VIVIENDA. Lo que antaño fue un edificio de lujo, hoy es una ruina.

Las historias del Greyskull

En la vieja Pensión García del Casco Viejo vivían familias ‘damnificadas’ desde hace más de 20 años.

REUBICACIÓN. El sacerdote Juan Carlos Cabrera trabaja desde hace varios años con los chicos de la pandilla que creció en las entrañas del castillo. REUBICACIÓN. El sacerdote Juan Carlos Cabrera trabaja desde hace varios años con los chicos de la pandilla que creció en las entrañas del castillo.
REUBICACIÓN. El sacerdote Juan Carlos Cabrera trabaja desde hace varios años con los chicos de la pandilla que creció en las entrañas del castillo.

El Castillo de Greyskull, en el Casco Viejo, era ayer un cascarón vacío sometido al vaivén del viento.

Nada quedaba allí de las 27 familias que lo habitaron, casi en las sombras, desde hace más de dos décadas.

La brisa silbaba por entre escombros, coches de niño, escaleras.

Dicen los que vivieron allí antes de los años setenta que la historia del castillo empezó con un incendio en unas viejas casas de Santa Ana.

Los viejos residentes habían sido desalojados para darle paso a un hotel, el gran Hotel Imperial.

Sin embargo, la tragedia se adelantó y los majestuosos espacios tuvieron otro destino: servirían de albergue para los damnificados. "Al final había gente con medio piso para ellos solos; otros tenían cuartos", cuenta Manuel Salceda, uno de los dueños del edificio, desde la silla detrás de su escritorio en la Mueblería Imperial, en la planta baja del edificio.

Casi 30 años pasaron antes de que los "damnificados" salieran de allí. En el camino, el Hotel Imperial se convirtió en Pensión García y después, sencillamente, en la Casa Greyskull.

El nombre no le llegó gratuitamente.

Como explica Lexzaura Ramírez, jefa de Traslados, Reubicación y Acción Comunitaria del Ministerio de Vivienda (Mivi), el edificio fue arruinándose por mano y obra de los propios residentes. Tampoco los dueños le dieron mantenimiento. El Mivi, por su parte, acumuló una deuda de 500 mil dólares con los dueños.

Construido entre 1917 y 1921, el castillo fue en sus tiempos el rascacielos de la ciudad. Vivir allí era un lujo.

Pero de las glorias del pasado solo le queda el guiño.

Solo cinco de las familias reubicadas este fin de semana eran "de las originales", de las que llegaron allí tras el incendio. Los demás eran "intrusos", como les dicen en el ministerio: indigentes, drogadictos, hombres solos que no hallaron mejor refugio a su pobreza.

Salceda cuenta que los atracos de los chicos que se convirtieron en pandilleros en las entrañas del Greyskull eran cosa rutinaria. Muchos turistas perdieron mochilas. Casi siempre aparecía un policía voluntarioso que correteaba al malhechor, pero la vocación se le acababa cuando el chico se escurría por las escaleras del Greyskull. "Ahí nadie subía", dice.

Ayer, apenas si quedaban restos de vida. Un libro con un título sugerente – 300 confesiones sexuales, de Renata Pisu– está tirado en un pasillo del segundo piso, abierto en la página cinco. En un cuarto de la azotea, donde los funcionarios del Mivi desprenden capas de pintura vieja para reemplazarla por un blanco nuevo, se lee:

La vida y la muerte dependen de la lengua. Los que hablan mucho sufrirán las consecuencias. Proverbios 18:21 .

En otro cuarto, una refrigeradora suda un gran pedazo de hielo. En otro, sobre una mesa redonda, cuatro empaques de desodorante Speed Stick Classic, dos dientes de ajo muy gordos, un collar con un dije de un santo, un gancho de pañal de bebé y un grafito: "Pelotín L.H.P". Las letras son las iniciales del nombre de una banda juvenil.

Por eso tampoco es raro encontrar, en cualquier pared, mensajes amenazantes; otros, no tanto. "Soy Killman". "Gatita Damaris". "Time to Kill". "Ice Blood". "Merry Christmas"...

Alguien dejó olvidadas tres llaves colgadas de un clavo y un rosario pálido al que le faltan misterios.

Por el hueco donde alguna vez hubo una puerta –quizá de esas dobles con vidrio– se asoma el Pacífico con todo su azul, la Calzada de Amador, el Puente de las Américas, la brisa que se cuela por cada rincón hediondo y húmedo del viejo caserón.

Ramírez, del Mivi, lo reitera: Los propios residentes crearon sus condiciones de vida. De las grandes piezas de antaño se hicieron varios cuartos. Las paredes las rompieron para sacar las tuberías de cobre y venderlas. Los inodoros y lavamanos corrieron la misma suerte.

Las familias que vivían allí fueron reubicadas en apartamentos y casas en La Chorrera, Arraiján, Río Abajo y en Santa Ana.

¿El futuro del edificio? Está por verse. Salceda dice que en la semana se hará un avalúo. Depende de los dueños –dice Ramírez– la resurrección del lugar.

(Vea En los tiempos gloriosos de la Pensión García)

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