El oscuro cobro de un seguro bancario

Desde el 2003 a esta ciudadana se le descontaba un seguro no obligatorio que nadie le dijo que le cobraban. En julio de 2005 se percató del cobro. Pidió, dos veces, que cancelaran el seguro y el banco no le hizo caso.

DINERO PLÁSTICO. La mayoría de las tarjetas de crédito ofrece un seguro contra robo o fraude. Con ello, el tarjetahabiente debe estar protegido ante cualquier eventualidad, pero siempre hay que leer la letra menuda. DINERO PLÁSTICO. La mayoría de las tarjetas de crédito ofrece un seguro contra robo o fraude. Con ello, el tarjetahabiente debe estar protegido ante cualquier eventualidad, pero siempre hay que leer la letra menuda.
DINERO PLÁSTICO. La mayoría de las tarjetas de crédito ofrece un seguro contra robo o fraude. Con ello, el tarjetahabiente debe estar protegido ante cualquier eventualidad, pero siempre hay que leer la letra menuda.

Desde que en 1993 obtuve la tarjeta de crédito en el Banco del Istmo, hoy Banistmo, siempre procuré estar al día en los pagos mensuales, de tal manera que ese crédito me sirviera para cualquier ‘apuro’.

Sin embargo, como la mayoría de las mujeres no pueden resistirse a ir de tiendas sin comprar algo, muchas veces adquirí artículos necesarios mas no imprescindibles. Y aunque el saldo aumentó, siempre hice los pagos respectivos, mantuve la cuenta al día y finalmente en junio de este año logré dejar la tarjeta en cero. Ni yo misma me lo creía.

¡Viva, lo logré!, me decía muy animada. Pero la alegría me duró poco, porque al regresar de vacaciones en julio y revisar mi estado de cuenta me percaté de que tenía un recargo de 25 dólares por el impago de un seguro de fraude, cuya tasa es de dos dólares mensuales.

Fue entonces que me di cuenta de que el banco me descontaba un cargo por un seguro no obligatorio, que no había pedido ni autorizado. Todo sucedió a finales de julio de este año, por lo que el 5 de agosto me presenté en la sucursal de tarjetas de crédito de Banistmo, en Calle 50.

Allí me dirigí a la ventanilla y le solicité al dependiente, un joven de unos 22 años de edad, que me indicara qué debía hacer para cancelar la tarjeta. Amablemente, el chico me indicó que me dirigiera a una de las jóvenes que atienden en los cubículos ubicados al fondo del banco. Al comunicarle a la muchacha mi deseo cerrar la tarjeta por lo sucedido, me pidió que no lo hiciera, ya que el banco podía revertir el cobro del recargo que me había hecho por el seguro de fraude.

La empleada me redactó una nota en la que solicitaba la cancelación del referido seguro y además dejaba claro que no estaba dispuesta a pagar el cargo por mora e intereses que el impago de ese seguro había generado a pesar de que la tarjeta estaba en saldo cero.

Creí entonces que todo había sido aclarado y procedí a hacer el pago de renovación de la tarjeta por 35 dólares y me retiré tranquila.

Al final de agosto, sin embargo, el recargo de 25 dólares volvió a aparecer.

Nuevamente llamé al banco y le expliqué todo el proceso a una joven de nombre Dora, quien me dijo que enviara nuevamente la nota de solicitud de cancelación del seguro de fraude. Volví a enviarle copia de la carta del 5 de agosto y me prometió que todo se iba a solucionar.

Como a mediados de septiembre, un sábado recibí otra llamada al celular de una empleada de Banitsmo, en la que me informaba que como nunca dije nada sobre el seguro de fraude yo iba a tener que asumir un porcentaje del pago del saldo que había generado el interés por mora del seguro, que ya superaba los 50 dólares.

Perdí los estribos y le reclamé, molesta, que cómo era posible que tuviera que asumir el pago de una morosidad por un seguro que nunca pedí y que si eso era así, iba a exigirle al banco la devolución de todo lo que se me había cobrado por un seguro que nunca aprobé.

Al escuchar mi reacción, la mujer me dijo en tono conciliador que ellos iban a solucionar el problema. Pero como en varias ocasiones me habían dicho lo mismo y todo seguía igual, en ese momento decidí hacer uso de mi derecho de consumidor y decidí interponer la queja en el departamento de Protección al Usuario de los Servicios Bancarios de la Superintendencia de Bancos de Panamá. Para esa fecha, el saldo ascendía a 88 dólares con cuatro centésimos.

Interpuse la queja el pasado 12 de octubre. Sólo me llevó media hora.

Para conocer el avance del caso, contacté telefónicamente a una de las dos funcionarias que atienden en el departamento de Protección al Usuario de la Superintendencia, de nombre Sadia. La funcionaria me informó que esa dependencia había remitido la queja a Banistmo y estaban en espera de su respuesta. El banco tiene 10 días para responder.

Como todos los meses, me llegó el estado de cuenta de noviembre. En este documento se refleja una reversa del cargo moratorio.

Además, ya no aparece el cargo por seguro de fraude, pero se mantiene un saldo de 18 dólares con 79 centésimos, que se suman a los 20 dólares que pagué en octubre para impedir que se me siguiera cargando el recargo de los 25 dólares por el impago del saldo que ocasionó el seguro de fraude.

Ahora sólo queda esperar el resuelto de la queja interpuesta, no obstante, la decisión está tomada: cancelaré la tarjeta.

(Vea Advertencias para las instituciones bancarias)

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