Un largo juicio plagado de acusaciones cruzadas

Un jurado de conciencia declaró inocente a González.

Pedro Miguel González –vestido con impecable traje oscuro– cerró los ojos y alzó la cabeza en íntima plegaria: eran las 4:31 de la madrugada del 1 de noviembre de 1997 y hacía solo unos minutos la justicia de Panamá lo había declarado inocente de la muerte del soldado estadounidense Zak Hernández.

El dictamen, firmado por un jurado de conciencia integrado por cuatro hombres y tres mujeres (todos empleados públicos), llegó tras 24 días de audiencia y ocho horas de deliberaciones. El fallo también liberó a los otros dos acusados: Daniel Batista y Roberto Garrido.

A las 5:35 de la madrugada de ese mismo día, González recibió la orden para ser puesto en libertad. Había pasado casi dos años en prisión desde que el 26 de enero de 1995 se entregó a la justicia en presencia del presidente Ernesto Pérez Balladares.

Estados Unidos tardó menos de 24 horas en denunciar el resultado del proceso contra el actual presidente de la Asamblea Legislativa. James Rubin, portavoz del Departamento de Estado, dijo tras conocerse el fallo, que "el asesinato de un soldado estadounidense en manos de terroristas es algo que el Gobierno de Estados Unidos toma muy en serio". Rubin calificó, asimismo, de "inconsistente" el proceso.

Pero las críticas de Estados Unidos no solo se quedaron en palabras. El embajador William Hughes dijo tener informes de que el "todopoderoso" padre de Pedro Miguel, Gerardo González, se había reunido 50 minutos antes de la audiencia con la magistrada María Eugenia López, quien presidió el proceso contra su hijo.

Otro que criticó el resultado del juicio fue el ex director de la Policía Técnica Judicial, Jaime Abad, quien dijo que el jurado de conciencia había sido infiltrado por dos miembros del PRD.

Durante el proceso, González se mantuvo en silencio. Recién al final del juicio rompió su mutismo: acusó a Estados Unidos de llevar adelante una conspiración basada en un plan denominado "Operación Líder". Según él, el plan tenía como finalidad destruir la carrera política de su padre, en aquel momento jefe del PRD y presidente de la Asamblea Nacional.

El 30 de octubre, en una segunda intervención, González aseguró que se mantuvo oculto dentro del país, pero que en enero 1995 se entregó porque estaba cansado de vivir en la clandestinidad.

La sentencia de libertad de Pedro Miguel fue apoteósica. Al ser declarado inocente, su familia rompió en llanto de alegría, al igual que él.

En cambio, los padres de Hernández –que viajaron a Panamá para presenciar el juicio– no lo podían creer. Arleen Laporte de Hernández, madre del militar asesinado, repudió la sentencia y dijo que las lágrimas de González no eran más que "una actuación teatral".

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