos que empujan a callar ciertas cosas.

—¿Pese a la censura, la gente pudo leer el libro?

—El libro se leyó ampliamente en Chile. Editorial Planeta estima que se vendieron unas 100 mil copias piratas y que se convirtió en el libro más pirateado de la historia chilena. A pesar del perjuicio económico que esto significó tanto para la editorial como para mí, me parece que fue la respuesta natural de los chilenos que deseaban conocer la información que los tribunales querían negarles. Y yo me alegro que el contenido del libro se haya conocido masivamente, más allá de los límites de los círculos de juristas e intelectuales, que es donde normalmente se queda estancada la información de este tipo. Por esa misma razón difundimos el libro en internet, gratis, donde todavía es posible encontrarlo.

Tras la prohibición, yo pedí asilo político en Estados Unidos, donde permanecí hasta el cambio legal que me permitió regresar. Los editores de Planeta, que se quedaron en Chile, estuvieron presos un fin de semana y procesados por causa de la publicación, pero su situación también fue aclarada tras el cambio legal. El libro ahora se usa como material didáctico en escuelas de leyes y periodismo en mi país y en algunas universidades en el extranjero.

—¿Cómo fue el proceso de retorno a tu país?

—Gracias a los cambios legales, los tribunales se vieron forzados a archivar las acusaciones en mi contra y a permitir la circulación del libro negro. Así yo pude regresar al país, en julio de 2001, y desde entonces resido en Chile.

—¿Cuál crees que debe ser el papel de la prensa en el tema de la justicia?

—Creo que la prensa debe ser la gran plaza donde todas las opiniones se expresen. Debe facilitar y promover el debate, en forma permanente, porque creo que, en cuanto al Poder Judicial, no existe una fórmula mágica que permita adecuarlo a la vida democrática. Siempre es posible perfeccionarlo.

—¿Cuál ha sido la experiencia más triste de tu vida? y ¿cuál la más importante, la que más te ha llenado de satisfacción y de alegría?

—Las experiencias que me han causado mayor tristeza y alegría se ubican en el plano estrictamente personal y me da mucho pudor hablar de ellas públicamente. Si la pregunta apunta al campo estrictamente profesional, cada año de mi carrera ha traído experiencias intensas y probablemente la memoria sería injusta al seleccionar una u otra. Sin tratar de ser precisa, en cuanto a las satisfacciones, ha sido comprobar que el libro negro ha llegado a los sitios más recónditos de Chile y que personas que, de otra manera no hubieran tenido acceso a esa información, se han beneficiado con el conocimiento de mi investigación. Entre las más tristes, está la desaparición del Diario La Época, donde aprendí casi todo lo que sé, y la muerte de varios colegas que cubrieron tribunales y quienes también me permitieron entender los secretos de la justicia.

—Cambiando un poco el tema, ¿qué opinas de la elección de la presidenta Michelle Bachelet en tu país?

—Me parece que corresponde al ajuste de la política con los cambios sociales y culturales que vive el país. Ella emergió como candidata presidencial como una respuesta de la población hacia un liderazgo que respondiera a las demandas postergadas durante estos 16 años de democracia. Creo que los chilenos han visto en ella a una política que puede escuchar sus penurias y que puede intentar aliviarlas, sin populismo. Me parece que esto responde no solo a que la candidata era mujer, pues hay otras mujeres en política que no lograron la misma sintonía con la ciudadanía, sino a un carisma muy propio de ella. Bachelet representa a muchas mujeres que han sacado a sus familias adelante, solas, y que no se han desmoronado ni han perdido calidad humana frente a la adversidad, como en el caso de ella que perdió a su padre durante la dictadura, un general de la Fuerza Aérea, y sin embargo fue capaz de dirigir el Ministerio de Defensa sin revanchismo.

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